La Cueva de Altamira bien vale una visita al menos una vez en la vida. Se trata de una cueva diferente a las clásicas cuevas turísticas, ya que su principal interés se centra en el arte, más que en la naturaleza. El actual museo, donde se encuentra la Neocueva, permite un rápido viaje en el tiempo hasta el Paleolítico.
La calidad de las pinturas rupestres de la Sala de los Polícromos sigue asombrando a quien las contempla y están consideradas unas de las más importantes del mundo.
La verdadera Cueva de Altamira está cerrada al público para evitar el deterioro de las pinturas rupestres. Sin embargo, la experiencia de conocer de primera mano cómo se vivía en el Paleolítico está garantizada en el Museo de Altamira
.
El museo ocupa el edificio creado por el arquitecto Juan Navarro Baldeweg y está perfectamente integrado en el paisaje montañés para causar el menor impacto posible.
La visita se articula en dos partes. La primera es la exposición permanente Los tiempos de Altamira. Las recreaciones audiovisuales y los objetos expuestos muestran cómo eran y cómo vivían quienes, hace 15.000 años, ocupaban la cueva y el entorno de Altamira.
La segunda parte adentra al visitante en la Neocueva, que es una reproducción científicamente fiel de la cueva original. Dos películas, en el vestíbulo y en el Taller del Pintor, preparan al visitante para la experiencia que le aguarda: la Sala de los Polícromos.
Hay pocas sensaciones comparables a la de cerrar los ojos y, una vez dentro de la sala y con la cabeza enfocada hacia el techo, abrirlos de nuevo. Se está ante una demostración artística que pocos esperan. Bisontes, ciervos y caballos parecen pintados con la misma fuerza que en el Paleolítico.
Los pintores originales usaron el relieve natural del techo para que las figuras tuvieran volumen y ofrecieran el efecto óptico de movimiento. Es una imagen que corta la respiración.
Un descubrimiento fortuito
Esa misma sensación debió tener María, la joven hija de don Marcelino Sanz de Sautuola, que fue la primera persona “moderna” en contemplar las pinturas, en 1879. Al principio, hasta el propio don Marcelino sospechó que era imposible que un hombre primitivo hubiera realizado unas pinturas de tanta calidad.
En el siglo XXI, el visitante puede saciar también su curiosidad y saber cómo se realizaron las pinturas, básicamente con agua, pigmento mineral ocre y carbón vegetal.
El museo organiza talleres en los que se hace fuego, se pinta con la técnica del grafiti y se elaboran herramientas de caza siguiendo las técnicas de aquella época. Estos talleres son un imán para captar la atención, especialmente de niños y jóvenes, y ante la gran demanda son de reserva previa.
Santillana del Mar, un pueblo monumental
Otro aliciente más de la visita al Museo de Altamira es la cercanía de Santillana del Mar
, a apenas dos kilómetros. Calles empedradas y casonas señoriales, como el Palacio de Peredo o la Casa Berrada-Bracho, actual Parador Nacional Gil Blas
, marcan una ruta que lleva hasta la Colegiata de Santa Juliana, una joya del románico del siglo XIII.
La estancia en Santillana invita a probar la gastronomía de la zona, como los bizcochos con leche, la carne de la raza bovina autóctona, la tudanca, o las anchoas de Santoña.
También invita a degustar algún producto de la Denominación de Origen Queso Nata de Cantabria, en la Casa Cossío (tel.: 942 818 355), el restaurante La Viga, en la Hospedería el Cantón (tel.: 942 840 274) o Los Blasones
(tel.: 942 818 070).