Hay pocos lugares tan entregados a su pasado como Tarragona, una de las ciudades españolas declaradas patrimonio de la humanidad. La observación desde el célebre Balcón del Mediterráneo del anfiteatro y de las murallas de la antigua Tarraco supone toda una sensación e invita a descubrir su historia.
El Balcón del Mediterráneo se encuentra al final de la Rambla Nova, arteria que ha sido el eje de la vida de Tarragona
desde finales del siglo xix. Una forma aconsejable de acercarse a él es, sencillamente, paseando por esta amplia avenida procedente del centro.
De repente, los edificios modernistas se abren para dejar paso a una diáfana visión del Mediterráneo. Entonces, el visitante debe acercarse a la barandilla de hierro que marca el borde del barranco, coger aire y admirar la visión durante unos minutos.
A la derecha se divisa el bullicioso puerto de la ciudad y el barrio de los pescadores, El Serrallo, donde se puede encontrar un buen lugar para ir de tapas. A los pies, en una caída de 40 metros, se encuentra la playa del Miracle. A la izquierda, a un lado de la playa, aparecen las ruinas del anfiteatro romano, al que se puede llegar si se toma el Paseo de las Palmeras, que arranca en este punto.
Tocar hierro trae suerte
Aunque el anfiteatro reclama la atención de forma inmediata, no se puede abandonar el Balcón del Mediterráneo sin cumplir dos ritos. Uno es admirar la estatua del almirante Roger de Llúria, capitán de la armada de la Corona de Aragón, obra de Feliu Ferrer en 1886. El segundo es tocar la barandilla de hierro (tocar ferro, en catalán), realizada por Joan Miquel Guinart, porque se dice que trae suerte a quien lo hace.
Cumplidos estos requisitos, uno es libre de adentrarse en las huellas de la imperial Tarraco. Ante las dudas de por dónde empezar, se impone una visita al museo arqueológico
, instalado en la propia muralla. Allí se encuentra la mejor información disponible sobre la Tarragona romana, y organizan rutas con guías especializados.
El anfiteatro, una ventana al pasado
La visita estrella es la del anfiteatro, que en su momento tuvo capacidad para 14.000 espectadores. Cuando se recorren las gradas y los vomitorios que han resistido el paso del tiempo, no es difícil preguntarse qué sentiría el público de la época ante los espectáculos de gladiadores, luchas con animales e, incluso, el martirio de los cristianos. En el centro de la arena llaman la atención unas ruinas. No son romanas, sino los restos de una basílica visigoda y de la iglesia de Santa Maria del Miracle, románico-gótica.
De regreso al centro histórico, hay que tener una ruta prevista para no perderse nada: las murallas y el Paseo Arqueológico (con las torres del Arquebisbe, Cabiscol y Minerva), el teatro, el foro de la colonia, la necrópolis paleocristiana, la catedral, etc. También se puede plantear una excursión a otros importantes restos del Imperio Romano en la zona de Tarragona, como el Acueducto de les Ferreres o el Pont del Diable (Puente del Diablo), la Torre de los Escipiones (que, en realidad, es una tumba) y, ya un poco más lejos, el arco de Roda de Bará, dedicado al emperador Augusto.
Tanta visita histórica seguro que abre el apetito, y qué mejor que probar el famoso pescado de Tarragona, ya sea en forma de cazuela, frito, a la plancha o en una sabrosa paella marinera. Para probarlo, se recomiendan los restaurantes Barquet
(Recomendado por Guía Repsol) (tel.: 977 240 023) y Les Coques
(Recomendado por Guía Repsol) (tel.: 977 228 300). Para una cocina más de diseño y fusión, se puede visitar el restaurante AQ
(Galardonado con 1 Sol de Repsol).