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El Mejor Rincón 2013

Cantabria

Acantilados de Langre

Cortados verticales, arenas doradas y olas poderosas. La belleza primitiva del mundo se conserva en este rincón de la costa frecuentado por surferos y amigos de la naturaleza.

Langre es un pueblecito de poco más de cien habitantes que ha conservado intactos el oro de sus playas y la plata de sus acantilados. Una sabia decisión, la mejor inversión. Quien se asoma a estos cortados de 25 metros de altura y camina por el kilométrico arenal que se extiende a sus pies se siente como si estrenara mundo, como si fuera el primer hombre sobre la Tierra.


Playa Grande
Imagen de la Playa Grande de Langre. (Imágenes cedidas por el ayuntamiento de Ribamontán al Mar).

REDACCIÓN GUÍA REPSOL (@GuiaRepsol)

En levante está la Playa Grande, una media luna de 800 metros de longitud batida por olas potentes, muy apreciadas por los surfistas. Y a poniente, separada por un contrafuerte del acantilado, la Playa Pequeña, de 200 metros, que termina en el Pico de Langre, una punta rocosa erosionada que hay quienes dicen que recuerda una cabeza humana, otros que un león apoyado sobre las patas delanteras, y otros, conciliadores, que una esfinge. Más al oeste, como a un kilómetro, están las piscinas naturales de Llaranza, unas balsas cristalinas que se forman con las mareas en la base del acantilado.

Aunque de difícil acceso, se puede bajar hasta ellas siguiendo las sendas de los pescadores, siempre y cuando el mar esté de buenas... Para no olvidar lo que pasa cuando el mar está de malas, en el pueblo, al lado de la iglesia de San Félix, hay una escultura de Jesús Otero en homenaje a Ismael Hoz, un vecino de la zona que perdió la vida el 22 de diciembre de 1960 tras lanzarse a la mar a ayudar a los tripulantes del mercante Elorrio que estaban naufragando. Todo un héroe local.

Kilométricas playas de arena,

Y acantilados de más de 25 metros de altura.

Vista del horizonte desde la Playa Grande.
Vista del horizonte desde la Playa Grande. (Imágenes cedidas por el ayuntamiento de Ribamontán al Mar).

Al atardecer, hay que acercarse a los acantilados (a los que caen sobre las piscinas de Llaranza, no sobre las playas) para ver cómo se ilumina el faro santanderino de Cabo Mayor justo cuando el sol se apaga. Luego se van encendiendo las luces de El Sardinero, las de la Magdalena, las del puerto, las de los barcos que entran y salen de la bahía. Todo, en un silencio que no es de ciudad, sino de primer día del mundo. Para celebrarlo, una buena opción es trasladarse a Pedreña y Somo (a siete kilómetros) y degustar unas sardinas a la parrilla, navajas, unas rabas o cualquier otro pescado del día. Pues el mar es aquí generoso en buenos productos. 

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Fecha de actualización: 23 de noviembre de 2016

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