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Vistas de la reserva del Valle del Tajuña.

Ruta por Abánades y el Valle del Tajuña (Guadalajara)

Tesoros perdidos de los meandros del Tajuña

Actualizado: 21/04/2026

Fotografía: Miguel Cuesta

Dicen que hasta los patos han dejado de pasar por aquí, pero seguramente es que ya no hay quien los mire. En el Valle del Tajuña, una de las regiones más castigadas por el éxodo rural, las ruinas de caserones y parideras son una constante. Pero todavía hay a qué aferrarse: una ermita que sobrevivió a la inundación de un pantano, un museo sobre una batalla olvidada y un hotel rural con spa en un establo son el triángulo que sustenta esta escapada para desconectar de verdad.

Estamos en el corazón de la provincia de Guadalajara, sobre un altiplano a más de mil metros de altitud. Aquí el Tajuña todavía tiene un curso joven, que se retuerce haciendo meandros exagerados y esculpiendo hoces, aunque tras la construcción del embalse de La Tajera han quedado parcialmente fosilizados. Entre el pueblo de Abánades y la presa se extiende la reserva natural del Valle del Tajuña en Torrecuadrada, un paraje ignoto, ideal para recorrer en bici o a pie, pero también en coche.

Parapetos construidos por el ejército sublevado en el cerro del Castillo de Abánades.
Parapetos construidos por el ejército sublevado en el cerro del Castillo de Abánades.

Su mejor postal es la ermita de Nuestra Señora de Aranz sacando la cabeza entre las aguas del embalse. Según la tradición, este templo románico del siglo XIII situado en una península formaba parte de un asentamiento de colonos vascos que llegaron en el siglo XII para repoblar la zona tras la Reconquista. La forma más fácil de ver la ermita es conduciendo hasta la presa de La Tajera desde El Sotillo, pero ahí se ven los toros desde la barrera y valdría la pena aventurarse por las pistas y senderos que cosen la reserva para verla de cerca.

El embalse es relativamente joven: se inauguró en 1993 y no se llenó hasta 2003, aunque el proyecto se venía fraguando desde mucho antes. A pesar de los imponentes 62 metros de altura de su presa de bóveda, afortunadamente no se anegó ningún pueblo. Sí quedaron sepultadas las tierras agrícolas de las vegas del Tajuña, que se empezaron a expropiar en la década de 1960, dando la puntilla al proceso de despoblación de las localidades de alrededor. Ahora, en este paraje donde reina el más absoluto silencio, sorprende la gran cantidad de ruinas que se ven junto a los caminos y que revelan que este desierto demográfico antes bullía.

Ruinas de parideras y caserones en el páramo alcarreño sobre el valle del Tajuña.
Ruinas de parideras y caserones en el páramo alcarreño sobre el valle del Tajuña.

La carretera rural que une El Sotillo con Torrecuadrada de los Valles y Abánades discurre por el páramo alcarreño. Desde ella, varias pistas forestales se adentran hacia la hoz pasando por quejigares, encinares y sabinares, por los que no sería raro ver corzos y rapaces. Saliendo de El Sotillo, a 1 kilómetro del desvío hacia Torrecuadrada, a mano derecha sale una pista forestal en buen estado que, tras unos 5 kilómetros, nos deja a tiro de piedra de la ermita de Nuestra Señora de Aranz; los últimos 700 metros es mejor hacerlos a pie o con 4x4.

Otra pista interesante sale desde Torrecuadrada de los Valles hacia la ermita de Nuestra Señora de las Cuevas. No está en tan buen estado, pero se puede transitar en coche con cuidado. Al cabo de unos 3 kilómetros de llano, desciende hasta un viaducto que permite cruzar el embalse, lo que abre la posibilidad de llegar a la presa desde su lado suroriental. Además de un rincón idílico, es la llave ciclista para trazar circuitos épicos. Hay rumores de que este rincón se podría convertir en un resort para madrileños en busca de paz.

Galería de la Iglesia de San Pedro de Abánades.
Galería de la Iglesia de San Pedro de Abánades.

Río arriba, el embalse se va estrechando, encajonándose en escarpes y, poco a poco, a medida que tomamos altura, se empieza a escuchar el agua corriendo libre. La parte alta de la reserva natural es un hábitat notable para la nutria, el martín pescador, el mirlo acuático y varias rapaces rupícolas como el águila real, el alimoche y el halcón peregrino. El último de los grandes meandros del Tajuña lo encontramos rodeando la remota localidad de Abánades y su panorámico cerro del Castillo.

A mitad de la ladera, destaca la iglesia de San Pedro, un templo románico rural datado entre finales del siglo XII y el primer cuarto del XIII. Presenta una galería porticada con arquerías de medio punto, capiteles vegetales y una pila bautismal monumental de unos 120 centímetros de diámetro y 70 centímetros de altura. A su lado nace un sendero que sube hasta esta cumbre con vistas privilegiadas en la que, no en vano, se han descubierto más de 300 metros de trincheras, parapetos, fortines y abrigos levantados por los sublevados durante la Guerra Civil.

Detalle de los capiteles de la Iglesia de San Pedro de Abánades.
Detalle de los capiteles de la Iglesia de San Pedro de Abánades.
Arcada y pila bautismal de la Iglesia de San Pedro de Abánades.
Monumental pila bautismal de la Iglesia de San Pedro de Abánades.

La Batalla Olvidada es el nombre con el que se conoce a uno de los episodios más desconocidos de nuestra última gran guerra, acontecido en los alrededores de Abánades. El museo municipal, a los pies del cerro, expone abundante material bélico encontrado en la zona. Su calidad y cantidad ilustran que aquí se invirtieron recursos importantes durante la primavera de 1938, cuando el ejército republicano lanzó una ofensiva inútil para aliviar presión en el frente de Aragón. Tras la batalla se contabilizaron cerca de 8.000 bajas entre muertos y heridos, pero, como a casi todo aquí, apenas nadie le presta atención.

Fachada del Hotel Rural & Spa Los Ánades.
Fachada del Hotel Rural & Spa Los Ánades.

En la tónica general del olvido, tampoco hay una explicación clara sobre la etimología de Abánades. Lo más plausible es que aquellos repobladores vascos bautizaran este viejo asentamiento haciendo referencia a sus aguas abundantes. Hay una teoría menos sólida, pero que gusta más, que relaciona el topónimo con los ánades, o sea, patos que hacían parada en este vergel durante su ruta migratoria. Por eso se llama así el Hotel Rural & Spa Los Ánades, y por eso está decorado con pinturas murales que evocan humedales con aves acuáticas, realizadas por estudiantes de Bellas Artes de la Universidad Autónoma de Madrid.

Para tomarse un respiro

Para más de uno, este hotel termina siendo la gran sorpresa del valle del Tajuña, por encima de templos románicos y batallas. Pero no por disrupción. De hecho, el complejo no es que se integre en el paisaje, es que lo hace hasta en el tiempo. La piedra, las vigas de madera vieja, las puertas con forja tradicional, las llaves de luz, las lámparas, los doseles… si uno anda un poco despistado, podría creerse que acaba de entrar en una posada centenaria, de esas que había cuando el valle era un trasiego. Pero no: casi todo lo que vemos se hizo ex profeso para su inauguración en 2014.

Sala del restaurante del Hotel Rural & Spa Los Ánades.
Restaurante del Hotel Rural & Spa Los Ánades.

La única parte histórica es una cuadra en la que el ganado y el pienso han dejado espacio a un jacuzzi, una sauna térmica, un baño turco, tumbonas de cerámica calefactadas, balancines de madera y servicio de masajista: un spa que se cuelga el apellido de "rural" con todas las de la ley. Es la joya de la corona, pero el pilar del negocio seguramente sea el restaurante, otro oasis abierto a diario para comidas y cenas. Los platos, finos pero de sabores contundentes, son como una prolongación de los materiales nobles del hotel, y los desayunos son para empezar el día con fuerza… o para volverse a echar a dormir. Están muy acostumbrados a recibir eventos y celebraciones y, con la experiencia acumulada,, ahora organizan experiencias relacionadas con la lavanda y su famosa floración alcarreña durante el verano.

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