Antes de la dominación romana, los celtas ocuparon la Península Ibérica dejándo una profunda huella en Galicia. Los celtas fueron en el siglo I a.C. una poderosa civilización que se extendió por gran parte de Europa y dentro de la Península Ibérica se hallaron especialmente cómodos en el norte. Tal vez por la afinidad climática con las islas británicas, los celtas que se asentaron en Galicia importaron también el druidismo y sus ritos de adoración megalíticos. Pese a que fueron conquistados y romanizados se conservan muestras de su cultura a lo largo del verdor gallego.
El legado arquitectónico de los pueblos celtas no es muy heterogéneo, ya que se ceñía casi exclusivamente a sus moradas. A medio camino entre ciudad y campamento militar, los castros eran poblados con recintos amurallados levantados generalmente en las cimas de montes o colinas. Constituyen los más grandes restos de la civilización celta y comenzaron a hacerse en materiales perecederos para después utilizar la piedra. Galicia es la comunidad con mayores restos de estas antiguas sociedades.
Un gran exponente es el de Santa Tecla en Pontevedra
. Fue de los primeros descubiertos en Galicia, en el año 1913 y es de los más grandes, con 700 metros de largo por 300 de ancho. Sus murallas son probablemente de época romana y cuenta con entrada norte y sur. Muestra asimismo algunos principios de urbanismo, como pequeñas plazas, calles estrechas que separan las construcciones, basureros, escaleras para salvar pendientes, etc. En su cercanía hay otros conjuntos como el de Forca, Cividans y Proba.
Otros de los más relevantes es el de Baroña
, con ausencia de entradas y en el que todas las edificaciones tenían forma circular. Fue descubierto en 1933 y destaca por su situación al borde del mar, en una pequeña península rocosa separada de la tierra por un istmo de arena. En plena Costa da Morte se encuentra el Castro de Borneiro, también conocido como A Cidá y que se cree que estuvo habitado hasta el I d.C. Otros yacimientos ilustres son los de Viladonga, de Rei, y de Mandiá en A Coruña
, el Castro de O Castelo
y el de Armeá en Orense
, el de Fazourro en Lugo
o el de Maceira en Pontevedra
.
Los celtas crearon un arte basado en dos motivos. Por un lado, el abstracto o geométrico consiste en crear diseños ornamentales basados en el concepto de equilibrio. El otro, el naturalista, procuraba representar o imitar la propia naturaleza y sus imágenes. Como las tribus prehistóricas, sentían predilección por las formas animales e incluso atribuían el zoomorfismo a sus divinidades. Hay abundantes ejemplos de estas representaciones conocidas como verracos, protectores de la ganadería, aunque en muchos casos no hay acuerdo sobre su origen celta o ya medieval.
En el pueblo coruñés de Pontedeurne, en la rotonda de entrada a la villa se conservan las tallas de un oso y un jabalí. En Betanzos
se encuentran dos tallas de jabalí macho y hembra recolocadas en el tejado de las iglesias de San Francisco y Sta. María del Azogue, ambas sosteniendo una cruz sobre su lomo. Otros ejemplos integrados a símbolos cristianos hay en Santa Catalina de Montefaro o el patio del museo del Castillo de San Antón.
Pueblos que conjugan esplendidos entornos naturales con castros y monumentos megalíticos funerarios. Es el caso de la localidad lucense de Ribadeo que también cuenta con vestigios de los fenicios y romanos. En O Cebreiro
, entrada del Camino de Santiago
en Galicia, se localizan pallozas celtas entre la niebla casi perpetua. En el área de Castro del Rei, se conservan túmulos, mientras que se encuentran dólmenes sepulcrales como el de Axeitos y el de Dombate, este último en estupendo estado de conservación.
En definitiva, los vestigios de este enigmático pueblo ancestral envuelven los pueblos gallegos y aportan a sus tierras un halo de magia, con muestras arqueológicas que van desde museos como el de Pontevedra, hasta enclaves ricos en cultura celta como Ares o Allariz o la propia ciudad de Lugo que se dice que tiene origen en un antiguo asentamiento celta.