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Con el arranque del otoño, los viñedos desnudos de racimos se extienden por las suaves laderas a ambos lados del río Duero. Es muy probable que los primeros monjes benedictinos de la orden del Císter, que llegaron aquí a mediados del siglo XII, plantaran sus primeras cepas en las fértiles tierras de la ribera, muy cerca de donde hoy se producen los afamados Vega Sicilia. El Monasterio de Santa María de Valbuena es una de las joyas del estilo cisterciense, sobre todo su claustro -de los mejor conservados del arte medieval de Castilla y León- y su iglesia monacal, inspirada en las abadías del sur de Francia. Casi 900 años de historia de un edificio que se concibió con la sobriedad y austeridad del Císter, pero que ha ido acogiendo la colorida ornamentación del románico en sus galerías o la teatralidad barroca en relieves, altar o pinturas murales que decoran su templo.
Tenemos que viajar hasta el año 1143, cuando doña Estefanía de Armengol, hija del conde de Urgel, Armengol V, y nieta de Pedro Arsúrez, conde de Liébana, Carrión y Saldaña y señor de Valladolid, funda este monasterio benedictino que, desde en 1151, queda adscrito a la Orden del Císter. En este apartado entorno de tierras de cultivo, los monjes podían dedicarse a la oración y el trabajo (ora et labora), así como a perfeccionar las técnicas de elaboración del vino. “Será en sus primeros dos siglos de historia cuando viva su mayor prosperidad, gracias a las donaciones de la condesa y de los sucesivos reyes”, explica Alexandra Aparicio, historiadora del Arte en la Fundación las Edades del Hombre, entidad responsable de la rehabilitación del cenobio y cuya sede permanente está ubicada precisamente aquí desde 2002. Durante el siglo XIV, las guerras, pestes y cambios sociales golpean duramente la vida monacal de Santa María de Valbuena, que no recuperará su esplendor hasta la llegada de fray Martín de Vargas, en las primeras décadas del XV, como gran reformador del Císter en Castilla y abad perpetuo del Monasterio, al que dará un gran impulso económico y artístico.
Al acceder al Monasterio, nos da la bienvenida un impresionante claustro de planta cuadrada, uno de los mejor conservados de Castilla y León de la época medieval y seleccionado como uno de “los más bonitos de España” por la revista National Geographic. Es un claro ejemplo de la transición del románico al gótico del primer cuarto del siglo XIII y en él se pueden apreciar la evolución de diferentes estilos a lo largo de los años de su construcción. En la galería, que se abre con una arquería simétrica al patio central, encontramos bóvedas de crucería y muros que han recuperado parte del esplendor pictórico original, cubierto por una capa de yeso durante el siglo XVIII, con representaciones paganas ajustadas al cristianismo y seres híbridos. Las columnas están rematadas con una rica colección de capiteles en forma de pétalos, hojarasca de cardo, yedra, higuera, acanto o palmeta y también podemos jugar a localizar algunos rostros humanos o las cabezas de un cerdo, una vaca o un león.
El claustro en un monasterio cisterciense, además de ser un espacio para la meditación y el misticismo, cumplía una función claramente distribuidora. Cada una de las cuatro galerías -en el lenguaje tradicional castellano se las conocía como pandas- está bautizada con el nombre de la dependencia más importante que acoge. Así encontramos un pequeño altar que cumplió las funciones de armariolum -donde se depositaban los libros-, la antigua sala capitular, la de trabajos, el refectorio (sin púlpito del lector), la puerta reglar o la cilla, una bodega o granero que utilizaban los laicos que vivían dentro del monasterio y trabajaban sus tierras, conocidos como conversos. La escalera monumental da acceso al claustro superior del siglo XV, en origen de madera y luego de piedra, donde destacan los arcos de medio punto y una combinación de elementos de estilo gótico y renacentista. En las enjutas de las arquerías se disponen cincuenta y dos medallones (faltan ocho) con las esfinges de niños, jóvenes, adultos y viejos, hombres y mujeres con diferentes expresiones y, entre todas ellas, una calavera, recuerdo de la inevitable muerte.
Desde la panda del capítulo se accede a la iglesia, cuya construcción debió comenzar en el último cuarto del siglo XII, inspirada en el modelo de las abadías del sur de Francia, ya desaparecidas. La gran sobriedad y robustez imponente del exterior es uno de los ejemplos más puros del ideal cisterciense. “Su desnudez absoluta es el mejor exponente de un mundo espiritual que se vive hacia el interior del monasterio y que rechaza incluso la proyección exterior que puede representar una portada monumental”, según Julia Ara Gil, catedrática y autoridad en el arte medieval y renacentista. En el interior destacan los retablos y relieves barrocos, dos tallados por el maestro Gregorio Fernández en el siglo XVII: la Lactación de San Bernardo y la Sagrada Familia. Esta barroquización tiene su culminación, un siglo después, con el altar mayor dedicado a la Virgen en su advocación de la Asunción.
Ubicada a la derecha del altar encontramos la capilla de San Pedro, también conocida como del Tesoro. La fundadora del monasterio, la condesa Estefanía de Armengol, quiso contar con una capilla funeraria para sus descendientes y ese patronazgo privado convirtió esta sala en la de mayor riqueza decorativa de época medieval de todo el conjunto. Capiteles y arcosolios han recuperado su bella policromía, con representaciones de batallas entre cristianos y musulmanes, otra más desvaída de reyes músicos (entre otros David tocando el arpa) y la mejor conservada, la cercana a la cabecera. Se trata de una escena cortesana, que encierra un cotilleo histórico, porque se presupone que la mujer es Urraca Fernández, hija de Estefanía, y el rey Alfonso VII, del que se decía que era su amante y del que tuvo descendencia.
El declive del monasterio culminó con los procesos de desamortización de principios del XIX, que concluyeron con siete siglos de vida monacal. Al pasar por manos privadas, se le dio usos ganaderos y agrícolas hasta que en 1950 la adquiere el Instituto Nacional de Colonización para crear en la finca un poblado de nueva creación, San Bernardo (dependiente de Valbuena del Duero). Fue en los años 90 cuando se acomete la gran intervención de revitalización del monasterio por parte de la Fundación Las Edades del Hombre, institución encargada de poner en valor del arte sacro y edificios religiosos en Castilla y León y que fija en este lugar su sede permanente. Desde 2002 es visitable y aquí se localiza el Centro de conservación y restauración de retablos, esculturas, altares, tapices y orfebrería. En el verano de 2014, parte del edificio -como el claustro superior o las habitaciones- se abrió el hotel Castilla Termal, un cinco estrellas con un gran spa de aguas mineromedicinales y un restaurante de producto local, Converso, con la asesoría del chef Miguel Ángel de la Cruz y la puesta en valor de los vinos de la Ribera del Duero.
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