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Las andanzas de Unamuno en la isla majorera

Fuerteventura 'la guapa'

Miguel de Unamuno fue el primero que llamó "guapa" a Fuerteventura, el primero que encontró belleza en una isla que hasta entonces era considerada un territorio desértico y sin encanto. En los cuatro meses que estuvo exiliado colocó a la ínsula en el mapa cultural hablando de ella como nunca antes se había hecho: con pura admiración.


Texto: SUSANA PINTOS

Entre Unamuno y Fuerteventura surgió una historia de amor, de esos  amores que vienen sin buscarlos, un regalo inesperado que le cambió la vida. En esos cuatro meses de exilio rompió moldes con sus costumbres e impuso modas, le gustaba ir sin sombrero y a veces en alpargatas, fue el primer nudista de la isla, y acuñó el neologismo de ‘fuerteventuroso’. Tampoco se privó de saltar a la comba con las niñas en la playa mientras recitaba la tabla de multiplicar, una escena que Miguel Manchón no quiso incluir en su película La isla del viento, -la única que se ha realizado sobre la estancia del filósofo en Fuerteventura-, por miedo a que la gente no se lo creyera.

Unamuno en FuerteventuraLa supuesta llegada de Unamuno a Fuerteventura, según la película 'La isla del viento'. Foto: Facebook

En aquel 28 de febrero de 1924 llegan al Hotel Fuerteventura dos ilustres viajeros: el ex rector de la Universidad de Salamanca, Miguel de Unamuno, y el ex diputado republicano Rodrigo Soriano. El escritor llegó con dos trajes y tres libros: el Antiguo Testamento, La Divina Comedia y los Cantos de Leopardi. Hoy, el antiguo Hotel Fuerteventura alberga la Casa Museo de Unamuno en la capital majorera.

“Unamuno fue una figura internacional, y por su propia personalidad era muy conocido, lo que hoy llamaríamos muy mediático”, cuenta Loren Castañeyra, sobrino nieto de Ramón Castañeyra Schamann, el benefactor del escritor en la isla. Es más “si hubiera vivido en el siglo XXI tendría montones de seguidores en las redes sociales”.  

Unamuno en FuerteventuraMiguel de Unamuno y su familia en Salamanca. Foto: Casa Museo Unamuno de la Universidad de Salamanca

Su estancia en la isla y su convivencia con los majoreros marcó un antes y un después en la vida cultural y social de Fuerteventura, comenta Loren. “Fue el primero que encontró belleza en este esqueleto de isla, y el primero que la situó en el circuito cultural mundial. De comida ligera, se adaptó muy bien a la dieta isleña, le gustaba el queso, el gofio y las cabrillas, era muy austero, en aquella época cobraba poco, y cuando le destierran a la isla le dejaron sin sueldo y en Salamanca tenía a su mujer, Concha Lizárraga, y a sus ocho hijos”. 

Actualmente, estos alimentos siguen siendo básicos en la alimentación canaria. Aquí se pueden conseguir en el Mercado de la Biosfera que abre todos los sábados por la mañana en Puerto del Rosario, donde se pueden encontrar productos artesanales de primera calidad como las distintas variedades de quesos, gofio del molino de La Asomada, aceite de oliva, pescados frescos y carne del país. Si nos apetece degustar un buen pescado fresco de confianza podemos ir al ‘El Cangrejo colorao’, en el barrio del Charco; y si preferimos una comida más elaborada una buena opción es acudir a ‘La despensa de María’.

Unamuno en FuerteventuraEscultura en bronce a la entrada de la Casa Museo de Unamuno, en Puerto del Rosario. Foto: Agefotostock

A la entrada de la Casa Museo de Unamuno en la antigua Puerto Cabras, hoy Puerto del Rosario, nos saluda una escultura del filósofo casi a tamaño natural en bronce, original de Emiliano Hernández. Nada más traspasar el zaguán de baldosines gastados, nos sentimos transportados a las maneras de vivir del siglo XIX.

Su lucha espiritual

Nos acompaña en el recorrido Loren quien formó parte del equipo que ambientó la Casa Museo. De una sola planta, la construcción es un clásico de la arquitectura doméstica burguesa de los años 20’, con sus pasillos y arcos, azulejos decorados en el suelo, madera de tea en los techos, habitaciones a los lados, patio central, aljibe interior y azotea. 

Unamuno en FuerteventuraLoren Castañeyra, sobrino nieto de Ramón Castañeyra, amigo de Unamuno. Foto: Charo Barea

La primera habitación con la que nos encontramos es la salita, que aún conserva sus cuadros originales, cortinajes, aparato de música antiguo con cuerno de metal, reloj, y muebles de estilo alfonsino e isabelino como se usaban en aquella época.

De esta salita se pasa al dormitorio, sencillo y austero en el que encontramos la  cama de madera de un cuerpo tocada con colcha de encaje, y a los pies orinal y maletín. Observamos un Cristo en la cabecera, testigo de su lucha entre el deseo de creer y su falta de fe. Las relaciones de don Miguel con la Iglesia “no eran muy cordiales”, resalta Loren. A pesar de todo “mantuvo una buena amistad con el párroco de Puerto Cabras, don Víctor San Martín, quien era un asiduo de las tertulias en casa de mi tío abuelo”.

Unamuno en FuerteventuraDetalle de un rincón en la salita de la Casa Museo. Foto: Charo Barea

Ya en el despacho se siente la presencia de Unamuno, parece que va a aparecer de un momento a otro para sentarse en la mesa que le había regalado su amigo Ramón y ponerse a escribir junto al teléfono candelero. A Unamuno no le gustaba nada perder el tiempo, pero cuando su imaginación se ponía demasiado calenturienta hacía solitarios para adormecerla o pajaritas de papel, un símbolo adoptado por su familia en Salamanca. En el despacho, aún se conserva en una urna de cristal un broche de solapa con una pequeña pajarita de oro.

En su mesa de trabajo se adivinan las horas que allí pasó don Miguel transformando sentimientos en palabras, puro reflejo de su vida íntima en el destierro, apasionadas confesiones para encontrar un por qué a la existencia humana. Como escribió el 2 de mayo desde el destierro en el periódico madrileño Nuevo Mundo: “A esta afortunada isla de Fuerteventura, de clima admirable, qué sanatorio, en mi vida he digerido mejor mis íntimas inquietudes, estoy digiriendo el gofio de la historia”.

Un bálsamo para el alma

En esta casa pasó Unamuno una parte de su exilio, aquí tomó el sol en la azotea como Dios le trajo al mundo mientras escribía algún soneto, pero esta costumbre les pareció indecente a algunos vecinos que se quejaron a su posadero, Francisco Medina, para que llamara la atención a don Miguel. El escritor respondió de forma tajante: “Yo no los miro a ellos. Que no me miren ellos a mí”.

Unamuno en FuerteventuraEn el despacho se conserva la mesa auténtica sobre la que Unamuno escribió durante su exilio. Foto: José Mesa (Flickr | CC)

Las disputas con Soriano, su compañero de fatigas y ex político republicano, se fueron agriando cada vez más, recuerda Loren, hasta que Unamuno aceptó la hospitalidad que le brindó Ramón Castañeyra, casi 25 años más joven que él, y sin embargo se hicieron amigos inseparables. En casa de Ramón se celebraban las famosas tertulias que intentaron sacudir la conciencia de los majoreros. En ellas se hablaba de política, se comentaba los acontecimientos que pasaban en la isla, y se leían los periódicos que siempre llegaban una semana más tarde. De esta casa solamente se conserva el recuerdo y las fotos antiguas de muchos de los asistentes a las tertulias. En su lugar se alza un edificio de viviendas al haber estado situada en plena zona céntrica de la capital. 

En la isla, Unamuno encontró un bálsamo para su alma. Le gustaba salir a pescar en la barquilla de Hormiga, un joven pescador de la isla del que se hizo amigo, ir de excursión por otros pueblos, o dar paseos hasta Playa Blanca y sentarse a conversar con la mar en una roca hoy desaparecida. Unamuno confiesa que en Fuerteventura conoció la mar, a pesar de ser de Bilbao, y es aquí, “donde he llegado a una comunión mística con ella, donde he sorbido su alma y su doctrina”. 

Unamuno en FuerteventuraDetalle de los escritos que se muestran sobre la mesa que usó Unamuno. Foto: Charo Barea

Playa Blanca está a pocos kilómetros de la capital majorera, en dirección al aeropuerto por la FV2. Es una magnífica playa en la que actualmente se practican deportes acuáticos todo el año como surf, windsurf, paddle surf y otras actividades deportivas.  Es el sitio de recreo para quienes viven en Puerto del Rosario y sus alrededores.

De paseo por la isla

Al escritor le gustaba ir de excursión como descanso y relax. Loren Castañeyra apunta que “Unamuno era una persona curiosa para todo, de mirada penetrante, intentando captar la esencia de los lugares que visitó como Tindaya, Betancuria, Antigua y Pájara”. Por lo general viajaba en coche, aunque también hizo sus pinitos en camello y en burro.

Unamuno en FuerteventuraEscultura del escritor en Montaña Quemada (Tinada). Foto: José Mesa (Flickr | CC)

Aún hoy podemos visitar uno de los lugares que, según asegura Loren, le llamó mucho la atención al filósofo: las ruinas del Convento de los Franciscanos, primer convento que se construyó en Canarias allá por 1416, muy cerca de Betancuria. Las mismas que don Miguel visitó con sus buenos amigos  Mr. Flinch y Ramón. 

Para ir a Betancuria desde Puerto del Rosario cogemos la FV20, y al llegar al cruce de Almácigo, cambiamos a la FV30 para continuar por una carretera en la que las montañas con forma de cuerpo de mujer nos enseñan sin pudor su desnudez. Conforme nos vamos acercando a la Villa, enclavada y protegida en un valle, el paisaje va perdiendo su aridez, palmeras y pino canario alegran la vista con notas de verde. En el casco histórico de la antigua capital de la isla, empedrado y auténtico, podemos visitar la iglesia de Santa María de Betancuria, los museos arqueológico y de arte sacro, y ya a unos 9 kilómetros, el mirador de Morro Velosa, obra de César Manrique que, como un periscopio, nos enseña el corazón de la isla.

Unamuno por FuerteventuraEl encanto de la isla brilla en la iglesia y la plaza de Betancuria. Foto: Shutterstock

Por la misma carretera, poco después nos encontramos con el mirador de Guize y Ayose, un paisaje estremecedor dominado por unas esculturas en bronce de más de cuatro metros de altura que recuerdan a los antiguos reyes mahos.

Los parajes volcánicos de Montaña Quemada, casi pegados al pueblo de Tindaya, al norte de la isla, fascinaron de tal manera a Unamuno que llegó a decir que “si moría en la isla era aquí donde quería ser enterrado”, recuerda Loren. En 1980 y en memoria de don Miguel se inauguró una escultura como homenaje de los majoreros a su “padre intelectual”.

Unamuno en FuerteventuraA Unamuno le gustaba leer tumbado. Foto: Casa Museo Unamuno de la Universidad de Salamanca

Antes de salir de Puerto del Rosario y ponernos a recorrer estos últimos lugares mencionados, podemos aligerar la intensidad de la vida de Unamuno yendo a comer a ‘Casa Toño’, tres calles más allá de la Casa Museo caminando por Primero de Mayo.

Unamuno en FuerteventuraPlaya Blanca, una de los lugares que visitaba el intelectual. Foto: Shutterstock

La marcha de la isla del intelectual rumbo a París el 9 de julio de 1924, supuso una profunda conmoción tanto para el filósofo como para la sociedad majorera. Confiesa Unamuno: “Dejé esa roca llorando”. Desde la capital francesa donde escribió el libro de poemas De Fuerteventura a París, el intelectual no dejó de mantener correspondencia con su buen amigo Ramón durante 12 años. Y esto le escribió: “Fuerteventura me ha acompañado a París, es aquí en París donde he digerido a Fuerteventura y con ella lo más íntimo, lo más entrañado de España, que la bendita isla fuerteventurosa simboliza y concreta… solo me resta enviarle desde y a través del Atlántico un largo y ancho abrazo y abrazar en usted a todos mis amigos”.

Fecha de actualización: 4 de diciembre de 2017

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