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En la Vall de Boí Taüll la nieve es para todos

Cómo asaltar las cumbres nevadas con unas raquetas

Da igual que tengas siete que setenta años. Que seas pudiente o de bolsillo modesto. Quienes sueñan con pisar montañas o laderas nevadas, tienen ese lujo a su alcance con unas simples raquetas. Es fácil jugar a Heidi y a Pedro por uno o varios días. La Vall de Boí, en el Pirineo de Lleida, es uno de esos lugares para hacer tu cuento realidad.  


Texto: ANA CAÑIL | Fotografías: SOFÍA MORO

Dice el refrán que año de nieves, año de bienes. Y si dejas tu huella sobre nieve virgen, el bien te alcanza mejor. Puede que la sensación del crujir de la nieve bajo tu bota no la hayas disfrutado, pero nunca es tarde. Si eres de los que no sube con amigos o familia a la montaña por sentirte incapaz para calzar unas tablas y menos aún, una de snow, está tirado quitarte ese complejo de encima. Borrar el recuerdo de aquella experiencia nefasta con el colegio, cuando solo pasaste frío en el albergue y no te levantaste del suelo durante las clases de esquí.

Hay lugares como el Vall de Boí Taüll, en la Alta Ribagorça (Pirineo de Lleida) donde los deportes de la nieve pueden ser asequibles a todos los sueldos. Los que saben bajar por pistas negras y los que disfrutan con un paseo entre senderos nevados y una chimenea al atardecer, en una casa rural. Vivimos en el segundo país más montañoso de Europa. Pisar las sábanas blancas que tapan las cumbres, jugar a Heidi, a Pedro y a su abuelo con bolas de nieve, embelesarte con los copos estrellados por el viento en el cristal es más fácil de lo que imaginas. No hace falta hacer heliesquí.

La rivera del río Sant Martí en la Vall de Boí, un inicio perfecto para principiantes.

Cada mañana, Toni González –L´Avi o el abuelo para sus vecinos y amigos– abre la ventana de su casa de Taüll y examina su windowsweb particular: mira al cielo, huele el aire y se equivoca muy poco a la hora de adivinar qué tiempo hará. Todos a su alrededor saben que ni Accuweather ni la AEMET vaticinan el día mejor que L´Avi. Toma algo en casa y prepara el termo con su "elixir secreto, el de los druidas" que mete en la mochila bromeando. Y baja hasta el vecino pueblo de Barruera, hasta la oficina de Guies de Muntanya Taüll, donde curra con Moisés.

Primeros pasos para comprobar que las raquetas son asequibles a todas las edades y profundidades de la nieve.

Es un jueves cualquiera de febrero, el viento ha amainado, aunque se ha llevado la nieve que vestía todos los árboles de las laderas. Pero aún queda mucha y va a hacer buen día. En el corto recorrido de Taüll a Barruera, hay días que a Toni le da tiempo a preguntarse cómo será la pareja, la familia o el grupo que le ha llegado de ese pueblo nuevo y enorme que "se llama internet" .

La pareja que le ha tocado hoy son un par de mujeres talluditas, según le ha contado su socio Moisés, que quieren conocer las maravillas del Vall de Boí, especialmente la nieve y el invierno, pero no esquían. Por eso han desechado la estación de Boí Taüll con las pistas más altas del Pirineo y unas instalaciones de envidia. Ya sea por las rodillas, el peso o la edad, las que llegan esta mañana han apostado por probar su primer día en la nieve sobre unas raquetas. Todo eso lo sabe Toni porque una de ellas habla mucho y han insistido en que quieren "probar" sin partirse una pierna, ni bajar humilladas a las espaldas del guía.

Cuando llegan a la oficina, L´Avi lo tiene ya todo pensado y las raquetas preparadas. Además de la Windowsweb particular, de Taüll a Barruera le da tiempo a intercambiar opiniones con el vecino que sube a hacer esquí de fondo o con el ganadero que, prismáticos en mano, vigila su ganado en los riscos de la montaña. Intercambios y saludos rutinarios sobre el tiempo, el estado de la nieve, el viento, las laderas para escalar o andar por uno u otro lado, porque esta semana hay riesgo de aludes.

El día sin una nube permite que picos como L´Aut luzcan sin pudor su blancura. 

La voz de las clientas le saca del fondo del almacén. A primera vista se ve que no son jóvenes, pero tienen una ventaja: van equipadas como deben –botas que cierran bien el tobillo, pantalón y chaqueta de esquí, guantes y gorro–. Y lo más interesante, se dejan enseñar cómo se ponen las raquetas de nieve. "Como esto es fácil, aquí llega el personal y rápidamente te dice 'deja, deja, que ya puedo yo'. Y es verdad que es sencillo, pero hay unas pequeñas normas que hay que cumplir a la hora de engancharse bien al tobillo. La raqueta debe ir bien sujeta, no bailar y adaptarse a tu peso". Una mirada a las dos que tiene enfrente le ha bastado para calcular los kilos que llevan a cuestas sin tener que preguntar, pese a que van embutidas en las ropas de esquí.

Unos minutos después de haber ajustado la raqueta al tamaño del pie de las mujeres, L´Avi tiene a las clientas al pie de una pista, La Vall de Sant Martí, que transcurre a ratos pegando al río del mismo nombre. "Todo el año baja agua por aquí. Es camino con raquetas accesible a todas las edades, desde niños de siete a ocho años, a viejos que no quieran renunciar a la montaña". Hay nieve, mucha, aunque tras la nevada del lunes llegó la lluvia que ha dejado las estrías en las laderas cubiertas por sábanas muy blancas, pero tendidas con arrugas.

"Plantad la huella bien, sin miedo. La ventaja de la raqueta es que es difícil caerse, no te hundes. Para subir, levantas la punta delantera, para bajar, clavas el talón. Además, lleváis raquetas con mi pequeño truco, sujetar el talón a la raqueta con una cuerda.  El único riesgo es que os piséis una raqueta con otra, cosa nada fácil". Con esas sencillas instrucciones y un bastón en cada mano, las aventureras sienten cómo sus pies rompen la "costra" de la primera capa un poco helada y emprenden la marcha tras años sin profundizar en la nieve.

El lado de La Vall de Boí para acceder a Aigüestortes es muy escarpado.

Siguen al guía, mientras intentan cotillear en su vida. Hace 35 años que le esperan en Barcelona. El día que se marchó, parte de su familia y amigos pronosticaron que "este vuelve en dos días y hasta hoy". Ahora es al contrario, van a verle a él. Escalador, socorrista, pistero durante doce años, de los que cierran las pistas de esquí al final de la jornada o bajan a los averiados, ironiza con el trabajo. "He bajado a tanta gente que había días en los que parecíamos Mudanzas Martínez" se ríe, mientras hunde el bastón en la nieve, para mostrar la cantidad que ahí, muy por encima del metro en muchos sitios.

Pasan arroyos y valles pequeños, entran en bosques de pino negro, moteados por el color de los serbales, que este año tienen ramas más inclinadas por el peso de las serbas –bolitas rojas en racimo–  y adornan entre tanto verde perenne del pino, cubriendo la ausencia de acebos. A veces se topan con algún serbal o el escaramujo cuyas bayas resisten las heladas. "Cuando el serbal tiene mucho fruto es un buen año de nieve" explica el guía, mientras ellas, embobadas, miran arriba, a las cumbres que se alzan sobre sus cabezas o vuelven la vista atrás. En sus espaldas, el pico L´Aut, –El Agudo– todo blanco e insultante recortado sobre el azul, surte el efecto de un chute de adrenalina.

El ruido de las raquetas y los bastones queda pronto amortiguado por el río San Martín, que aunque tiene una parte de las orillas cubiertas por la nieve y el hielo, baja con fuerza, abriendo camino y con la osadía de quien está acostumbrado a dejar que el hielo no le congele el corazón, de forma que enseña sus cascadas entre los carámbanos que han intentado convertirle en cristal.

cartel del parque Val de Boí y rio Sant Martí

En la Vall de Boí Taüll, la ribera Sant Martí es el primer cinturón del Parque Nacional de Aigüestortes y Estany de Sant Maurici. Un lugar que para muchos no necesita presentación. Y si la necesita, es que uno tiene que viajar hasta allí en cuanto tenga un hueco. Sus 200 lagos, sus cumbres, sus refugios, sus animales…no daría esta historia sobre raquetas para explicar Aigüestortes,  pero sí para contar que el Sant Martí es la puerta de entrada al Parque por una parte escarpada, la de la Vall de Boí.

La nieve mantiene aislado el corazón del parque en lo más crudo del invierno. "Mañana o pasado subirán a echar un vistazo a los refugios, pronto hay que abrirlos. Claro que aquí, la naturaleza, la tormenta de nieve y el viento mandan" explica L´Avi, mientras saca de su mochila el termo. "Mi elixir mágico. No tiene alcohol prácticamente, pero resucita a cualquiera", cuenta mientras les tiende el vaso del termo con algo humeante. Y vaya si resucita, una especie de té caliente con anís y canela baja por la garganta, calentando el cuerpo para ponerse a la altura del ánimo, que ya está bien arriba. No han andado ni una hora, con paradas para hacer fotos y mirar, pero la euforia escala a más velocidad que sus piernas. Lo cual no es un gran mérito, pero sí divertido.

El "druida" Toni de Taüll despacha su poción mágica.

En la montaña, con el pino negro y el serbal se mezclan algunos álamos temblones y los elegantes abedules, de tronco blanco y ágil para cimbrearse al ritmo del viento. Ni una llamada de teléfono, ni un ruido de la carretera. Solo de vez en cuando el viento entre las hojas, que nunca tapa el ruido del arroyo. A veces un águila deja su sombra en la nieve y otras la indicación del guía: "mira ¡un quebrantahuesos! Tienen un nido aquí, son las únicas aves que crían en febrero" . Ese es el tipo de historias que Toni les cuenta a los niños, o cómo se ven las huellas de los rebecos o los corzos en la nieve. A veces, cuando llegan a alguna cumbre  encantados con las raquetas y con ganas de más jaleo, juegan a las peleas de bolas o a construir un iglú. 

El escaramujo, que ha resistido a las nevadas y los bajo cero con dignidad.

Desde una parte de las laderas que rodean La Vall de Boí, el espectáculo no es solo de la naturaleza. Es inevitable lanzar una exclamación al mirar las torres del románico lombardo de Sant Climent, Santa Eulalia o Sant Joan, levantadas entre los tejados de pizarra con la nieve que el sol no ha derretido aún  Ya fueran obra de los lombardos traídos por la casa feudal de Erill o por Ramon Guillem, el obispo de Roda Barbastro que se volcó en la pinturas de las iglesias, uno comprende porqué la Unesco las declaró Patrimonio de la Humanidad. Pero esta es historia para la siguiente jornada. Al final de la mañana, las raquetas han cumplido su tarea: con las endorfinas a tope, las chicas talluditas tienen todos los huesos en su sitio, deseando encontrar un sitio donde comer bueno, rico y a precio justo. Y l´Avi Toni conoce unos cuantos. Al despedirse, las ya compañeras del guía comprenden que en Barcelona pueden seguir esperándole otros 35 años.

Los caracoles y la escudella en el Fai

Tan contentas como hambrientas –la caminata de las raquetas es disculpa perfecta para premiarse con una buena comida– llegan a 'El Fai (Taüll)' un restaurante adonde acuden tanto las gentes de la Vall –guías, profesores de esquí, empleados de otros pequeños negocios turistas franceses o italianos– ya sea para tirar de menú o de carta. Lo primero que Meri ofrece es el menú –de 16 o de 18 euros, depende de los platos– aunque cuesta trabajo atenderla con las vistas que hay desde las mesas. 

La terraza del restaurante 'El Fai', lo mismo da para el rico aperitivo que para el pacharán. 

Al final, las mujeres se dejan guiar por las sugerencias de Matilde, la cocinera que lleva treinta años al frente del negocio con su marido y ahora su hija Meri, sin más pretensiones que "dar de comer bien y que la gente se sienta cómoda. ¿Sabes la verdad? Yo no vine aquí para ser cocinera, ni lo pensé. Mi familia tiene un negocio de alojamientos. Pero una vez que te pones, que lo que hagas lo hagas bien. Y eso intento" cuenta, mientras mira a la cara a las dos clientas que le han dado carta blanca para que les dé de comer. 

Los caracoles a "la llauna" flambeados con coñac en 'El Fai' (El Haya). 

Sobre la mesa primero aparece una escudella que huele que alimenta. Vale, el hambre de la montaña ayuda, pero en la cazuela no queda ni rastro de "los fideos, la patata, la butifarra blanca, la negra, la gallina el arroz y la col" que lleva el guiso, según Mery, que se ríe ante el apetito del personal. En segundo lugar, unos canelones con setas y salsa de boletus que caen con igual placer que la escudella. Y cuando la panza ya está saciada y las chicas piensan que ya no pueden más, aparecen sobre la mesa los caracoles "a la llauna", son salsa alioli por un lado y vinagreta por otro.

¡Qué guapos, vestidos de gala! Eso de comérselos como pipas se cumple sin ningún ritual, salvo el de chuparse los dedos con la sal y ¿qué más? Matilde disfruta observando el chupeteo de dedos y responde: "los pongo a la plancha, con sal gorda y los flambeo con coñac". Un placer de dioses en un lugar normal, con unas vistas que no están pagadas y un trato amable sin excesos de dulzura. Todo ello regado con un vino blanco de la casa más que pasable y un postre a base de cítricos y zanahoria, más café. Por poco más de 40 euros (las raciones eran compartidas por lo abundantes) han despachado el hambre de la montaña.

EL FAI - Calle Els Aiguals, 10. Taüll. Tel. 973 69 62 01.

 

La Carnicería en Barruera

En los valles de la Alta Ribagorça es rara la zona que no tiene sus propios embutidos. Y en los últimos tiempos, la carne ecológica, especialmente la ternera, es un bien que se cría con mimo. En la Vall de Boí, en Barruera, tiene Esther su carnicería, 'Embutidos Casa Cunilla', "un negocio que mi hermano y yo hemos heredado de nuestros padres y vamos innovando". La visita a Esther se produce por recomendación de los vecinos a la hora de pedir un fuet, una butifarra o una carne de calidad para llevar. "Nuestro último producto, con denominacion de origen, es la secallona, con 70 % de ternera ecológica y un 30 % de panceta de cerdo, que le da el toque para que salga más jugosa. Hacemos todo nosotros, desde criar nuestro ganado hasta el embutido" explica, mientras el chaval que atiende prepara los paquetes con las cuatro clases de embutido que la dueña ha recomendado. 

Hotel Pey en Boí

El salón del 'Hotel Pey', recientemente remodelado con una estética acogedora y moderna.

Teresa Traveset Lluch, de Boí, y el granadino Pepo Alaminos se conocieron trabajando en Baqueira, ambos en negocio ajeno, aunque la madre de Teresa tenía un establecimiento de habitaciones hacía tiempo. Al final, la pareja dejó Baqueira y apostaron por retomar el negocio de los padres de ella. "Lo hemos ido renovando desde el año 2000 con muchísimo esfuerzo, pero cuesta", explica en la recepción del hotel, mientras las niñas de una familia francesa juegan en el salón de al lado. "Estos días hay muchos franceses, porque coinciden con la temporada de vacaciones de los niños y se vienen, pero las tempordas altas aquí son veinte días de agosto, semana santa y fin de año. El resto del tiempo, hay que pelear para mantener esto a flote" explica, mientras su marido asiente. 

La recepción del 'Pey', que cuenta con una tienda de 'delicatessen' al lado.

El Hotel de Teresa y Pepo cuenta con una parte de hostal, con 22 habitaciones, y 16 en el hotel, de las que cuatro han sido reformadas recientemente con una estética de vanguardia, casi minimalista pero cálida. En ningún momento de la charla esconden lo que les cuesta cerrar el ejercicio cada año, pero intentan no rendirse. 

Además del 'Pey', la Vall de Boí cuenta con numerosas y acogedoras casas rurales, apartamentos y 'Hotel Rantiner' en Taüll, el que más le gusta a Toni l´Avi. Como nadie se va de la Vall pensando que no volverá –es imposible no regresar, nunca terminas de saciarte de naturaleza y arte– habrá ocasión de sobra para probar.

HOTEL PEY - Plaza Treyo, 4. Boí. Tel. 973 69 60 36.

Fecha de actualización: 12 de junio de 2017

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