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Córdoba

La eterna seductora

Córdoba es mucho más que la Mezquita y la Judería, que los lienzos de Julio Romero de Torres y las esculturas romanas del Museo Arqueológico, que los patios inundados de flores y las tabernas donde corren ríos dorados de Montilla-Moriles, que las mañanas fragantes en los jardines del Alcázar y las noches al fresco en la plaza de la Corredera. Pero solo con esas cosas Córdoba lleva siglos enamorando al mundo entero.

Primera mañana

Moros, romanos y judíos

REDACCIÓN GUÍA REPSOL (@GuiaRepsol)

08.30 A quien madruga…

Si visitamos Córdoba a finales de primavera o en verano, merece la pena madrugar. A primera hora hace menos calor y se puede aprovechar para visitar la Mezquita, que hasta las 9.30 es gratis. También es la mejor hora para bajar al Guadalquivir y contemplar la ciudad desde el puente romano, oyendo a los pajaritos trinar en los sotos de la Albolafia. Para desayunar, podemos comernos unos jeringos (así les llaman en Córdoba a los churros, por la jeringa con que se echan al aceite) en la churrería de la plaza del Campo Santo de los Mártires. Si no somos tan golosos, tenemos el bar Casa Santos y sus tortillas, hechas con cinco kilos de patatas y 30 huevos, quizá las más grandes del mundo. 

 

Vista interior de la Mezquita
Vista interior de la Mezquita. / Imagen cedida por: Consorcio de Turismo de Córdoba

10.00 Los orígenes de la ciudad

 

Fuera de las épocas de más calor, en Córdoba no es necesario madrugar en exceso. Podemos desayunar tranquilamente en el hotel y empezar visitando la ciudad romana. Y es que, aunque muchos tenemos en la cabeza la imagen de la Córdoba mora, los orígenes de la ciudad son romanos y se remontan al siglo II antes de Cristo, cuando el general Claudio Marcelo se asentó a orillas del Guadalquivir para fundar Corduba. Además del mencionado puente (un gigante de 270 metros que salva la corriente en 16 zancadas desde la época de Julio César), están las ruinas del templo dedicado a la diosa Diana que hay en la calle Claudio Marcelo, al lado del Ayuntamiento. Y están las esculturas y los restos del teatro romano que pueden verse en la moderna ampliación del Museo Arqueológico.

Cada año, más de un millón de personas deambulan boquiabiertas por la Mezquita, cima del arte islámico en Occidente, alma y sentido de Córdoba

12.00 Callejas de la Judería 

Seguimos descubriendo la ciudad y nos dirigimos a la calleja de las Flores, una minúscula vía peatonal (como toda la Judería, por otra parte) que hay a 40 metros de la Mezquita, subiendo por la calle de Velázquez Bosco y doblando a la derecha. Con sus paredes forradas de macetas de geranios y gitanillas y con la torre de la Mezquita asomando por encima, esta calle es como un imán para los aficionados a la fotografía. La más bella del barrio, quizá. 

Pegada también a la Mezquita (a 70 metros) está la calle de Pedro Jiménez, a la que llaman del Pañuelo porque cabría en un bolsillo. Esta calle muere en una placita todavía más chica conocida como los Rincones de Oro, que dicen que es la más pequeña del mundo. En sus 15 metros cuadrados, se acurrucan tres puertas, una fuente, dos naranjos que buscan desesperadamente la luz del sol y un farolillo. Otro tesoro que hay que encontrar (con la ayuda de un plano, o preguntando mucho, porque la Judería es un laberinto) es la calleja de la Hoguera, que está llena de recodos, pasadizos, aromáticos naranjuelos, puertas de traza moruna y plazuelas íntimas, que parecen patios privados. La quintaesencia de la Judería.

Primera tarde

Comida y baño

14.00 Salmorejo de todos los colores

La que no tiene pérdida es la puerta de Almodóvar, porque forma, con la muralla de la calle Cairuán, un conjunto bien llamativo, el resto mejor conservado de la cerca que rodeaba la Medina. A su vera hay una escultura dedicada al filósofo Séneca, el hijo más famoso de la ciudad. Y unos metros más allá, en la calle Doctor Fleming, está el Mesón Juan Peña, un lugar pequeño pero exquisito, ideal para tomarnos un respiro y disfrutar de unos platillos riquísimos (salmorejo, berenjenas, ortiguillas, flamenquín…), acompañados de un buen vino. 

También muy cerca está el Mercado Victoria, que abrió en la primavera de 2013 en los jardines del paseo homónimo. Esta antigua caseta de feria, de esqueleto metálico y aire modernista, se ha acristalado y acondicionado para que la gente cate en taburetes y mesas compartidas las delicias que preparan en 30 puestos: sushi, ostras, pinchos de atún rojo, hamburguesitas... Destacan los coloridos salmorejos de La Salmoreteca: el rojo de siempre, el amarillo de maíz, el verde de aguacate, el negro de tinta de calamar… Kisco García, cocinero del laureado Restaurante Choco, también tiene su puesto en el mercado. Sirve cocina de vanguardia en tarros de la abuela.

 

Puerta de Almodóvar
Puerta de Almodóvar. / Imagen cedida por: Consorcio de Turismo de Córdoba

16.00 A la Mezquita o a los baños árabes 

Cada año, más de un millón de personas deambulan boquiabiertas por la Mezquita, cima del arte islámico en Occidente, alma y sentido de Córdoba. No ha visto la ciudad quien no ha visto el luminoso patio de los Naranjos, el bosque de columnas y arcos superpuestos que empezó a plantar Abderramán I en 785 y concluyó Almanzor en 987, y las deslumbrantes decoraciones de la maqsura y el mihrab, para las cuales al-Hakam II echó mano de artesanos y 320 quintales de teselas vidriadas procedentes, unos y otras, de Bizancio… 

Si ya la vimos por la mañana, porque madrugamos, ahora podemos relajarnos en los baños árabes Hammam Al-Andalus, a cien metros de la Mezquita.En verano,tampoco se está mal en la piscina del NH Amistad Córdoba o, simplemente, tomando un café con hielo en el patio de columnas mudéjar de este hotel que ocupa dos mansiones del siglo XVIII, en la plaza de Maimónides.

20.00 Tabernas, restaurantes y terrazas

Por la plaza de Maimónides tenemos que pasar, en cualquier caso, para acercarnos a la calle Judíos, donde abre su portón una de las tabernas más auténticas de la ciudad Bodega Guzmán con sus carteles de toros, su tertulia de devotos de Finito de Córdoba y su botas de fino Montillano que, frío como un estoque, entra sin darse cuenta. Al lado está la Sinagoga, que es la única que se conserva en Andalucía. Decorada con espléndidos atauriques mudéjares, fue construida entre 1314 y 1315, y tras la expulsión de los judíos sobrevivió como hospital, como ermita y como escuela. Lógicamente, a estas horas ya está cerrada. Pero ahí queda el apunte, por si queremos volver mañana u otro día.

Para cenar sin salir de la Judería, hay tres buenos y acreditados restaurantes: Casa PepeEl Churrasco  y El Caballo Rojo. Pero si preferimos seguir de tabernas, es mejor cambiar de barrio. Una con solera, de 1879, es Salinas, donde se cena rico, barato y, si elegimos las naranjas picás con bacalao, muy sano. Y otra, El Juramento famosa por sus pimientos rellenos. Las dos quedan a un paso de la plaza de la Corredera, en pleno centro de la ciudad, donde hay mil terrazas para estarse luego hasta las tantas. 

21.30 Espectáculos de luz y sonido

Una interesante opción de ocio nocturno son las visitas con luz y sonido que se ofrecen en la Mezquita y en los jardines del Alcázar de los Reyes Cristianos, así como los espectáculos ecuestres que se celebran en las Caballerizas Reales.

Segunda mañana

Patios y torres

9.30 Dos planes regios

Ofrecemos dos alternativas: seguir conociendo la ciudad o desplazarse a ocho kilómetros y descubrir Medina Azahara, la urbe palatina que mandó edificar Abderramán III.

Si nos decantamos por salir de la ciudad, lo haremos por la carretera de Palma del Río (A-431), siguiendo las indicaciones viales hasta llegar a las ruinas de Madinat al-Zahra, la fastuosa y misteriosa ciudad que Abderramán III mandó construir a los pies de sierra Morena. Hasta su nombre encierra historias legendarias. La tradición popular afirma que, autoproclamado Abderramán III califa en 929 y, tras ocho años de reinado, decidió edificar una ciudad palatina en honor a su favorita, Azahara. Sin embargo, recientes estudios señalan como origen de la nueva medina la voluntad de ofrecer al mundo una imagen deslumbrante del recién creado Califato Omeya de Córdoba.

Si preferimos seguir descubriendo la ciudad, esta no nos defraudará. En este caso, empezaremos con el Alcázar de los Reyes Cristianos. Este edificio gótico de carácter militar sirvió de residencia a los Reyes Católicos durante ocho años y aquí recibieron en audiencia a Cristóbal Colón cuando les contó su loca empresa de viajar a las Indias por el otro lado. El exterior es de apariencia sobria, pero los patios y los jardines que esconde en su interior son de una delicadeza sorprendente. Tampoco debemos perdernos la torre del Homenaje y la torre de la Inquisición, ni el salón de los Mosaicos. 

12.00 Patios todo el año

Uno de los grandes atractivos de Córdoba son los patios: los señoriales, que presiden casas y palacios con sus arcadas y ricas esculturas, y los populares, patiecitos adornados con 300 macetas. Declarados en 2013 Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, estos cuadros naïf de vida cotidiana pueden admirarse todo el año (y no solo en mayo, cuando se celebra su festival) gracias a la Asociación de Amigos de los Patios Cordobeses, que deja visitar gratis su sede, una vivienda popular en la calle San Basilio, 50, cerca del Alcázar, y otra propiedad que tiene, la señorial Casa de las Campanas, en Siete Revueltas, 3. También se pueden visitar siempre los doce famosos patios del Palacio de Viana, cada uno con una arquitectura y una decoración distintas.

Segunda tarde

De la taberna a las plazas

14.00 Tapas o pizzas

Al lado del Palacio de Viana hay un par de sitios perfectos para hacer un alto en el camino y comer. A 200 metros se encuentra la clásica taberna Rincón de las Beatillas, ideal para despedirnos de la ciudad con unas buenas tapas. Si vamos con la familia, quizá será mejor ir a la aún más cercana calle Enrique Redel y sentarnos a comer unas pizzas en El Patrón. ¡Ojo! No son pizzas corrientes. Todos los ingredientes vienen directamente de sus lugares de origen y existe la opción de que nos las hagan a la leña. Ambas son excelentes alternativas. 

16.00 Plazas con mucho encanto

Dos plazas hay en Córdoba, la del Potro y la de Capuchinos, que compiten en encanto y que sería imperdonable no visitar. Austera y larguirucha, la plaza de Capuchinos alberga en uno de sus flancos al Cristo de los Faroles, que iluminado por ocho de ellos, en lo alto de la cruz y en escenario tan poco poblado, parece un paso procesional abandonado.

Un caballito rampante, en lo alto de una pequeña fuente renacentista de pilón octogonal, da nombre a la plaza del Potro, uno de los lugares más sugestivos y enjundiosos de la ciudad, mencionado un par de veces en el Quijote. A un lado está la antigua Posada del Potro, con su vetusto y alargado patio tipo corrala. Al otro, el Hospital de la Caridad, que fue fundado a finales del siglo XV para atender solo a dolientes varones, los cuales, para más distingo, no debían padecer enfermedades venéreas ni contagiosas. Hoy alberga dos museos: el Julio Romero de Torres en el ala que fue casa del pintor, y el de Bellas Artes, en el que brillan las obras hondamente humanas del escultor cordobés Mateo Inurria.

21.00 Cena y copa con vistas al río

No hay que irse lejos de la plaza del Potro para cenar bien. A la vuelta de la esquina, en la calle Lineros, se halla Bodegas Campos, una bodega centenaria muy bien ambientada, con una excelente cocina de raíz cordobesa. El ajoblanco con langostinos y el rabo de toro deshuesado con cremoso de patata son auténticas delicias. Para los que buscan la sorpresa de las tapas y las decoraciones más modernas, en la misma zona están Garum 2.1 y Sojo Fusión.Y para acabar el día, un terraza de moda con vistas al Guadalquivir, la de Sojo Ribera.


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Fecha de actualización: 3 de noviembre de 2016

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