Repsol

Silos, la cuna del gregoriano


El apacible monasterio de Silos alberga el secreto de los cantos monacales

Monjes cantando gregoriano en el monasterio de Silos

Ubicado al este de un valle de la meseta castellana, el Monasterio de Santo Domingo de Silos se ha hecho especialmente famoso en los últimos años no por su valor arquitectónico o el del arte que alberga en forma de representaciones religiosas, sino especialmente por su musicalidad. Los cantos de sus monjes, sedujeron a medio mundo desde este humilde pueblo burgalés, llegando incluso a grabar discos que son record de ventas. 

Este hecho tan peculiar ha propiciado una mayor afluencia de visitas al templo y que las instituciones hayan comenzado a valorar el poder de atracción del monasterio, uno de los edificios españoles más emblemáticos. De hecho es visitado por turistas de todo el mundo, se celebran misas cantadas a las que puede asistir el público y numerosas personalidades se han hecho la foto junto al ciprés del claustro al que el poeta Gerardo Diego dedicó unos versos. Todo gracias a estas oraciones cantadas.

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El gregoriano nace a partir de dos elementos. "Arsis" y "tesis" o "impulso" y "reposo" son los pilares sobre los que se asienta este polifónico canto medieval. Una música formada a base de ritmos elementales, binarios, ternarios y cuaternarios que lleva desde tiempo inmemorial flotando en las cabezas de los monjes, inundando sus cavilaciones y amenizando su austera forma de vida. La clave del éxito de esta interpretación coral reside en una necesaria actitud de respeto, espiritualidad y autocontrol por parte de los intérpretes. 

El enclave que alumbra estas notas está a 57 kilómetros de Burgos; Silos resulta esencial dentro de la geografía humana y física de la meseta. Ilustra el carácter paradójico de Castilla, que explica como en un municipio tan pequeño se cobija algo tan grande. Un pueblo olvidado con tan sólo 300 habitantes, en el que se encuentra uno de los monasterios más antiguos de Europa, que a su vez cuenta con un coro gregoriano cuyo repertorio ha vendido seis millones de discos en todo el planeta. Hechos como este demuestran la capacidad de los benedictinos para armonizar tradición y presente. 

Más que música litúrgica
Dejando la música a un lado, las paredes del monasterio tienen suficiente valor en sí mismas. Los capiteles del claustro románico ejercen sobre el visitante el hechizo que cualquier gran monumento, a la vez intimidándolo y haciéndolo sentir parte de algo grande. Los visitantes son testigos de las representaciones realistas y fantásticas producidas por los artistas medievales, donde se entremezclan personajes bíblicos y seres mitológicos en escenas de todo tipo de influencia. Aunque hoy se pueden apreciar en su función más ornamental, en realidad los relieves conforman un discurso moral destinado a inquietar y adoctrinar a un iletrado pueblo que buscaba cobijo en iglesias y monasterios.

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No dejan de ser curiosos los cerca de setecientos dibujos del artesonado mudéjar del siglo XIV, que recoge representaciones de tauromaquia, así como la amplia y bien dispuesta botica. En ella se guarda el instrumental que los monjes utilizaban para elaborar pócimas curativas con las hierbas aromáticas que crecen en los alrededores del propio monasterio. Destaca el colorido de la cerámica de Talavera de que se compone la estupenda colección de tarros con los nombres de los diferentes mejunjes. Y es que en cada rincón del monasterio podemos imaginarnos como era la vida hace siglos, ya que aquí el tiempo parece no transcurrir. 

Un santuario abierto al visitanteEsta sensación será más completa, claro está, para quién se hospede en una de las veintidós habitaciones dedicadas a ello en el monasterio. Desafortunadamente, aunque lógico teniendo en cuenta la forma de vida monacal, esta es una posibilidad sólo abierta a los hombres. Perfecto para quienes quieran o necesiten vivir un retiro espiritual sólo por un tiempo, esta circunstancia es en ocasiones aprovechada por estudiantes en época de exámenes o de elaboración de trabajos. En definitiva una privilegiada forma de vivir lo que se cuece en el monasterio desde dentro. 

Lo que sí puede disfrutar cualquier turista con independencia de su sexo es de la visita y paseo por los claustros y patios, avistando a su paso todo tipo de delicada y antigua imaginería religiosa. Y por supuesto sentir algo revoloteando en su espíritu al son del canto gregoriano que los monjes efectúan con devoción milimétrica. Se sentirá parte de la historia que ha transportado esta música sacra desde el año 600 hasta nuestros días, en que se ha redescubierto al mundo sin la más mínima alteración.