Alicante/Alacant

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Quien vea Alicante únicamente como un destino de playa, no sabe lo que le aguarda en la capital de la provincia homónima. Nada menos que 3.000 años de historia tiene la ciudad, a los que se puede echar un vistazo en un agradable paseo por su casco antiguo. Por el emblemático barrio de Santa Cruz, repleto de empinadas y sinuosas escalinatas, se asciende hasta el monte Benacantil, desde el que vigila la bahía el Castillo de Santa Bárbara, de la época musulmana y una de las fortalezas más grandes del país. Después de recorrerla, no hay que dejar de disfrutar de la inmejorable panorámica que ofrece de Alicante y el Mediterráneo; ahí se entiende por qué sirve de impresionante escenario para la cremà que pone fin a las famosas Hogueras de San Juan. 

Si lo que se busca es una lección de historia en profundidad, esta se imparte en el Museo Arqueológico, al otro lado de la colina, e incluso más al norte, a tres kilómetros del centro, en el yacimiento arqueológico Lucentum. Pero de vuelta entre las casas bajas encaladas de blanco y sus ventanas pintadas en azul de Santa Cruz, buscaremos la cúpula celeste de la iglesia concatedral de San Nicolás de Bari, levantada sobre una antigua mezquita, al igual que la basílica gótica de Santa María. A este lado del castillo, nos vamos acercando a la actualidad en el Museo de Arte Contemporáneo; en el animado ambiente de las tascas, los bares de copas y los restaurantes; y en la actividad que se registra al seguir el sonido del mar. El viajero se verá caminando entre palmeras por la alfombra de teselas que decora el paseo marítimo, llamada Explanada de España, donde la historia alicantina más reciente saluda desde la Casa Carbonell.

Y es que, a pesar de no ser su único aliciente, Alicante no se entiende sin sus playas. Menos aún cuando su litoral acoge una de las mejores de Europa, la de San Juan, unos kilómetros al norte de la de Postigue. Desde este arenal urbano, alzando la vista, nos volvemos a encontrar con la fortaleza y con el pasado que dio forma a Alicante.

Desde la playa de Postiguet se puede ver cómo la naturaleza ha hecho que las rocas de una parte del monte Benacantil dibujen el perfil de un hombre, con su turbante y todo. Se trata de la Cara del Moro, símbolo de Alicante que, según la leyenda, pertenecería al Califa, que murió de pena después de que su hija Cántara se suicidara, siguiendo los pasos de su pretendiente, Ali. En la unión de los nombres de la malograda pareja estaría el origen del nombre de la ciudad, Alicántara.

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