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Lleida

Lleida, dos catedrales y un laberinto subterráneo

No sale mucho Lleida en la televisión, ni en las revistas, pero es una ciudad con argumentos de sobra para pasar en ella un fin de semana intenso y con más de una sorpresa que deja al viajero estupefacto. El visitante puede perderse igual entre su pasado templario, en sus más de 400 escaparates de su eje peatonal, disfrutando a orillas del río Segre o sumergido en su animadísima noche. Lleida es más bulliciosa de lo que aparenta y (nueva sorpresa) esconde más secretos y tesoros de los que uno imagina, alguno de ellos bajo tierra.


Primera mañana

Arqueología y arte sacro

REDACCIÓN GUÍA REPSOL (@GuiaRepsol)

10:00 Al Olimpo, en ascensor

Lo primero de todo es subir en el ascensor panorámico a la Seu Vella, la catedral vieja que domina la ciudad desde lo alto de su turó (colina), como los dioses dominan a los hombres desde el Olimpo. Todavía hay quien la llama el castillo. Porque en eso la convirtieron tras la guerra de Sucesión (1701-1714), en un cuartel. Se conservan los baluartes, que poco a poco han ido siendo ajardinados. El templo, iniciado en el siglo XIII, con uno de los claustros más grandes y mejor labrados de la arquitectura europea, fue despojado de altares y capillas, y estuvo en manos militares hasta los años 80 del pasado siglo. En 1992 se abrió a las visitas, después de una lenta y alentadora restauración, que aún continúa.

Donde mejor se puede hacer una idea el viajero del antiguo brillo de la Seu es en la capilla Requesens. En el presbiterio, se ve el agujero donde estuvo el Sant Bolquer, el pañal del Niño Jesús, una de las reliquias más veneradas de Cataluña. Era un lienzo de dos palmos por dos palmos que se exhibía ante miles de peregrinos dos veces al año y al que se atribuían poderes para aliviar los partos (Fernando VII lo mandó trasladar a Madrid para evitar complicaciones durante el nacimiento de la futura Isabel II), así como el prodigio de ser inmune al fuego, pues salió indemne de dos incendios. Lo que no era es a prueba de ladrones, porque durante la Guerra Civil desapareció sin dejar rastro.

Más recientemente se ha abierto al público la Suda o Castillo del Rey, el palacio donde el monarca residía durante sus estancias en la ciudad. Erigido entre los siglos XII y XIV sobre una fortaleza mora preexistente, en la roca más alta del turó, su terraza compite con el campanario de la vecina Seu Vella en ofrecer las perspectivas más aéreas de la ciudad. Escenario de momentos históricos como el reconocimiento de Jaime I como rey en las Cortes de 1214 y de enlaces reales, como el Petronila de Aragón y Ramon Berenguer IV, conde de Barcelona, en el año 1150, la Suda acabó convirtiéndose también en cuartel y volando por los aires al estallar el polvorín que alojaba. 

12:00  Museu de Lleida: el álbum familiar de la ciudad

Se está tan a gusto en los jardines del turó, que el viajero ha de hacer un gran esfuerzo para bajar (casi como si subiera) a la calle Sant Crist, donde se encuentra el Museu de Lleida Diocesà i Comarcal, un edificio cúbico del arquitecto Joan Rodón adosado al antiguo Llar o asilo de Sant Josep, que engloba y aprovecha como espacio expositivo su iglesia barroca. Dos colecciones distintas, pero complementarias, una de arqueología y otra de arte sacro, permiten ojear, como si de un álbum familiar se tratara, la historia de los leridanos, desde los prehistóricos hasta los contemporáneos, pasando por los ilergetes –uno de los primeros pueblos en ocupar esta parte de la Península iberica–, los romanos y los sarracenos.

Ya que se está aquí, sería una omisión imperdonable no cruzar la calle y echar un vistazo a la iglesia de Sant Llorenç, que es la segunda en importancia después de la Seu Vella y atesora una colección de retablos góticos deslumbrante. Tampoco anda lejos (en realidad, nada anda lejos en Lleida) La Panera, que era el almodí o granero del siglo XIII, convertido hoy en una plataforma de producción, difusión, formación y exhibición de las artes visuales.

Primer tarde

Batallas y misterios

14:00  Un pica-pica con vino de la tierra

Nunca fueron los leridanos amigos de comer a salto de mata. Lo más parecido al tapeo practicado en el resto de España es el tradicional vermú con anchoas u olivas, que s-guramente ya tomaban los ilergetes. Pero los tiempos cambian y cada vez son más los amigos que se juntan para compartir un pica-pica, como popularmente se refieren en Cataluña al picoteo: raciones justitas (y, todo hay que decirlo, no siempre baratas) para combinar con buenos vinos de la tierra, Costers del Segre a ser posible, aceite de Les Garrigues y quesos del Alt Urgell y la Cerdanya.

El mismo Museu de Lleida, que se acaba de visitar, cuenta con un llamativo café, el Jardí Clos, donde se puede matar (y prácticamente enterrar) el gusanillo con unas patatas de la casa, unos caracoles a la pimienta roja y un paté de muntanya. Al lado está El Cau de Sant Llorenç, donde hay que probar los buñuelos de bacalao y las gambas de Huelva. Aunque el clásico en el barrio –y en la ciudad– es el Iruña, una taberna típica con raciones sobre la barra acristalada: patatas bravas, tigres, callos… Pidiendo estas tres cosas, se come por diez euros.

Acurrucado al pie del turó, se halla el bar Blasi, lugar de cita habitual para el vermú dominical. Y más arriba, dentro del área de la Seu, uno de los locales más emblemáticos de Lleida: el bar La Sibil.la. Diseñado por Carles Porta, y con el prestigioso chef Xavier Andreu al frente de sus fogones, disfruta de unas vistas privilegiadas sobre la parte de la ciudad que se tiende hacia el cauce del Segre. Muy recomendables, la tempura de bacalao y la tosta de foie.

Al norte de la colina fortificada, la bulliciosa avenida Prat de la Riba es también un excelente lugar para picotear. Destaca Zeke, con una propuesta aparentemente sencilla: platos para compartir y vinos; aunque luego, en la práctica, resulte difícil decantarse por una de las 800 referencias enológicas disponibles y por dos o tres de las abundantes raciones que se anuncian en sus pizarras: timbal de esqueixada, carrilleras de Vedella, trinxat con costilla, papada y morcilla… Otras buenas opciones en la misma avenida son Quer’s y Ducal.

16:00  Misterios templarios a la luz de las velas

Si la comida ha sido rica y variada, la digestión va a ser de cine: batallas y misterios proyectados en el castillo de Gardeny, que se yergue des-de el siglo XII en la colina del mismo nombre, al suroeste de la ciudad. El castillo fue levantado por los templarios tras ayudar al conde de Barcelona Ramón Berenguer IV a conquistar la Lleida musulmana y llegó a ser uno de los principales de la orden.

Forma parte de la ruta templaria Domus Templi, junto con el castillo oscense de Monzón, los tarraconenses de Miravet y Tortosa y el castellonense de Peñíscola. También esta colina quedó en manos militares hasta hace nada. La fortaleza y la iglesia, que estaban machacadas, se han adecentado para instalar figuras y escenas, y pantallas donde se narra la aventura templaria. Algunos sábados, por la noche, se lleva a cabo una dramatización a la luz de las velas.

18:30  Paseo vespertino por el Segre

La del atardecer es una buena hora, si los meteoros lo permiten, para darse un garbeo por el parque del Río. Caminando por la margen izquierda del Segre, el viajero no se cansa de contemplar la fachada noble de la ciudad, que hermosea la orilla contraria: el edificio del Montepío, el Casino Principal, el Museo Jaume Morera, la Casa Melcior, la Paeria, el edificio Pal•les… Y arriba, en lo más alto, recortándose contra la penúltima luz, la silueta de la Seu Vella. Es lo que los modernos llaman el skyline de Lleida.

Caminando por la margen izquierda del Segre, el viajero no se cansa de contemplar la fachada noble de la ciudad, que hermosea la orilla contraria

21:00  Cena real con platos virtuales

A los amantes de las novedades les encanta Gastronomik 2.0, un restaurante situado en el barrio de Cappont, en la margen izquierda del Segre, donde el comensal ve los platos y hace su pedido en una pantalla táctil. No hay que imaginarse nada, ni cómo será el chupa-chups de queso de cabra, ni cuál será el total de la factura.

Tampoco es una experiencia corriente la que se ofrece en El Celler del Roser, donde el mediático cocinero Albert Cogul –cara habitual en la TV3 catalana– prepara el bacalao de más de 200 maneras distintas. En la línea de lo poco convencional están también L’Estel de la Mercè, un restaurante de cocina de mercado elaborada, chiquitín, con media docena de mesas, pero lleno de la alegría y la pasión que Mercè y Toni ponen en todo lo que hacen y recomiendan; y L’Àlzumar, uno de los últimos en abrir sus puertas en la capital y, casi desde el primer día, de los mejor valorados. Una opción más clásica es La Pérgola: cocina tradicional en un chalé en una zona residencial, donde se cuidan todos los detalles (servicio de mesas, mantelería, vajillas…).

22:30 De marcha por Ricard Vinyes

A los que les gusta salir, Lleida se lo pone muy fácil, porque casi todos los locales de copas (y de vinos, y no pocos restaurantes) se concentran en la plaza de Ricard Vinyes y las calles adyacentes. La coctelería The Blackberry y los pubs Maracas, Les Paul, Pub 33, Legend, Nuba y O’Sullivans son buenos puertos para los navegantes noctámbulos.  

Pero no es la única zona. En el turó de la Seu, el bar La Sibil.la ofrece, aparte de ricas tapas, combinados como el misterioso Seu Vella, con licor de chocolate. En el parque urbano Camps Elisis, el que lleva dando guerra (de la buena) desde 1964 es el River Café: en la planta baja, música tirando a pachanguera; en la alta, house. Hasta las seis de la mañana.

Segunda mañana

De visita a las bodegas

10:00  Lo que esconde la casa del alcalde

Si el primer día empezó con una visita importante –la Seu Vella–, el segundo lo hace con otra que no lo es menos: el Palacio de la Paeria. Paeria es el nombre con que los leridanos designan desde tiempos medievales a su Ayuntamiento, por ser la casa del paer en cap, el alcalde. Paer, a su vez, viene de la voz latina patiarii, que significa (o significaba) hombre de paz. Al bajar a los sótanos de este palacio de principios del siglo XIII, que es la obra más representativa de la arquitectura civil románica en Lleida, el viajero descubre los restos de una casa romana, una siniestra mazmorra medieval o lo que se sospecha que podría haber sido un baño árabe... 

Este pequeño laberinto subterráneo forma parte, junto con otros rincones y misterios ocultos en las entrañas de la ciudad, de la ruta La Lleida Secreta, un recorrido guiado del que informan y hacen las correspondientes reservas en el Patronato de Turismo

11:00  Un patio digno de una princesa

En la plaza de la Paeria, donde se alza el Ayuntamiento medieval, nace el Carrer Major, la calle más noble, principal y concurrida de la ciudad, que va a morir 300 metros después junto a la Catedral Nueva. A diferencia de la Seu Vella, esta catedral barroca, construida entre 1761 y 1781, tiene poco que ver, excepto la Verge del Blau, la Virgen del Moratón: la leyenda habla de un martillazo en la frente propinado por el escultor, celoso de un aprendiz que terminó con maestría la obra en su ausencia. Justo enfrente, como para compensar, está el Antiguo Hospital de Santa María, una notable construcción gótico-plateresca de los siglos XV-XVI, sede del Instituto de Estudios Ilerdenses y lugar de frecuentes exposiciones. Embobado se queda el viajero viendo su magnífico patio central, del que nace una escalinata de piedra que conduce a una galería de arcos ojivales. Es un patio digno de una bella y bondadosa princesa de cuento.

El Carrer Major es el centro del llamado eje peatonal de Lleida, una de las vías comerciales cerradas al tráfico más largas de Europa. Se extiende a lo largo de más de dos kilómetros, uniendo las calles de Sant Antoni, Blondel, Major, plaza de Sant Joan, Portaferrissa, Carmen y Magdalena, para gozo inmenso de las mujeres (muchas) y los hombres (menos, pero también) que les gusta mirar escaparates. Hay 450, tantos como comercios. Por aquí pasan 15.000 personas al día y hasta 25.000 en fechas señaladas.

12:00  Ruta del Vino de Lleida

Llega un momento en que uno se cansa de ver monumentos, por interesantes que estos sean; y no digamos ya de mirar escaparates. Una alternativa liberadora es la Ruta del Vino de Lleida, que ofrece la posibilidad de visitar alguna de las 22 bodegas abiertas al público que hay en la provincia. Por ejemplo, Raimat, que está a sólo 17 kilómetros de la capital. Aquí se producen vinos muy conocidos, ricos y nada caros. También famosa es la bodega Castell del Remei, que data de 1780 y es tipo château, con castillo, santuario, restaurante y viñedos hasta donde alcanza la mirada. 

14:00 Caracoles o marisco

Otra buena excusa para salir del cogollo comercial y monumental de Lleida es ir a comer a Cal Nenet, una típica brasería situada en medio de la huerta, rodeada de frutales, donde bordan los caragols (caracoles) a la llauna. El cabrito al horno y el conejo al ajillo son otras de sus especialidades. Muy cerca, en el kilómetro 457,5 de la antigua N-II (dirección Zargoza), se halla Carballeira. Este restaurante, laureado con dos Soles Repsol, se nutre y basa su prestigio en los soberbios pescados y mariscos que le llegan de Galicia, lo que explica su nombre.

17:00  Recorrido modernista

Lleida alberga numerosas construcciones modernistas, muchas de las cuales han sido objeto de recientes restauraciones que les han devuelto su brillo original. Como la Casa Magí Llorens (Major, esquina Cavallers), que destaca por la decoración de su fachada con motivos florales en piedra. En la plaza de la Sal, esquina Clot de les Monges, se descubre la Casa Bergós, de comienzos del siglo XX, que sobresale por la belleza de la forja y el uso de motivos florales y geométricos en sus estucados.

Siguiendo el curso del río Segre, el viajero se tropieza con la elegante Casa Melcior (plaza de Sant Francesc), con una majestuosa tribuna en la planta principal decorada con vidrieras, baldosas, madera y forja de la época. En la avenida Blondel, paralela al río, hay otras dos perlas: la Casa Xammar (1920-1950), con amplias ventanas y ornamentación en piedra, y la Casa Morera, también conocida como la de la Lira por la forma de su fachada. Finalmente, se pueden visitar las Casas de Balasch, un conjunto de tres edificios de dos plantas con amplia tribuna, construidos en 1914 y donde destaca la utilización del mármol.

19:30  De matadero a teatro

Otro edificio modernista sobresaliente, el que más, es el Escorxador, un antiguo matadero construido en 1918 y ahora ascendido a teatro municipal. Hay que estar atento a su programación y a la del Café del Teatre Escorxador, por donde pasan las mejores bandas de jazz nacionales e internacionales. Y también a la del Auditori Enric Granados. Este sobrio edificio de los arquitectos locales Artigues y Sanabria (1995), que engancha la colina (antes salvaje) de la Seu Vella con el Carrer Major, aloja el Conservatorio, acoge a la orquesta sinfónica Julia Carbonell y forma parte de la ruta La Lleida Secreta, ya que en sus sótanos se han descubierto restos de la Iltirda íbera.

Todos estos espacios, empero, palidecen ante la modernidad deslumbrante de la Llotja, el espectacular palacio de congresos y teatro diseñado por el estudio de arquitectura holandés Mecanoo, con un auditorio de mil plazas con un acústica excepcional y un escenario de 450 metros cuadrados. Dentro, teatro, ópera, danza, musicales… Fuera, en la terraza superior, Da-moon, un bar de tapas y cócteles con suelo de madera y música chill-out, para ver la Luna que le da nombre en buena compañía.

21:00  Tapas para todos los gustos y bolsillos

El viajero vuelve a la zona de Ricard Vinyes, donde uno de los últimos en abrir ha sidoRita Cokó, un risueño local de moderna decoración y tapas tan interesantes como el micuit de foie con melocotón o el pie de cerdo con aceite de hongos y piñones. Otros imprescindibles de esta zona son el Bar Gilda y su exquisita ensaladilla, el Kimo (en Sant Martí, 61, con más de 300 referencias de vinos) y el gastrobar D-Vinis, que tiene una de las cartas más variadas y sorprendentes de la ciudad. Para muestra, un botón: la gamba en tempura de quicos y guacamole. Si se prefiere algo menos elaborado, en el Corner Café, sirven callos, bravas y rabas, todo a precios muy asequibles.

Tampoco andan lejos de aquí L’Antiquari, Almenara Gourmet, la cervecería On the Rocks Tavern (Rovira Roure, 14-16) y la marisquería Bellera, todos ellos buenas recomendaciones.


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Fecha de actualización: 8 de noviembre de 2016

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