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Aunque son de papel, parece como si Rubén Pizá pudiese oler el aroma del cempasúchil, la flor anaranjada que inunda los altares de muertos. El director de comunicación de la Casa de México en España recuerda que su papá le decía que los difuntos se comían los platos que les dejaban en los altares a través de su olor. “¿Cómo no lo vamos a ver con alegría si es el día del año en que nos vienen a ver nuestros seres queridos que se fueron?”, responde cuando le preguntan sobre las evidentes diferencias con cómo se celebra en España. “Para un niño el proceso es ilusionante, como el de poner el belén en casa: vas al mercado, compras flores, haces la comida que les gustaba…”.
Se puede ir por libre a visitar el altar de la Casa de México, aunque merece la pena apuntarse a unas breves visitas guiadas en las que se desgranan los distintos elementos de un altar, como el pan de muertos, las calaveritas de azúcar, las cruces de sal para purificar el alma, las piezas genuinas relacionadas con la persona a la que se le dedica... y el delicioso mejunje cultural del que se componen: “Al final, hablamos de una tradición sincrética, con elementos de las creencias prehispánicas y católicas”, comenta Pizá.
En la parte final, junto a un altar dedicado a las mascotas que es la novedad de este año, hay un espacio para que cada cual deje un mensaje a sus seres queridos. “El día 8 de noviembre hacemos una ceremonia en la que se queman todos los mensajes con copal”, que es una resina aromática de uso ritual en Mesoamérica, explica Pizá; “al final acaban siendo unos diez mil papelitos; la gente se emociona”.
Para la novena edición del altar de muertos de la Casa de México en Madrid, la fundación ha contado con la diseñadora Beatriz Redo, que ha creado un universo inspirado en las montañas de Michoacán, un estado con una tradición muy profunda del Día de Muertos. “Fue una de las principales referencias que tomó Disney para hacer la película Coco; estuvieron años investigando en la zona y la verdad es que les salió clavadísima”, cuenta Pizá. Aunque lo más obvio para el ojo inexperto es la impronta musical, y es que el altar está dedicado a un talento mexicano muy relacionado con España: Agustín Lara.
Sentado al piano y flanqueado por esqueletos, el Flaco de Oro preside el altar de la escalinata de la Casa de México. Pero hay más. Arriba, en otro altar algo más íntimo, Lara aparece rodeado de toda la farándula de su época, donde hay una buena representación española. En la España de 1940 el mexicano era toda una institución que compuso canciones a muchas de nuestras ciudades, aunque ninguna como su Granada, con decenas de versiones, incluso una en inglés que cantó Frank Sinatra. En 1997, el ayuntamiento de la ciudad nazarí acabó declarando su himno oficial una versión de Luis Megías Castilla.
Por los pasillos que nos llevan entre los altares, se puede ver una pequeña parte de la colección de arte popular que está haciendo la Fundación Casa de México en España. Con más de mil piezas, cada tres meses van mostrando distintos tesoros y ahora aprovechan para sacar pecho de los relacionados con temáticas fúnebres.
Esta institución aspira a hacerse con la mayor colección de arte popular mexicano para, entre otras cosas, poder prestarlas a exposiciones en Europa. “Son piezas de maestros del arte popular que tratan de salvar técnicas artesanales ancestrales de cada estado”. Pizá nos lo cuenta ante una de sus obras favoritas, Un México de calacas, un bastidor de hueso grabado y pintado con tinta, a modo de El jardín de las delicias, pero lleno de calaveras.
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