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El secreto de Boí Taüll

Las joyas románicas Patrimonio de la UNESCO en el Pirineo de Lleida

Románico en Boí. San Climent de Taüll.

Ya sea por la penitencia de los señores de Erill y las peleas de dos obispos, o  por el amor de un trío que luego se convirtió en santo –Eulalia, Clemente y Joan-, lo cierto es que la Val de Boí Taüll encierra nueve joyas del románico tan únicas en el mundo que la Unesco las declaró Patrimonio de la Humanidad. A falta de que sus maravillosas torres revelen otro de sus secretos, el de los artistas ¿lombardos? que hace casi mil años las levantaron, nadie debería perderse este tesoro. Se salvó gracias a siglos de aislamiento en el Pirineo de Lleida.


Texto: ANA CAÑIL | Fotografías: SOFÍA MORO

Un silencio recogido se extiende por la nave de Sant Climent de Taüll. Los cinco adolescentes están envueltos en el misterio de lo que acaban de presenciar. El pantocrátor ha desaparecido ya de la bóveda, pero deja tras de sí una estela sobrecogedora. ¿Quiénes demonios fueron aquellos maestros de la piedra y de la pintura, qué llegaron a la Val de Boí hace casi mil años y dejaron estas joyas románicas - Sant Climent y Santa Maria de Taüll, Sant Joan de Boí, Santa Eulàlia d’Erill la Vall, Sant Feliu de Barruera, la Nativitat de Durro, Santa Maria de Cardet, l’Assumpció de Cóll y la ermita de Sant Quirc de Durro  que han llegado hasta nuestros días, conservadas de forma milagrosa? ¿De dónde llegaron esos canteros medievales que construyeron este tesoro en uno de los valles más bellos, profundos y despoblados del Pirineo?

 La torre de Santa Eulalia. Según la leyenda, la joven Eulalia fue motivo de disputa entre San Climent y Sant Joan. 

Seguramente son algunas de las preguntas que se hacen Mariona, María, Elvira, Pau y Merak, quienes no rompen esos segundos gloriosos hasta que Josep Monforte, su profesor de arte, no les saca del ensimismamiento. ¿Es o no es magnífico lo que han visto? Y sí, lo es asienten los chicos de segundo de bachiller, estudiantes de Historia del Arte en el Instituto de Pont de Suert. “Por eso son tan pocos, solo cinco como véis”, apunta el profesor Monforte, tan orgulloso de sus muchachos como escéptico por lo poco que se hace por las Bellas Artes.

San Climent de Taüll al anochecer. No es extraño que Eulalia se inclinara por Clemente vièndole subido a esta torre.

Parte de sus alumnos ya han estado antes en Sant Climent. Total, es en Pont de Suert donde hay que desviarse para coger la carretera que lleva hasta esta maravilla que es la Val de Boí. Pau, uno de los dos chicos del grupo, es de Sopeira, un pueblo cercano. Reconoce que aún está sobrecogido tras la proyección del vídeo mapping que Berta –la encargada de cuidar Sant Climent desde hace 14 años- ha puesto en marcha para los alumnos de Josep.

El Pantocrátor asombra a los estudiantes de arte. El mapping trae la pregunta sobre los artistas anónimos.

“Conocemos el románico, pero nunca dejo de asombrarme ante el hecho de que alguien pudiera hacer estas pinturas en aquellos tiempos”. Aquellos tiempos son el siglo XI-XII. Las pinturas estuvieron en las iglesias del valle hasta principios del siglo XX, cuando un grupo de estudiosos del Instituto d´Estudis Catalans concibió la idea de arrancarlas mediante la técnica del strappo para trasladarlas al Museu D´ Art i Arqueologia en el Arsenal de la Ciudadela de Barcelona.

Sant Joan de Boí. Según la leyenda el trío amoroso se mantuvo puro y se convirtieron en santos.

Contra el robo de los de Boston

Azuzados por un americano –de nombre Ignacio Pollack- que ya se había llevado a Boston pinturas del románico catalán, los miembros de la Junta de Museos encargaron al italiano Franco Stefanoni –experto en el strappo- que despegará el resto de las pinturas, que hoy pueden ver en el Museo en Barcelona. Pero en los últimos tiempos en Sant Climent y Sant Joan han aparecido nuevos restos de pinturas, que ya no serán trasladadas. Con todo, aunque el vídeo mapping es un joya a la hora de enseñar como se concibió y creó San Climent, hay gente a quien le gustaría ver al Pantocrátor, sin duda la joya del románico catalán, de vuelta en su sitio. “El mapping me impresiona mucho, aunque los originales sigan en Barcelona. De todas formas, con la proyección te sientes como si estuvieras participando en el desarrollo de la historia” reflexiona Merak. Las tres chicas lo tienen claro, porque “cada vez que lo vemos descubrimos algo nuevo, es impresionante”.

En Sant Climent -y en otras iglesias- han aparecido nuevas pinturas, que se quedarán en el templo original.

No es para menos. Sant Climent es la muestra principal de las nueve joyas románicas que se distribuyen por el valle. La primera que quizá uno debe de visitar tras pasar por el Centro del Románico del Valle de Boí Taüll y si tiene poco tiempo, pero se irá con mala conciencia.  

El Pantocrátor que estaba en el ábside de la Iglesia –y está cada vez que Berta proyecta el mapping- es un Cristo en Majestad impactante, con influencias griegas y bizantinas como era habitual en el románico. Pero no sabemos nada de los hombres que con sus manos y mucho mimo, hace casi 1.000 años, levantaron tal maravilla. “La historia aceptada es que fueron un grupo de maestros lombardos, que llagaron aquí en el siglo XI, pero tengo amigos que están estudiando más teorías”, comenta el profesor Josep Monforte.

La belleza de la Vall de Boí, feudo de los Erill, justifica su elección para levantar iglesias anónimos por maestros lombardos.

Los señores de Erill y los obispos peleados

Lo cierto es que durante la Edad Media, cuando se expandió el románico –el primer arte católico en traspasar las fronteras por Europa, tras el griego y el bizantino- los grupos de canteros, carpinteros, pintores, talladores, arquitectos a base de experiencias y sabiduría de siglos, recorrían los países católicos en busca de obispos y señores feudales que les contrataran para levantar catedrales, iglesias, colegiatas. Feudalismo e Iglesia acumulaban dinero y poder. Los señores querían hacerse perdonar sus pecados en las guerras y competir con los vecinos, los obispos agradar a Dios a base de torres que tocaran el cielo y acogieran a fieles a quienes pudieran predicar.

Cuenta la historia que fueron los señores de Erill –de origen austriaco y dueños del Val, súbditos de Alfonso el Batallador, Rey de Aragón- quienes decidieron levantar las nueve iglesias en un plazo corto de tiempo. Quizá para lavar su conciencia por las razzias que habían llevado a cabo contra los árabes de los reinos de Taifas. Cuentan también que fue la rivalidad entre los obispos de Roda-Barbastro y de Urgell lo que llevo a levantar las iglesias tan juntas y tan rápido. Citan los investigadores que fue Ramón Guillem, el obispo de Roda-Barbastro, con el apoyo de los barones de Erill, quien consagró todas las iglesias con un día de diferencia, el 10 de diciembre de 1123. Que había nieve ya era seguro. Pobre el de Roda. Después de pasar tanto frío, tan solo 17 años después, en 1140 el de Urgell se quedó con el control sobre las magníficas iglesias a las que concedió un régimen especial.

Santa María de Taüll, detrás de Sant Climent. Aunque no entra en la leyenda, su apostura no tiene nada que envidiarles.

La leyenda de un trío de amor

Hasta aquí la historia oficial. Las leyendas en la Vall de Boí explican la cercanía de tres de las principales joyas románicas –Sant Climent, Santa Eulalia y Sant Boí- por el amor de un trío, dos hombres y una mujer. Inocentes y santos. Eulalia era una moza de buena familia de Erill la Vall que se prendó de un joven –también pudiente- de Taüll, llamado Clemente. Su amor era tan apasionado, que no podían soportar el no verse, así que ordenaron levantar sendas torres con seis  pisos, pegadas a sus respectivas casas. Era la forma de poder saludarse y así soportar el alejamiento que a veces les imponía durante tiempo la nieve o el frío.

El profesor Josep Monforte explica a sus alumnos los misterios de hace 1.000 años. De pie Berta, el alma de Sant Climent.

Pero había un tercero en discordia que ni Eulalia ni Clemente controlaban. Se llamaba Joan y vivía en Boí. Hacía tiempo que amaba a Eulalia en secreto, pero un día, enfermo de amor, comenzó a construir la torre de Boí. Solo que se quedó sin dinero cuando llevaba el tercer piso. Pobre Joan, se resignó a mirar el amor de Clemente y Eulalia hasta que un día, el de Taüll enfermó y murió. Eulalia y Joan se encontraron y apostaron por llevar una vida sin pecado, en recuerdo de Clemente y honrar su memoria. Al final, sus casas se unieron a las torres y se convirtieron en Iglesias. Los pueblos les adoptaron como patrones y el Papa les hizo santos. O al revés.  Cierta o no, la leyenda sería una explicación de los tres campanarios que miran a Roma y el de Sant Joan de Boí, es la mitad que los otros dos, lo cual no desmerece en absoluto la belleza de la Iglesia.

Interior de Santa Eulalia d´Erill, con reproducción del grupo escultóricoque representaba el Descendimiento de la Cruz.

Sería imposible aquí reflejar lo que representa el conjunto de los nueve monumentos Patrimonio de la Humanidad, pero aunque las mencionadas son las más notables, el conjunto se merece un recorrido completo con las indicaciones del Románico del Val en la mano. En cada una de las iglesias encontraréis una persona que conoce su trabajo y facilita la experiencia. La visita es apropiada para todas las edades y con un poco de imaginación, los maravillosos pueblos de la Val de Boí –desde Barruera cabeza del valle y centro de compras, a Taüll- con sus cuidadas calles empedradas, sus tejados de pizarra, sus sonidos de arroyos y ríos por cada esquina, le transportan a uno a los lugares hechizados de los cuentos centroeuropeos, pero sin cruzar los Pirineos.

Si además eres capaz de visualizar en cada iglesia a aquellos artistas aún anónimos ayudados por la belleza, la luz y las sombras de estas tierras donde hace diez siglos se levantaron esas maravillas que estás pisando, habrás entrado en una parte del secreto del románico de Boí Taüll.

La imagen de la naturaleza del valle compite en belleza con las torres románicas.

Para completar la jornada

La comida en Ca Pepa:La Pepa era la hippie de la Vall de Boí hace años. Así la definen sus vecinos, que hablan de ella con enorme cariño. “Iba por las fiestas vendiendo crepes buenísimas y ahí está ahora. Regente una buena casa de comidas, con las famosas crepes y muchos más. Ha sacado adelante a sus tres hijos. Comeréis bien allí”, recomienda uno de los abuelos del Vall, en Barruera.

El aperitivo en Ca La Pepa, un lugar frecuentado por los lugareños donde los turistas son bien tratados.

Y es cierto. En Ca La Pepa se come más que dignamente, con menú y sin menú. Nada más entrar te das cuenta de que allí acuden quienes conocen el valle y es asequible a todos los bolsillos.

La sopa de pastor con hierbas, unas crepes saladas rellenas y una hamburguesa de carne ecológica sacian el hambre del más pintado, ya venga de hacer senderismo o recorrerse las rutas de las iglesias románicas. Cuando te levantas de la mesa, ya estas listo para volver a empezar otra ruta, aunque solo sea por hacer la digestión.

Las crepes de Ca La Pepa, famosas en todo el valle, da igual sean dulces que saladas

La cena en El Casós. Para la noche o un día de nieve y frío, pasar por El Casós –no equivocarse y minusvalorar aunque ponga pizzería- es un acierto. Pero si además es temporada de setas y Juan, el dueño, –Juanito para Toni González, L´Avi de los guías de Taüll- ha salido a buscarlas, el éxito está más que asegurado. Este hombre “que está bien reforzao”, dice su amigo Toni, es la autoridad de la zona en cuanto a micología se refiere. Y no digamos si caes por allí en otoño.

Costillas a la piedra en el Casós, con las setas de Joan

Pero el resto del año su casa -con parte exterior- también es un lugar para comer con ganas. Llegó hace años para hacer unas pizzas y allí se ha quedado. En la actualidad, además de las pizzas y la carne de ternera a la piedra –ecológica como en toda la zona – sus chuletas de cordero y por supuesto, las verduras y sus setas, son un lujo.

Eso sí, el lugar no es grande así que conviene reservar si uno quiere estar cerca de la magnífica chimenea en un día o una noche de nieve, mientras observas las monedas que se han ido colando entre las rendijas de las paredes de piedra y esperas las costillas de lechal o el chuletón de ternera sobre la piedra. Pregunta por la historia de las monedas. Tienen un buen destino.

 En la despedida, el modesto y enamorado, Joan que solo tuvo tiempo para hacer tres pisos y se quedó sin ver a su amada.

Fecha de actualización: 9 de marzo de 2017

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