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10 postales invernales del mundo

De Siberia a Canadá sin salir de España

Picos de Europa

En nuestro país tenemos paisajes invernales capaces de dejarnos con la boca abierta: desde la Siberia soriana a las termas islandesas de Orense, pasando por un rincón finlandés en Rascafría o las Dolomitas en el Cantábrico. Estas son 10 postales de los lugares donde más brilla el invierno dentro de España.


Texto: ALFREDO MERINO

La Siberia soriana · Termas islandesas en Orense · Rincón finlandés en Rascafría · Sucursal de Alpes en la Cerdeña · Dolomitas del Cantábrico · Huellas noruegas en la montaña navarra · Bosques canadienses de Valsaín · Pirineos a la manera de Alaska · Recuerdos del Lejano Oeste en Sierra Nevada · Namibia en Gran Canaria

La Siberia soriana

Casi durante un año el Moncayo se convirtió en los Montes Urales. Los pinares de Navaleno fueron los bosques del norte de la Unión Soviética y la fría y desnuda soledad de los campos de Gomara pasaron a ser las heladoras y vacías tierras siberianas. Fue hace más de medio siglo, cuando en 1965 Soria se convirtió en el set de rodaje de Doctor Zhivago, una de las más importantes superproducciones rodadas en España. Entonces Soria fue Siberia.

Aunque la película tuvo otras localizaciones, entre ellas Madrid y la estación aragonesa de Canfranc, su mayor parte se rodó en la provincia castellana. Una ruta por aquellos escenarios debe empezar en la estación de Cañuelo de la capital. Durante casi un año se transformó en la de Yuriatin, Rusia. Solo llegaron tres viejas locomotoras de Renfe, eso sí, disfrazadas de trenes militares bolcheviques.

Candilichera, escenario principal de la película, está a menos de veinte kilómetros de la capital. Plena comarca de Campo de Gómara, estepa cerealista entre el Duero y las sierras de la Pica y Deza. En verano la cosa es diferente, pero estos días de campos desnudos de espigas y nieve recien caída, recorrerlos es transitar por la estepa siberiana.

Moncayo, los Montes Urales españoles. Foto: shutterstock.

A un par de kilómetros de la carretera nacional, Candilichera ve pasar volando los coches rumbo a la capital. Sus ocupantes no reparan en este pueblo a trasmano de todo. Tal vez alguno agradece a aquella antena que pincha el horizonte la mejora en la cobertura de su móvil. Al lado del asfalto, un tendido eléctrico juega a la comba con los viejos postes de madera. Poco más. El paisaje es un campo inmaculado por la reciente nevada. Algún cerro rompe la monotonía de la llanura salpicada de choperas, esparcidas por el territorio de cualquier manera. En mitad de todo esto, una solitaria casona se decoró para que mudase en el palacio de la película.

El despoblamiento rural amedrenta hoy a Candilichera más que el severo invierno castellano. Una nave agrícola y el depósito de agua dan paso a casas destejadas y viejas puertas que llevan décadas sin ver trabajar a sus goznes. Calles sin aceras y frío, mucho frío. Ni rastro de los cincuenta vecinos censados. Estos días no salen ni las gallinas. Como en Siberia. Aquellos trenes disfrazados de la película se dirigían a Ólvega, el pueblo situado a los pies del Moncayo, montaña que trasnmutó en los montes Urales. Hoy es un área protegida que cuenta con hermosos paseos y ascensiones a una cumbre casi siempre venteada.

El pantano de la Cuerda del Pozo, San Leonardo de Yagüe y Covaleda también forman parte de la iconografía de la superproducción. En el entorno de la última se desarrolla la escena de la troska en la que los protagonistas viajan al palacete. Esas mismas pistas forestales acojen recomendables excursiones que, si hay suerte, pueden recorrerse a bordo de raquetas de nieve.

Ya de regreso cruzamos de nuevo las estepas de Gomara. Y ahora sí, miramos más por las ventanillas; abrigamos la leve esperanza de descubrir un grupo de cosacos galopando el horizonte o, por lo menos menos, ver un humeante ferrocarril en mitad de estos helados campos siberianos.

Termas islandesas en Orense

Los baños termales de Islandia son una de las postales más reconocibles del país nórdico. Las imágenes de islandeses y turistas bañándose en las termas humeantes, en mitad de un paisaje nevado, han dado la vuelta al mundo. No tenemos que irnos al polo Norte para disfrutar de unas termas de agua caliente al aire libre y en pleno invierno. Basta con visitar Ourense y preguntar por 'A Chavasqueira'.

El más famoso complejo termal de la ciudad gallega se extiende a las orillas del río Miño. Clásico del turismo gallego, aunque poco conocidas fuera de su territorio, es frecuente ver en los días de invierno a los gallegos remojándose relajados, mientras que alrededor la gente  se arrebuja en sus abrigos y bufandas. Lógico, si se tiene en cuenta que sus aguas manan a 63º C.

¿Qué tal un bañito en aguas a 63º C? Foto: Termas de A Chavasqueira.

De probadas virtudes medicinales,aquí podemos darnos un remojón sin miedo a las temperaturas, por frías que sean. Antes que en Islandia, 'A Chavasqueira' ha preferido inspirarse en Japón, otro país donde el baño termal es una filosofía. Un edificio de madera es el preámbulo de las sucesivas pozas que se extienden en un paraje acogedor.

En 'A Chavasqueira' manan aguas fluoradas, sódicas, bicarbonatadas y sulfuradas, con una mineralización media. Esto las hace especialmente indicadas para tratamientos de reumas, artritis, afecciones de la piel, problemas hepatodigestivos y de las vías urinarias y, por supuesto, como apreciado remedio contra el estrés. Los tratamientos de baños pueden complementarse con un servicio de masajes, en silla sueca o en camilla de relajación. No son las únicas termas de la provincia orensana. Cerca se localizan otros establecimientos como 'Outariz' y 'Muiño da Veiga', todos más que recomendables para reirse del frío y húmedo invierno en bañador.

Rincón finlandés en Rascafría

La iniciativa llamó la atención hace unos años. En el municipio madrileño de Rascafría, en un paraje donde crecen abetos, abedules y chopos a mansalva y a orillas de un pequeño lago artificial se inauguró el llamado Bosque Finlandés. Fue una elección más que acertada, pues el idílico escenario transporta al país nórdico.

A orillas del agua una pequeña cabaña, idéntica a las miles que en Finlandia albergan su correspondiente sauna. Junto a ella un elevado depósito de agua y desde la puerta, un pequeño pantalán se adentra en el lago. Nórdico trampolín para zambullirse en las aguas después de sudar en el interior de la cabaña. No se sabe si alguien ha utilizado la sauna en alguna ocasión, pero el paraje es conocido por los asiduos del Alto Lozoya. El breve paseo que lleva a este trozo de Finlandia surgido en el corazón de la Sierra de Guadarrama, arranca en el puente del Perdón.

El bosque finlandés de Rascafría, un rinconcito para desconectar de todo. Foto: Ana Cañil.

Este histórico puente de piedra está situado frente al Real Monasterio de Nuestra Señora de Santa María de El Paular. Catalogado como Monumento Histórico Artístico Nacional, su construcción se inició en el siglo XIV, bajo el reinado de Enrique II de Castilla. Su pasado esplendor aún refulge en partes del edificio como el retablo mayor, recientemente restaurado.

Cruzado el Lozoya por el citado puente, se continúa hasta el desvío que a la izquierda lleva al albergue de los Batanes. De nuevo a la izquierda, hasta alcanzar el camino principal, que marcha paralelo al río y que en pocos metros alcanza el bosque finlandés. Aguas abajo del Bosque Finlandés se localiza el lugar donde se alzaba el molino utilizado durante siglos por los monjes del monasterio para fabricar papel. De este batán salieron las resmas de papel en las que se imprimió la primera parte de El Quijote.

Sucursal de Alpes en la Cerdeña

El Parque Nacional de los Encantats y Lago San Maurici acoge uno de los más sobresalientes paisajes de las montañas de nuestro país. Un escenario de afiladas montañas y prados entre los que se extienden decenas de lagos de todas las formas y tamaños. Estanys los llaman por aquí; los formaron los antiguos glaciares que se extendían por esta zona en el lejano Cuaternario y el conjunto puede pasar sin el menor problema como un paisaje de los Alpes.

Se sitúa este espacio en el extremo noroeste de Cataluña y abarca algunas de las comarcas de mayor atractivo de esta parte de la cadena pirenaica: Alta Ribagorça, Pallars Sobirà y Pallars Jussà. Aunque en invierno la nieve y el hielo son los protagonistas, no son impedimento para conocer este espacio protegido, siempre que se guarde la prudencia necesaria ante súbitos cambios de tiempo y los aludes que barren algunos lugares. Lo mejor para la visita es recurrir a los centros de recepción de visitantes del parque. En ellos nos indicarán cuáles son las opciones más recomendables para conocer tan privilegiado entorno.

Así es el entorno del Parque Nacional de los Encantats y Lago San Maurici. Foto: shutterstock.

Dolomitas del Cantábrico

Si hay dos macizos montañosos europeos parecidos, son Dolomitas y Picos de Europa. Las montañas del norte de Italia algo más altas y extensas, pero en sus formas resultan idénticas. De naturaleza caliza ambas, destaca su abigarrado panorama de agujas de tonos anaranjados. A los pies de ambas cordilleras se extiende un conjunto de pueblos donde las culturas locales se han conservado con todo su encanto. Apartadas las multitudes que los veranos inundan la región, en invierno sus montañas y pueblos se muestran más auténticos.

Tres son los accesos principales de Picos de Europa. Se corresponden con las tres comunidades autónomas en las que se asienta su territorio: Asturias, Cantabria y León. La puerta asturiana se abre en Arenas de Cabrales. Aquí el poderoso queso encuevado siempre dice la última palabra. Subir hasta Bulnes en el trenecito que se hizo para romper el aislamiento de los ocho vecinos de la aldea, es viaje ineludible.

Los lagos de Covadonga, helados. Foto: shutterstock.

Para acceder a los Picos desde León hay que recorrer el valle de Valdeón. Depresión tan enorme como hermosos son sus pueblos: Santa Marina, Posada, Soto, Caldevila, Cordiñanes y Prada, todos con el mismo apellido: de Valdeón. Son preámbulo que lleva a Caín y a la divina garganta del Cares, cuyo acceso norte está en la citada Arenas.

Queda el lado cántabro. Lo forma la Liébana, un territorio aislado casi hasta ayer por el desfiladero de la Hermida y el puerto de Piedras Luengas. El extenso valle alberga maravillas como Santo Toribio y su Lignum Crucis, pueblos del sabor de Cosgaya y es la base del teleférico de Fuente Dé, que en un vuelo de ocho minutos salva mil metros para dejar a sus pasajeros en medio de un paisaje donde la magia toma la forma de montañas.

Huellas noruegas en la montaña navarra

Desde los años 60 en el Roncal se practica esquí nórdico. Esta modalidad del esquí pasa por ser la más esforzada, pero también la más fácil de practicar, si lo que se quiere es dar un paseo por la naturaleza nevada. Este fue el origen del esquí nórdico, cuyas primeras referencias se sitúan en Noruega. Allí apareció un grabado en una piedra que se remonta 3.000 años antes de nuestra era. Es un hombre, tal vez un cazador, encima de unas largas tablas idénticas a los esquís. El primer uso que tuvo el esquí fue para desplazarse sobre la nieve.

El valle del Roncal, un paraíso del esquí nórdico. Foto: shutterstock.

Esto es lo que 5.000 años después se sigue haciendo en el valle de Belagua. Aquí, Centro de Ocio y Deportes de Montaña Roncalia, imparte cursos de esquí nórdico y alquila material para practicarlo por sus 21 kilómetros de pistas balizadas. Junto con los vecinos centros franceses de Braca e Issaba, ofrecen 77 kilómetros de pistas que componen el mayor conjunto para la práctica del esquí de fondo de los Pirineos. Las sendas de Roncalia recorren los amplios bosques incluidos en sus dos áreas esquiables: El Ferial y La Contienda. Las masas de pino negro, hayas y robles componen el hermoso escenario.

Su vecina francesa Braca, a un par de kilómetros y junto a la Pierre St Martin, ofrece sus 25 kilómetros de pistas balizadas, esta vez por un bosque mixto de abetos, pinos y hayas, y por paisajes de montaña. Un poco más alejada, la también francesa, Issarbe reúne 31 kilómetros de pistas igualmente balizadas y abiertas tanto para el esquí nórdico como para la marcha con raquetas.

Bosques canadienses de Valsaín

Los bosques boreales de pinos y abetos cubren gran parte de Canadá y son su paisaje más reconocible. Es lo que ocurre en los alrededores del Real Sitio de La Granja de San Ildefonso. Aquí se extienden los Montes de Valsaín, ocupados por el bosque de pino silvestre más extenso de Europa. Es tan formidable y son tan monumentales sus árboles, que ha dado nombre a la especie: pinos de Valsaín. También se les puede llamar pinos del Norte, por su querencia boreal, y pino serrano, por su afición a crecer en las tierras altas. Otros, simplemente le llaman el rey de los pinos.

Es tan grande este bosque, que puede caminarse durante horas por su interior sin encontrar otra cosa que naturaleza en estado puro. Más aún en invierno, cuando la nieve y el frío desaniman a turistas y domingueros. Caminar bajo el dosel vegetal es escuchar el silencio del bosque. Ver las cascadas transformadas en espejos de hielo. Descifrar la caligrafía que las huellas de animales escriben cada día en la nieve. Asistir al regalo de una acebeda cuajada de frutos, joyas rojas del bosque.

Los famosos pinos de Valsaín. Foto: shutterstock.

En Valsaín hay un extraordinario dédalo de pistas y caminos para todos los gustos. Algunos son largos y esforzados, como los que trepan hasta Majada Hambrienta, el escalón que marca la frontera entre la foresta y la alta montaña. Otros son caminos históricos, como el que lleva al asiento de Asís, un posadero natural que es hermano de la silla de Felipe II, el que lleva a la Fuente de la Reina y la calzada romana, que lleva abierta dos mil años.

Hay paseos tan hermosos como el de las Pesquerías Reales, fantástico enlosado orillado al Eresma, que mandó construir Carlos III, para colmar su afición a la pesca. O tan fantásticos como el llamado Por ande Conan, en alusión a la película 'Conan el Bárbaro', y que alcanza el punto en el que se alzó la aldea donde empieza la saga. Alguno es tan largo que da la vuelta al valle, en un recorrido salvaje de más de 50 kilómetros. Mientras que otros tienen un carácter más doméstico, como el que lleva a la Casa del Cebo, cercana a la tapia de los jardines de La Granja.

Pirineos a la manera de Alaska

La más famosa carrera de trineos tirada de perros se celebra en Alaska. Su nombre significa en el idioma de los indios 'Lugar Lejano'. Esto es la carrera: 710 kilómetros que los mushers (conductores de tríneo) recorren entre nueve y 20 días. Del mismo modo que hacían los antigüos buscadores de oro rumbo a la frontera ártica.

La carrera inspiró otra similar que atravesaba los Pirineos, Pyrena. La crisis se la llevó por delante hace un par de temporadas. A pesar de ello, en estas montañas existe la posibilidad de disfrutar una Iditarod mucho más doméstica y accesible. Es la excursión en trineo de perros hasta el Santuario de la Mare de Deu de Montgarri, territorio por donde transcurría una de las etapas de aquella Pyrena.

El valle de Arán, nuestra particular Alaska. Foto: shutterstock.

Organizado por Montgarri Outdoor el recorrido lleva desde Beret, última esquina del Valle de Arán, hasta Montgarri, a siete kilómetros de distancia. Hacerlo es sentirse por unas horas explorador o trampero del Gran Norte americano. Por una pista que se adentra por los bosques del Alto Arán y la garganta del Noguera Pallaresa se llega a este paraje venerado por la gente del Valle y a donde todos los veranos se organiza una romería. Ahora en invierno, permanece abierto el refugio de montaña, donde se puede comer y pernoctar.

Recuerdos del Lejano Oeste en Sierra Nevada

El uso de raquetas es una actividad lúdica ligada a la nieve, de absoluta actualidad. Todas las estaciones de esquí las mantienen entre sus ofertas. Mientras que muchas compañías de guías y viajes especializadas organizan salidas invernales por toda la geografía nacional. No siempre fue así. Sobre todo en sus inicios, cuando este sistema de caminar sobre el manto blanco se utilizaba exclusivamente para eso: como único sistema para desplazarse en invierno sin hundirse en la nieve.

Sierra Nevada, un paraíso de los deportes de invierno. Foto: shutterstock.

El continente norteamericano fue donde se hicieron más populares. Para las tribus indias más norteñas y los inuit eran indispensables. Los blancos que empezaron a recorrer aquel territorio que conocemos como el Salvaje Oeste pronto las adoptaron. Los cazadores, como Daniel Boone, David Crockett y John Liver-Eating Johnson (inspirador de la película Jeremiah Johnson), fueron quienes mejor uso dieron a estos aparatos en los crudos inviernos americanos.

No hay que irse hasta el Lejano Oeste para sentirse un pionero de la nieve americana. Basta con desplazarse a un lugar como Sierra Nevada y caminar estos días de invierno por su naturaleza. Rutas guiadas por especialistas para todos los niveles, que incluyen el alquiler de raquetas y bastones por la alta montaña penibética o los bosques que tapizan el pie de la montaña.

Namibia en Gran Canaria

El invierno también puede ser en lugares como este, donde no nieva jamás y en el que el calor ha desplazado al frío. Namibia es un destino lejano situado en el África Austral. La totalidad del país es territorio desértico, cuya salvaje belleza repesenta la esencia del continente negro. Son varios los hotspots –puntos calientes– que atesora en su vasta superficie. Entre todos destacan las dunas rojas. Esta barrera arenosa recorre la franja atlántica formando una muralla que el viento del cercano océano mueve a su antojo. Su llamativo color se debe a la presencia de abundante mineral de hierro en las partículas de arena, que se oxida al contacto con el aire.

Esta maravilla natural única tiene, salvando otra vez las distancias, un remedo en nuestro territorio. También situado cerca del océano Atlántico, aquí tampoco nieva y el invierno solo llega a los calendarios. Este lugar, aconsejable para los que quieren escapar de los rigores de la estación más fría sin hacer un largo viaje, se localiza en las islas Canarias.

Las bellísimas dunas de Maspalomas. Foto: shutterstock.

Las dunas de Maspalomas, en Gran Canaria, forman el conjunto dunar más importante de España. Es tan extenso que se conoce con el sobrenombre de Mar de dunas. Situadas en el extremo sur de la isla, la costa a la que se asoman mide cinco kilómetros. En una de sus esquinas se alza el histórico faro, erigido en 1861, cuando la zona era un paraje deshabitado.

Última esquina arenosa de Gran Canaria, las dunas que la subrayan han logrado escapar de la irremediable urbanización de las costas españolas. Parecen a salvo, pues pertenecen al espacio protegido de la Reserva Natural de las Dunas de Maspalomas. En este lugar se encuentran tres ecosistemas complementarios: Palmeral, La Charca y las dunas propiamente dichas, que albergan una interesante comunidad biológica y es parada obligada de las aves migratorias que van y vienen al continen

Fecha de actualización: 25 de mayo de 2017

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