La Rioja Alta rezuma historia, tradiciones, monumentalidad y eterno culto al vino
Descubre esta ruta que te llevará por los paisajes de La Rioja donde nacen los famosos vinos de esta tierra. Una escapada llena de rincones con encanto por visitar.
La importancia vinícola de Haro, ciudad de la que parte la ruta, deriva de la instalación en esta localidad, hace ya más de cien años, de bodegas que han cimentado el prestigio universal del vino de Rioja. Su propio casco urbano corresponde al de una población rica, con edificios señoriales y una cierta sensación de vida confortable, pausada, que se respira en sus avenidas, en su plaza porticada…
Al ser una población de dimensiones modestas -apenas unos 12.000 habitantes-, conviene recorrerla a pie y sin prisas. Así se podrán descubrir monumentos tan coquetos como el edificio barroco del Banco de España, el convento de los Agustinos -hoy hotel- o el torreón medieval, recientemente restaurado y convertido en Museo de Arte Contemporáneo.
Si la vida cotidiana de Haro discurre en torno a la plaza de la Paz, presidida por el Ayuntamiento, la vida religiosa se organiza alrededor de la basílica de la Virgen de la Vega, un enorme templo barroco, situado entre jardines, construido para venerar la imagen gótica de la patrona.
Antes de continuar la ruta hacia Briñas por la N-232, conviene dirigirse al barrio de La Estación, donde están las bodegas históricas. Aunque en estas tierras la viña ha sido cultivada desde tiempos remotos, el verdadero impulso al vino de Rioja llegó a mediados del siglo XIX, cuando se importaron las técnicas francesas para el tratamiento de la vid y de la uva.
Algunas bodegas jarreras mantienen viva esa tradición, lo que se advierte incluso en su arquitectura. Así sucede, por ejemplo, con López Heredia, cuya torrecita en madera se ha convertido en uno de los emblemas de Haro. Aunque se mantiene la bodega original, de estilo modernista, se puede admirar también una nueva construcción en acero y cristal que se añade al edificio original como un inesperado remate contemporáneo. La obra lleva la firma de la arquitecta iraní Zaha Hadid, una de las más reputadas del mundo, y es una muestra de la nueva arquitectura aplicada a la vieja industria del vino.
Tras recorrer las callejas del barrio de La Estación, donde se pueden visitar algunas de las bodegas más clásicas, se va hasta Briñas. La ruta sigue por la A-124 siguiendo la orilla izquierda del Ebro, para recorrer los tres únicos municipios de La Rioja que se asientan en esta margen del río: Briñas, San Vicente de la Sonsierra y Ábalos. Son municipios monumentales, volcados en el negocio del vino. En Briñas, primera parada de la ruta, asombran las dimensiones de su iglesia, Nuestra Señora de la Asunción (siglo XVI).
Lo que más sorprende es la escalinata monumental que conduce al templo, que se alza sobre un pequeño promontorio. Para salvar esa subida, el arquitecto planeó una escalera corta, pero hermosa y ancha, que enlaza la iglesia con el pueblo. Si se aplica el oído y no hay mucho bullicio, se podrá incluso escuchar el rumor de las aguas del Ebro. El río, que ya en estas tierras transporta un caudal considerable, discurre junto al pueblo, hasta el punto de que la plaza Arambarri acaba en un embarcadero donde juguetean los patos.
Desde Briñas hasta Ábalos, la A-124 ofrece un espectáculo singular: a la derecha, el Ebro baja mansamente; a la izquierda, los viñedos se cuelgan de las laderas y alegran un paisaje pedregoso. La carretera enlaza Briñas con Ábalos, que son pueblos riojanos, cruzando por Labastida, un municipio alavés.
Más allá de fronteras autonómicas, todas estas localidades están unidas no sólo por la vid sino también por su exclusiva denominación, al ser la única Denominación de Origen de Calidad reconocida como tal por el Ministerio de Medio Ambiente, Medio Rural y Marino. En Ábalos merece la pena perderse entre sus callejas para llegar a la iglesia de San Esteban Protomártir y admirar su pórtico, muy original, quizá el mejor de todo el renacimiento riojano.
Un gran trébol dibujado en piedra cobija la figura del Santo Cristo, con dos fieles orando a sus pies. Ábalos es un pueblo sorprendente. La sucesión de palacios y casonas es continua y, si no fuera por los tractores o las furgonetas, parecería el decorado de una película de época. Para ir a San Vicente de la Sonsierra se puede tomar el desvío que desde Ábalos conduce a Baños de Ebro, la LR-319 y luego la LR-318. Antes de llegar a este municipio, un nuevo ramal de la LR-318 lleva a San Vicente.
La calzada es estrecha, lo cual, en este caso, supone una indudable ventaja, porque facilita la inmersión en el corazón de las tierras del vino de Rioja. La carretera va serpenteando entre viñedos los pueblos que se esconden detrás de las colinas y dos imponentes y solitarios castillos medievales -Davalillo y San Vicente- dominan el paisaje. Sólo las vides, pequeñas, gruesas y retorcidas, se alinean a ambos lados, vigiladas por los guardaviñas o chozos.
Estas construcciones, típicas de la arquitectura popular riojana, cónicas y hechas de piedra, eran utilizadas por los agricultores para guardar sus aperos o protegerse de las tormentas repentinas.
Al acercarse a San Vicente, una sucesión de cuestas conducen al castillo medieval, con su iglesia adosada, que preside todo el valle. La fortaleza está en ruinas, pero sus restos dan testimonio de su magnitud y recuerdan al viajero que estas tierras, hoy muy apacibles y pacíficas, fueron en la Edad Media el escenario de batallas y escarceos entre Castilla, Navarra y Aragón.
El Ebro, que en esta zona se retuerce en continuos meandros, da un brusco giro al llegar a San Vicente, cuyo puente románico, muy bien conservado y en uso hasta hace muy pocos años, conduce a Briones por la LR-210. En un altozano, esta villa medieval parece partida en dos: abajo, las bodegas y los almacenes agrícolas animan un continuo tráfico de tractores y camiones; arriba, el tiempo parece detenerse a medida que se llega a la Plaza Mayor.
La iglesia monumental, con un órgano bellísimo, los restos porticados de un convento, el palacete barroco del Ayuntamiento y la casa más antigua de la región delimitan los contornos de una plaza irregular y hermosa, auténtico corazón de un pueblo lleno de edificios nobles en el que todavía se respira la historia.
Denominación de Origen Calificada (D.O.Ca)
Las tierras de la Rioja Alta tienen condiciones óptimas para el cultivo de la vid: la sierra de Cantabria protege el Valle del Ebro de los vientos del norte y el clima es mucho más suave que el de las provincias que la rodean. Por eso, y por la calidad del suelo, el cultivo de la vid ha estado siempre presente en la región.
El auténtico impulso a la Rioja llegó a mediados del siglo XIX, cuando algunos propietarios importaron las técnicas enológicas francesas, respetando las variedades autóctonas de uva: tempranillo, garnacha, mazuelo, y graciano y, en blancas, predonomina la viura. Las bodegas cambiaron así para siempre la manera de hacer vino, el único que obtiene la Denominación de Origen Calificada.
Fundación española de nutrición
El vino contiene 12,5 gr. de alcohol por cada 100 ml. Un consumo moderado puede ser beneficioso, ya que contiene polifenoles que ayudan a prevenir enfermedades cardiovasculares y ciertos tipos de cáncer gracias a sus propiedades antioxidantes.
PRODUCTOS DE LA ZONA
La gastronomía riojana se asienta, sobre todo, en los productos de su fértil huerta, que no requieren de mucha elaboración para desplegar sus sabores: ensaladas con lechuga, tomate y cebolla, menestra de verduras, borrajas, alcachofas, alubias, especialmente, las pochas y los caparrones. Las patatas con chorizo y las chuletillas de cordero conforman el menú riojano más popular, aunque tampoco se deben olvidar otras carnes como las manitas de cerdo o incluso los pescados, como la trucha y el bacalao.
QUÉ COMPRAR
Además de la alfarería tradicional riojana y de algún producto peculiar relacionado con el vino como las botas de cuero para guardarlo y beberlo, las compras más oportunas tienen que ver con la riqueza gastronómica de la región. Vino, por supuesto, pero también embutidos como el chorizo o el salchichón, el foie-gras de la sierra camerana o los productos de la huerta.
MEJOR ÉPOCA PARA HACER LA RUTA
El otoño es si duda la mejor época para visitar la comarca. Hacia los primeros días de octubre, la uva está ya en sazón y la vendimia se generaliza. Los remolques cargados de racimos ocupan las carreteras y van vaciando sus cargas en las bodegas. Es un buen momento para observar cómo, mediante un proceso mágico, el mosto se va transformando en vino. Un poco más tarde, casi en noviembre, las hojas de las parras pierden su verde habitual y estallan en una increible gama de tonalidades.
SORPRESA
Entre los pueblos de Labastida y Ábalos, por la carretera A-124, hay un desvío que conduce a la iglesia románica de Santa María de la Piscina. Se trata de un templo solitario que domina un paraje singular -todo el valle del Ebro, con un castillo en cada colina- y que fue construido en el
siglo XI en un románico muy puro. A sus pies se han descubierto varias tumbas antiquísimas y una pileta o piscina para la ceremonia del bautismo.
FIESTAS
Destacamos dos fiestas singulares. En San Vicente, la sobrecogedora tradición medieval de los picaos. En Semana Santa y los domingos siguientes al 3 de mayo y al 14 de septiembre, varios disciplinantes avanzan en procesión mientras golpean sus espaldas con látigos y se abren las heridas con cristales. En Haro, el 29 de junio, la batalla del vino. Lugareños y forasteros rellenan recipientes con vino y en los Riscos de Bilibio libran una batalla en la que todos acaban empapados.
VISITA OBLIGADA
A la entrada de Briones, se encuentra el Museo de la Cultura del Vino de la Dinastía Vivanco.
En él se puede realizar un completo recorrido por la cultura enológica, en su sentido más amplio: desde los aperos tradicionales para el cultivo y el proceso de la vid hasta las obras de arte que, desde la épocas egipcia y romana, han encontrado inspiración en esta bebida. No faltan, además, obras de los grandes maestros de la pintura como Picasso, Sorolla o Miró.