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Hospedería Mirador de Llerena, Badajoz

El balcón que miraba a la Virgen de la Granada

Vistas de Llenera desde el Mirador de Llenera. Foto: Manuel Rivas

Un devoto terrateniente extremeño construyó en su pueblo, Llerena, un pequeño mirador para observar a su patrona. Lo hizo en una gran casa señorial del siglo XIX convertida hoy en uno de los hoteles con más encanto de esta localidad situada en plena Campiña Sur de Badajoz. Nos asomamos a su particular sueño.


Texto: ALMUDENA MARTÍN | Fotos: ALFREDO CÁLIZ

"El día que reabrieron el palacete al pueblo fue todo un acontecimiento. La filas para entrar llegaban hasta la Plaza de España para ver las antiguas estancias de la casa, antes de la reforma", recuerda Manuel Rivero, director de la Hospedería Mirador de Llerena, el hotel de 4 estrellas que hoy ocupa esta casa señorial del siglo XIX.

Entrada al Hotel Mirador de Llerena.

Buscando en sus orígenes, el solar donde se encuentra el palacete tuvo varios usos: desde un mesón de mediados del siglo XVI, a un albergue para viajeros y un café ya a finales del siglo XIX. Fue en el año 1899 cuando el terrateniente Antonio Zambrano compró el edificio por 7.000 pesetas con la idea de cumplir un sueño muy personal: tener su "Hotel Particular" y convertirlo en la residencia de su familia. En ella, construiría un mirador desde el que pudiera observar desde lo alto a la Virgen de la Granada salir de la iglesia del mismo nombre.

Detalle de la forja forzada original de 1902.

Poco pudo disfrutar don Antonio de su hotel al fallecer tres años después de su apertura. La casa continuó siendo residencia de esta familia acomodada que cedió el espacio para el rodaje de la película Jarrapellejos en 1988, protagonizada por Antonio Ferrandis y Aitana Sánchez-Gijón. Después permaneció varios años cerrada hasta que en 2001 la Red de Hospederías de Extremadura la adquirió, convirtiéndolo en uno de los alojamientos más románticos de la ciudad.

Luz por doquier en el hall del hotel.

Conocida por los llerenenses como "la Casa de Doña Mariana" -segunda mujer de don Antonio-, este hotel de 25 habitaciones aún mantiene ese encanto señorial de la época. Basta observar la fachada para darse cuenta de que no estamos ante un alojamiento más. A primera vista tiene un aire indiano. Sus balcones de forja labrada y los mosaicos que decoran la fachada, todos originales de la época, son sólo un aperitivo de lo que encontraremos en su interior.

La escalera imperial, original de la casa de Antonio Zambrano. Foto: Manuel Rivera.

Y es que don Antonio no reparó en gastos: adquirió el hierro de las rejas, balcones y patio en Zafra, en la "Fundición Manuel Díaz de Terán e Hijos"; los mosaicos hidráulicos los trajo de Sevilla, de casa de "Julio Barrau", y el mármol del taller de Badajoz de don Antonio Almendros. En total, la construcción superó las 109.000 pesetas de la época.

El cerramiento del patio es todo de forja y la vidriera del techo permite la entrada de la luz natural.

Pasada la recepción, una cúpula de vidrio de colores nos hace levantar la mirada. Una escalera imperial cubierta con alfombra roja recuerda un poco a la del Titanic, y la torre de 20 metros de altura, a la que se accede por la antigua escalera de caracol de forja por la que pisó el mismísimo don Antonio nos lleva al popular mirador abierto. Desde aquí, la retina disfruta de unas fantásticas vistas sobre las casitas blancas de Llerena, quizás las mejores de esta localidad de la Campiña Sur de Badajoz. La Iglesia de la Virgen de la Granada destaca en el horizonte, y por la noche, iluminada, es todo un espectáculo.

Balcón de la fachadaEl balcón suspendido del salón Zurbarán.

Manuel es todo un enamorado de este hotel. Se nota en su voz cuando nos habla de la historia y las estancias de la casa. Para él, uno de los rincones más especiales es el Salón Zurbarán, con sus pinturas en los techos. "Este era el salón de invierno de la familia, donde se reunían junto a una gran chimenea de mármol y tocaban el piano. Se le conoce también como el salón rojo por las cortinas de terciopelo rojo que adornaban el balcón suspendido que asoma a la fachada", detalla.

Detalle de los suelos hidráulicos del hotel.

Otras estancias como la bodega y la cocina del hotel se encuentran en el mismo emplazamiento original de la casa, mientras el restaurante doña Mariana ocupa el antiguo salón de verano de la familia Zambrano. "En este comedor había antiguamente un pasaplatos que se usaba para mover la comida de un piso a otro. La pena es que ya no se conserva", cuenta Manuel. Para acabar con buen sabor de boca, en su restaurante no hay que dejar de probar platos típicos de la zona como solomillo de cerdo ibérico con torta de queso extremeño, bacalao confitado al aroma de tomillo y manitas de cerdo deshuesadas.

Manitas de cerdo deshuesadas. Foto: Manuel Rivera.

Fecha de actualización: 20 de enero de 2017

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