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La hazaña de hacer vino en Ribeira Sacra

Escalando laderas en las 'Fincas Lobeiras' y 'Rosende'

Carlos con vid centenaria, Finca Rosende, Ribeira Sacra. Foto: Clara Vilar

Nos asomamos a un espectacular y escarpado balcón de piedra y, aunque no se lo crean, las vides cubren este brusco desnivel de 130 metros en plenos Cañones del Sil, en la gallega Ribeira Sacra. Hemos venido a visitar 'Finca Lobeiras', del proyecto de Sílice Viticultores, tierra de la que brota el que será uno de los vinos más caros de Galicia.


Texto: CLARA VILAR | Fotos: NURIA SAMBADE NIETO

Manuel Verao Pérez, Manolo, tiene las manos manchadas de tierra. Acaba de escalar, perdón, subir la pendiente de su 'Finca Lobeiras', donde lleva gran parte de la mañana trabajando, solo. Su furgoneta llena de aparejos le espera en la pista –sin asfaltar en este tramo escondido en las orillas afiladas del río Sil– que divide en dos la parte más pronunciada del terreno.

Vides en el valle de 'Finca Rosende'.

Unos 4.000 m2 que se convierten en tan solo 1.000 m2 aprovechables para el cultivo. El resto, rocas graníticas lo suficientemente grandes para saltar sobre ellas como lo hacen las cabras montesas que habitan la zona, también responsables de la extraordinaria calidad de su suelo. Hacia abajo, piedras y vides se extienden hasta el río. Hacia arriba, atravesadas por cables que hacen posible la vendimia, la cima del cañón que conforma uno de los viñedos más extremos de los ya de por sí complicados cultivos de uva de la Ribeira Sacra.

Carlos se asoma a 'Finca Lobeiras' sujeto a uno de los cables imprescendibles para subir la uva durante la vendimia.

El esfuerzo en 'Finca Lobeiras', situada en Barantes, en el municipio lucense de Sober, suele dar como fruto unos 1.500 kg de uva por cosecha, lo que equivale a dos barricas o 400 botellas. La cantidad sorprende, especialmente en una región caracterizada por la división en pequeños minifundios, donde el volumen, en teoría, debería maximizarse. "Podríamos llegar a 4.000 kg, pero no nos interesa. Queremos que cada finca exprese su peculiaridad en la botella. Hay sitios que son especiales y se merecen un trato distinto". Estas palabras son una de las piedras angulares de la filosofía de la pequeña bodega Sílice Viticultores. Y quien nos las expresa con claridad meridiana es Carlos Rodríguez, dueño y artífice de este proyecto junto con su hermano Juan y el enólogo Fredi Torres.

Carlos y Manolo, artífices del proyecto, contemplando los escarpados cultivos en 'Finca Lobeiras'.

Sílice Viticultores es la respuesta al sueño de dos hermanos de hacer vino en las tierras de su familia, pero a su manera. Traer ingresos a una zona rural cada vez más envejecida con viñas de gran potencial pero, en muchos casos, abandonadas. Crear un vino artesanal, de mucha calidad y con la menor intervención posible. Algo que para ellos implica la ausencia de herbicidas y productos sistémicos, esos que puedan ser absorbidos por la planta e incorporados, de alguna manera, a la vid. En Sílice protegen el vino con sulfuroso, pero no lo corrigen. Voluntariamente han optado por mantenerse fuera de la denominación de origen de la zona, una de las más prestigiosas de España. Estresan a las cepas dejando crecer hierbas y plantas a su alrededor para forzar a la raíz a pelear por su supervivencia. Luego, la liberan de uva, es decir, se deshacen de racimos, para que la fuerza de la vid se concentre en los que quedan.

El florecer de una de sus vides.

En la vendimia, escogen los racimos a mano, uno a uno. Solo quedan los mejores. En su bodega, una antigua adega familiar restaurada que suma unos 65 m2, embotellan las 13.000 botellas de cada cosecha a mano, con la ayuda de una embotelladora. Un proceso que suele durar dos días. 

La bodega está situada en una finca de la familia y ha sido restaurada siguiendo la tradición.

"Podríamos decir que somos una bodega alemana de gallegos, muy meticulosa pero muy artesanal", intenta resumir Carlos, cuya vida paralela discurre en Vigo, siendo ingeniero industrial. Su proyecto, o juguete como también lo llama, vive desde 2013 y ha tenido buena acogida en el mercado. Empezaron con sus tierras y con las de amigos de la infancia que se incorporaron al proyecto, pero su filosofía ha ido sumando adeptos y actualmente cuentan con 20 fincas que abarcan unas dos hectáreas. Cada uno cultiva lo suyo, bajo la ley de Sílice, y toda la uva va a su bodega. Sacan cinco vinos, tres de los cuales son específicos de fincas concretas.

Carlos junto a las barricas en las que guardan la producción hasta su embotellamiento.

"Sabíamos que podíamos vender el vino si lo hacíamos de calidad", nos asegura. Las cifras así lo muestran, y no solo en España. Venden toda la producción y exportan un 50 % a más de una decena de países como EE UU, Rusia o Luxemburgo, algo bastante inaudito para esta zona y para una bodega de su tamaño. Este año, de hecho, han doblado su apuesta y van a subir el precio de sus botellas a una banda de 90-100 euros frente a los treinta y pico que costaban las de la cosecha anterior. Llegarán al mercado en breve y se convertirán, sin pudor y con convicción, en uno de los vinos más caros de Galicia.

Aquí reposa uno de los vinos más caros de Galicia.

Estamos en 'Finca Rosende', otra de las niñas bonitas del proyecto Sílice Viticultores que, por la calidad de su uva, firma su botella particular. "Hemos recuperado una viña centenaria. Era de una señora de 90 años que a su vez la heredó de su padre, al que se la vendió alguien para pagarse un pasaje a Brasil", nos cuenta Carlos. 'Rosende' no da al río, está en un valle y, al lado de 'Lobeiras', parece un parque de paseo. Con todo, tenemos que escalar muros y hacer equilibrios para pasear entre sus cepas. Es una de esas fincas especiales que los hermanos y Fredi buscan y encuentran de vez en cuando. Ante nosotros, en la ladera de unos 2.000 m2, Carlos cuenta fincas de seis propietarios diferentes vecinas a 'Rosende'. 

Vista del valle que ocupa la 'Finca Rosende'.

"La calidad de la zona (Ribeira Sacra) es brutal y tiene un potencial tremendo. Se va a convertir en una zona de referencia en el mundo", dice Carlos, coincidiendo con el famoso crítico estadounidense John Gilman. "Pero es una zona con sus características: de población envejecida, rural y de pequeños propietarios". Nadie aquí, incluyendo a Carlos y al resto de minifundistas, vive del vino. Los terrenos son demasiado pequeños y la producción, insuficiente para dar beneficio ante unos costes que ni siquiera incluyen el de personal.

En la centenaria 'Finca Rosende', vides rodeadas de hierbas y plantas para estresarlas y que crezcan más fuertes.

"Aquí el vino se ve de tres formas: como alimento, como forma de vida y como un pequeño ingreso complementario. Aunque esto es desde hace poco. Lo normal es que fuera para el autoconsumo", nos dice. Así ha sido desde que, en la Edad Media, los numerosos monasterios animaron a los campesinos a aprovechar el favorable clima y la rica tierra para cultivar la que ya por entonces era la más rentable de las frutas. Ni siquiera el nuevo rango de precios cambiará esta situación en Sílice, aunque sí les permitirá dejar de perder e invertir en nuevos terrenos y maquinaria.

"Mi filosofía es vender y que me paguen lo que vale. No busco vender más, busco producir mejor", dice Carlos, que niega con una carcajada estar cansado de tanto fin de semana y vacaciones dedicadas a la viña. "Todo lo contrario. Ahora te das cuenta de que el proyecto está arrancando, todavía queda mucho por hacer. Falta seguir incorporando viñedos, seguir creciendo, mejorar…. Esto acaba de empezar".

Carlos orgulloso del trabajo cosechado.

Preguntamos también a Manolo, que cierra su furgoneta y se prepara para partir por la intrincada y curvilínea pista entre viñedos y acantilados. "¿Qué por qué lo hago?" Este experimentado viticultor, bombero en su otra vida, que escogió mover piedras en 'Finca Lobeira' en lugar de ir al gimnasio, se queda pensativo y sonríe tímidamente un rato. "No sé, mira este sitio". Lo hacemos. La verdad, es alucinante. "Es naturaleza en estado puro, es difícil de expresar. Cuando van cinco o seis días que no bajo, siento esa necesidad de venir, estar aquí es como un desestresante. Solía venir con mi padre y mi hermano y mi madre habla siempre de cuando a los 12 o 13 años venía con una cesta a por uvas. No había ni pista". 

Manolo muestra sus manos ajadas y cubiertas de tierra, prueba del duro trabajo que requieren las fincas.

Manolo, que ha plantado solito casi toda la viña que cae en picado ante nuestros ojos, continúa con esa sabiduría de los artesanos y esas manos llenas de tierra en movimiento. "Hay que estar un poco loco para hacer esto supongo, tener una pequeña dosis de locura". Abarcando en un gesto la finca 'Lobeiras', el río, el sol asomado entre las nubes, el reverencial silencio y las gotas que comienzan a caer, nos suelta, simplemente: "Espero que cuando beban la botella, beban esto".

Fecha de actualización: 23 de mayo de 2017

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