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Solo hay que comenzar a ascender la carretera sinuosa que conduce hasta la Sierra de Córdoba, unos 20 minutos, para avistar, casi desde el primer momento, la ciudad a tus pies. La ruta circular de los Baños de Popea- Arroyo Bejarano es una excursión perfecta para hacerla en familia. Sin dificultad técnica y con una duración aproximada de cuatro horas, permite disfrutar sin prisas de enclaves naturales que le han valido ser elegida una de las rutas naturales más bellas de España. Esta excursión lo tiene todo: belleza, historia, facilidad y ese punto de aventura que la convierte en un plan perfecto para hacer en familia.
El sendero, siempre vivo, alterna tramos de bosque frondoso con pequeñas pasarelas, raíces que emergen como esculturas naturales y claros donde el sol se filtra con suavidad. Y aunque los niños y el perro aún van dormidos en el coche mientras llegamos al punto de partida, nos cruzamos con varios grupos de ciclistas que ascienden la pendiente como si nada, en esta cristalina mañana de primavera.
Hemos madrugado para llegar con los primeros rayos de sol y la recompensa no se hace esperar. Tras dejar el coche en el aparcamiento situado al comienzo de la localidad, junto a la Virgen de Santa María de Trassierra, encuentras las primeras señalizaciones de la ruta para completar los principales hitos: la desembocadura del arroyo Bejarano, los Baños de Popea, las minas romanas, el Molino del Martinete, el Rincón del Duende y la Fuente del Elefante, y un encantador restaurante, La Chimenea, donde desayunar churros, o almorzar en su terraza, a la vuelta.
Al inicio de la ruta transitamos un carril mixto de vehículos y senderistas que, en menos de 5 minutos, se transforma. Los sonidos de la naturaleza toman el protagonismo y sustituyen a los de la ciudad: el murmullo del arroyo, el canto de las aves y la presencia de enormes troncos de pinos invitan a detenerse y respirar profundamente. El camino se convierte en un pequeño universo para los niños. Cada elemento despierta su curiosidad: –Saber la edad de estos árboles es muy fácil– le contamos a los niños. –Solo hay que enumerar los anillos con los que cuentan porque cada uno es un año, y los anillos más gruesos se corresponden con los años más lluviosos…
Después de contar casi un centenar de años en estos troncos espectaculares sobre los que los niños saltan un rato, nos encontramos con nuevas señalizaciones que marcan una bifurcación: la desembocadura del Arroyo Bejarano, en el río Guadiato (afluente del Guadalquivir), está ya cerca, a solo dos kilómetros. Pero antes disfrutaremos de la preciosa estampa de los conocidos como Baños de Popea –habrá que bajar una pequeña pendiente entre ramas que a los niños les resulta otra aventura–, para poder disfrutar realmente de la estampa de las cascadas y la poza.
El nombre de este enclave tiene una historia tan curiosa como evocadora. Se remonta a mediados del siglo XX, cuando los poetas del Grupo Cántico encontraban en este lugar un refugio discreto de la mirada del Franquismo. Cuenta la tradición que, al ver a unas jóvenes bañándose en el arroyo, uno de ellos comparó la escena con la emperatriz romana Popea Sabina en su baño, en alusión a una conocida escena cinematográfica de la época (El signo de la cruz, 1932), en la que la actriz Claudette Colbert aparecía bañándose en leche de burra. Desde entonces, el lugar quedó bautizado como los Baños de Popea, sumando un toque literario y casi cinematográfico a su belleza natural ya que las chicas comentaron este hecho a los vecinos del pueblo de Trassierra y desde entonces la historia se expandió y comenzó a conocerse así.
Y es que en realidad, esta escenográfica Reserva Natural Fluvial, ofrece una estampa en la que la naturaleza muestra toda su riqueza. Hay yedras enormes que reptan por el tronco de los árboles, lianas de varios centímetros de grosor, troncos cubiertos por curiosos musgos y formas de los más extrañas. El sendero está salpicado de gruesas raíces de árboles que se muestran, a ratos. Aquí, una se siente integrada, casi como un elemento más de ese ecosistema vivo. Un cartel lo resume con acierto: “Tú formas parte del paisaje, no desentones”.
Los niños no paran de decir lo divertido que les parece todo. Mientras seguirnos el curso del río, cruzamos pequeños puentes de madera, saltamos entre rocas o caminamos paralelos al Bejarano caminando ahora sobre una arena pulida por el agua que nos indica que la crecida del río durante las últimas lluvias dejó todos estos sedimentos.
Y así rodeados de todas estas formas y texturas maravillosas que despiertan su imaginación, seguimos hacia el siguiente punto que debemos encontrar en nuestra ruta: las antiguas minas romanas. Este tramo introduce una dimensión histórica fascinante. Desde tiempos prehistóricos, esta zona de Sierra Morena fue rica en minerales como cobre, plomo y plata. Durante la época romana, estos recursos se explotaban y transportaban a través del río Guadalquivir hasta Cádiz, desde donde partían hacia Roma. Hoy, los restos de estas minas permiten imaginar ese pasado industrial en plena naturaleza.
"¡Estamos dentro de una boca!", dice la más pequeña, metida dentro de la cueva de la mina. Las bocas de las minas, parcialmente accesibles, convierte la experiencia en algo memorable. Hay algo casi mágico en estos espacios, como si la tierra respirara y guardara secretos de siglos.Desde las minas, el sendero asciende hacia el Molino del Martinete. Este tramo requiere algo más de atención (o un buen Google Maps activado para la ocasión), ya que el camino se vuelve menos evidente, pero forma parte del encanto de la ruta. Rodeados de flores silvestres y mariposas de colores, encontramos finalmente este antiguo molino de origen posiblemente islámico. Su historia, ligada al trabajo del cobre, añade otra capa de significado al recorrido. Aunque hoy quedan solo vestigios, es fácil imaginar la actividad que un día llenó este lugar.
El camino regresa después al arroyo, donde encontramos rincones perfectos para hacer una pausa. Es el momento ideal para un picnic, rodeados de naturaleza y compartiendo el espacio con otras familias y senderistas. La biodiversidad de la zona es extraordinaria: aves de todo tipo, pequeños mamíferos y una vegetación que cambia a cada paso. Es un lugar que invita a observar con calma, a escuchar y a aprender.
De nuevo en marcha, el sendero nos lleva por el llamado Rincón del Duende, un tramo especialmente evocador donde la vegetación y la luz crean una atmósfera casi mágica. Más adelante, el paisaje cambia de nuevo y se abre hacia una dehesa de encinas centenarias. Este contraste enriquece aún más la ruta, mostrando la diversidad de ecosistemas que conviven en la sierra.
Antes de finalizar la ruta circular, decidimos almorzar, porque el último punto, la Fuente del Elefante, que queremos visitar no se encuentra en la propia ruta e iremos hasta él dando un paseo. Su nombre proviene de una escultura de piedra de época califal que ocupaba el pedestal sobre el que hoy seguirás encontrando la figura de un pequeño elefante, una réplica de la que existió y cuyo original se encuentra en el Palacio Episcopal de Córdoba, antiguo Alcázar Califal. Este elefante formaba parte del palacio de recreo de Abderramán III. De hecho, la técnica analítica del carbono 14 (C14) lo data entre los años 982-1193.De sus colmillos manaba el agua, y hoy, más de 1.000 años después, en este surtidor califal sigue manando el agua de esta sierra, fluyendo por un antiguo acueducto romano, Valdepuentes, que abasteció no solo a la Colonia Patricia Corduba, también a la ciudad de Medina Azahara.
La leyenda que acompaña a este lugar añade un toque final lleno de magia. Cuenta que, tras la llegada de elefantes a la península en tiempos antiguos, el arquitecto de Medina Azahara, siendo niño oyó a un ermitaño de la Sierra que al no saber qué hacer los romanos con los elefantes que dejaron los ejércitos cartaginenses en su huida (puesto que no les cabían en sus caballerizas), los subieron a pastar a la sierra. Tras una fuerte sequía, el más viejo de estos elefantes golpeó con su pata en el actual sitio e hizo brotar el agua.
Cuando el alarife se hizo cargo de la construcción de Medina Azahara, subió un día a la sierra a la búsqueda de nuevos materiales, y se enteró de la muerte del ermitaño en el lugar cercano a la fuente. Así que mandó construir el elefante a uno de los escultores y lo colocó en el lugar donde actualmente se halla, en memoria de aquel ermitaño.
Después de hacernos fotos y disfrutar del paisaje de la dehesa, habíamos completado la ruta con la sensación de haber vivido mucho más que una simple excursión. Un viaje a través del paisaje, del tiempo y de la imaginación. Un recorrido donde cada rincón y el murmullo del agua cuenta una historia de pueblos que se entrelazan, una red, donde todos dejamos huella.
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