El Puerto de Santa María

El Puerto de Santa María

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"El mar. La mar. El mar. ¡Sólo la mar!". Este es el paraíso al que Rafael Alberti, poeta universal, siempre quiso regresar. La inspiración de su 'Marinero en Tierra', un sitio donde las huellas del sol se quedan instaladas en la arena: el Puerto de Santa María. Tierra gaditana de perfiles defensivos, que acoge al viajero al mismo tiempo que muestra sus baterías en las fortalezas, ganándole terreno a la costa desde las ruinas del Castillo de Santa Catalina. Que acaricia los sentidos con su Levante cargado de salitre, mientras los contornos de los muros de escarpadas torres y caprichosas almenas del Castillo de San Marcos rasgan la visión del cielo azul a orillas del río Guadalete. Son parajes de cuento que albergan la torre de doña Blanca, que atesora los suspiros de una princesa cautiva, mientras hunde sus pies en los espectaculares lugares elegidos por los fenicios para convertirlos en su hogar, convirtiéndose en un yacimiento arqueológico de recomendada visita.

Su importante papel en la empresa americana la convirtió en cuna de bravos marinos dispuestos a embarcarse en cualquier momento para traer más tesoros hasta las casas-palacio de cargadores de Indias, que resisten en el casco urbano. Un paisaje en el que los balcones interrumpen la blancura de las fachadas de las casas para mostrar sus orgullosos escudos, que miran al puerto, el lugar por el que llegó una bella tradición genovesa: el colorista carnaval, cuya espectacular cabalgata inicia cada año su tradicional recorrido en la Plaza de Toros, una de las más antiguas del país.  

El paseo por El Puerto tiene hitos que no conviene dejar pasar, como la barroca Casa de los Leones, el Monasterio de la Victoria, donde el gótico y el renacimiento se encuentran en las afueras de la ciudad, o el Convento de las Capuchinas. Los museos también tienen espacio en las alegres calles portuenses, empezando, cómo no, por el Museo Fundación Rafael Alberti, para seguir después por el Arqueológico, la Fundación Pedro Muñoz Seca y el Museo Taurino de José Luis Galloso.

El olor a salitre lo invade todo y la patrona de los pescadores sale en barco a faenar, mientras los marinos preparan caldillo de perro con vino fino.

En El Puerto de Santa María la espiritualidad queda exacerbada: aquí la alcaldesa más longeva es la Virgen de los Milagros y los silencios que acompañan las procesiones de la Semana Santa cortan el aliento. La iglesia Mayor Prioral custodia un retablo que vale un potosí y los muros de la antigua prisión del Monasterio, guardan los secretos de la Historia que no se debe olvidar. 

Expertos en artes defensivas, mucho saben, también, los portuenses de tender puentes. Por eso, el que atraviesa el Pinar de la Algaida, mimetizado a la perfección con el paisaje marismeño de los Toruños, mereció un Premio Nacional de Arquitectura. La Naturaleza es la protagonista en una ciudad donde la primavera bien merece una fiesta de guardar. Es el enclave del hogar de Rafael Alberti, muy cerca de las playas que le conquistaron: la Puntilla y su camino de los enamorados; Santa Catalina y sus mil nombres en clave; la Muralla, donde se puede comer, casi con el agua en los tobillos, o la salvaje playa de Levante. Un verdadero espectáculo en el que la luz decide, en cada momento, qué parte de la escena ha de cobrar protagonismo.

En las cercanías del Río Guadalete, las salinas de Tapa y Marivelez, nombre que les dio su propietario del Duque de Medinaceli, se pueden ver los rastros del proyecto que inició para abreviar la ruta del vino, tapando el canal que unía la zona al río San Pedro. Hoy es una zona de salinas donde se puede observar el proceso de extracción de la sal.

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