Sóller

Sóller

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La parte alta de Sóller, a sólo unos pocos kilómetros del mar, está felizmente asentada en el valle que lleva su nombre, rodeado por los picos de la Sierra de la Tramuntana y por los muchos huertos donde crecen los árboles frutales, especialmente naranjos, que aportan aroma, textura y color. En el puerto se reiteran sin complejo los contrastes tonales: el azul del Mediterráneo invade la costa sollerense abrigada por la Sierra que con sus abruptos acantilados y onduladas formaciones rocosas vestidas de profusos pinares y olivares, agregan el ocre y el acento verdoso en la magnífica paleta cromática desplegada ante sus visitantes.
Los imponentes faros de la bahía saludan con solemnidad y rictus hierático a las embarcaciones que imprimen con su animada actividad el día a día de la vecindad. La barriada de santa Catalina redunda en el carácter eminentemente marino de esta parte del municipio. Los aromas, cargados de costumbre y tradición, deambulan por sus  estrechas calles. El tiempo, fiel a su memoria, graba de sobria veteranía a la torre Picada, atalaya del siglo XVII, siempre alerta en época de saqueos piratas, y al oratorio de Santa Catalina de Alejandría, del siglo XVI, cuyas vistas de la ensenada inducen al asombro.
El tranvía de vagones de madera, con más de un siglo en sus raíles, traslada a los turistas del puerto hasta el centro del municipio en un recorrido por calles empedradas que muestran viviendas de rostro adusto, con fogonazos coloristas pigmentados en contraventanas de alegre presentación. De la plaza de la Constitución, parte el eje vertebrador de un patrimonio urbanístico que tiñe de Modernismo sus fachadas y ornamentos: la iglesia parroquial de San Bartolomé, el banco de Sóller o el museo Can Prunera, refuerzan  con sus portadas de formas sinuosas y geometrías imposibles, el acervo modernista propio del lugar. Por su parte, las esculturas del cementerio de Son Sang adornan el reposo de los yacentes silentes que ahondan en la quietud serena del camposanto. Una tranquilidad que se extiende, a modo de anexo natural, hasta la hermosa localidad de Biniaraix, bien de interés cultural en su conjunto histórico.
Notas musicales emanadas por el Festival Internacional Folclórico de Sa Mostra endulzan el espíritu ilustrado de aquellos que, al mismo tiempo, visitan el Museo de Ciencias Naturales o asisten, con debida devoción, a la vigilia de Nuestra Señora del Carmen, curiosa romería marina de vistosos contrastes lumínicos. Después de alimentar el alma, solo queda nutrir el cuerpo con un plato de huevos fritos al estilo de Sóller, acompañado de puré de verduras y sobrasada. Típico y con fundamento.

El folclore festivo y cultural encuentra un importante espacio en la celebración del Firó, conmemoración popular de la victoria cristiana sobre el saqueo sarraceno de 1561, expresando un auténtico despliegue de colorido visual y sonoro que cubre de tradición las empedradas calles de la localidad.

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