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Fue la dinastía nazarí, que abarcó desde 1238 a 1492, la que dejó tras de sí un legado tan fascinante y especial como fue el Albaicín, el barrio al que se dirigen siempre los pasos de quienes aterrizan en territorio granadino, ya sea por primera, quinta o vigésima vez. Porque es en su laberíntico entramado de callejuelas, en sus cuestas y empedrados, en sus plazuelas y en el misterio que se esconde tras los altos muros de sus cármenes, donde se concentra gran parte de la esencia de esta ciudad. Un maravilloso enclave patrimonial en el que llegaron a convivir, durante aquella época, hasta cuarenta mil personas. Vecinos que desarrollaban su cotidianeidad entre las fachadas encaladas, balcones floreados y restos de aljibes que hoy vemos.
Pero, si hay algo que caracteriza también el Albaicín, son sus increíbles miradores. Nos lanzamos a descubrir aquellos cuyas vistas dejan sin palabras.
Habrá que tirar de piernas y glúteos, enfrentarse a empinadas cuestas y escalinatas, pero merecerá la pena. Allá arriba, donde el Albaicín acaba, se despliega este balcón extraordinario a la ciudad de Granada cuya panorámica, con vistas deslumbrantes a la Alhambra y al Generalife, suponen una de las más completas de la ciudad. No son demasiados los atrevidos que suben hasta aquí durante el día, aunque la cosa cambia cuando el sol se acerca al horizonte y el atardecer asoma. Por eso, no será raro compartir una de esas puestas de sol que se recordarán para siempre con algún puñado de desconocidos, muchos de ellos sentados en las escalinatas de la ermita de San Miguel Alto, que da nombre al lugar.
Esta, levantada sobre el emplazamiento de la antigua Torre del Aceituno, una fortificación construida durante la época nazarí que se hallaba integrada en las murallas de Granada, es también escenario de una de las tradiciones populares más esperadas por los vecinos del Albaicín: cada mes de septiembre, se celebra la romería de San Miguel en este preciso lugar.
Perderse por las calles del Albaicín regala, cuando menos se espera, un mirador desde el que contemplar el skyline de la ciudad. Hermosos rincones como este, enclavado en la zona del Albaicín bajo, que supone una de las vistas más sugerentes de la Alhambra. ¿La razón? Aquí no tendremos la vista amplia de otros balcones granadinos, pero sí contemplaremos el palacio nazarí y la Torre de la Vela como si brotaran del bosque de la Alhambra, tan cercanos que creeremos poder tocarlos con las manos.
El ambiente resulta más íntimo aquí, pues la concurrencia es mucho menor: es común ver a alguna pareja de enamorados disfrutando de las vistas desde uno de los bancos, mientras que un vecino hace una parada en su paseo matutino, o un par de turistas se dejan inmortalizar con la estampa de fondo. La placeta en la que se halla, la de los Carvajales, cuenta también con una fuente alargada que regala frescor al escenario y deja patente esa relación especial que los árabes guardaban con el agua. El nombre, por cierto, le viene dado de una familia nobiliaria apellidada Carvajales y vinculada a la ciudad durante los siglos XV y XVI.
Cambiamos de tercio, dejamos la Alhambra y el Generalife a un lado y nos acercamos hasta uno de los miradores granadinos que regalan unas vistas más extraordinarias de los tejados de Granada. Un enclave con una historia peculiar, pues aquí se encontraba durante la época islámica la Puerta del León, o Bab al-Asad, por la que se accedía a la Alcazaba Qadima. De hecho, si se mira con detalle, se verá parte de una de sus torres, que se conserva integrada en el muro de contención del mirador. Abajo, eso sí, Granada, con su centro histórico y su zona moderna, la silueta de la catedral y la del monasterio de San Jerónimo, la iglesia de San Andrés o, más allá, la avenida de la Constitución. Una excepcional plataforma abierta a una Granada menos monumental quizá, pero más cotidiana.
¿Y qué hay del nombre? Pues se dice, aunque no hay documentos que acrediten fehacientemente esta información, que en el mismo enclave donde se halla el mirador se ubicó la Casa de la Lona, una construcción relacionada con un antiguo palacio musulmán y con la manufacturación de velas para los barcos de la Armada. Quizá no sea del todo cierto, pero resulta atractivo fantasear con esas leyendas.
Poco que decir que no se conozca ya sobre el que es el mirador por antonomasia de Granada, la primera parada de todos aquellos que se pierden por el Albaicín y el lugar desde el que el mismísimo Bill Clinton admitió haber contemplado “la puesta de sol más bella del mundo”.
Pero San Nicolás es mucho más: son las vistas imbatibles a la Alhambra —también a Sierra Nevada en los días despejados y a la ciudad desplegándose hacia el valle del Darro— y las miles de personas que se concentran a diario en su amplio espacio para admirarla en la distancia. Es el flamenco que surge de un par de guitarristas que se arrancan por cualquier cante a la espera de unas monedas, o la artesanía que algún que otro artista ofrece a los visitantes. Es también la antigua casa de la familia Morente, que hoy aloja un restaurante, pero también la torre de la Iglesia de San Nicolás, del siglo XVI y que le da nombre a la plaza, o la llamada a la oración del almuecín de la mezquita vecina a primera hora de la mañana. Es, al fin y al cabo, la concentración de mil y una escenas tan auténticas como atractivas, tan emocionantes como verdaderas. Una parada que hay que realizar sin ningún atisbo de duda.
¿Quién dijo que no se puede disfrutar de unas increíbles vistas mientras se prueba un menú degustación? Una manera excepcional de hacerlo es desde el Restaurante El Trillo, que ocupa un deslumbrante carmen en pleno corazón del Albaicín, construido sobre vestigios de época romana. Y aquí, un inciso: los cármenes son las casonas con huerta propia y vistas imbatibles que hay ocultas tras altos muros del histórico barrio, y que en el pasado fueron consideradas lugar de retiro para musulmanes. Se puede saborear la propuesta gastronómica del lugar envuelto en su exuberante jardín y al abrazo de un limonero, de un peral o de un membrillo, aunque si se opta por llevar a cabo el festín en la terraza de la primera planta del restaurante, la comida irá acompañada también de una espectacular panorámica de la Alhambra.
El Trillo defiende un tipo de cocina tradicional, levemente adaptada a las técnicas y presentaciones más actuales, cuenta con una carta colmada de recetas puramente granadinas y con una propuesta de menú degustación, que abarca platillos como su reinterpretación del puchero de hinojos típico de la Alpujarra, el salmonete de Motril confitado con beurre blanc y boniato, o el cordero segureño.
En ocasiones, lo mejor de que existan miradores con nombre propio que ocupan las primeras páginas de todas las guías turísticas de la ciudad es que deja otros muchos rincones en un segundo plano, sin acaparar las miradas y alejados del bullicio. Es el caso del Mirador de Santa Isabel la Real, que muestra una cara del Albaicín más modesta y relajada. Ubicada en una pequeña plaza discreta y recogida con una fuente en forma de estrella, se convierte en una breve parada para aquellos que caminan por sus alrededores y se ven sorprendidos por la belleza de una Alcazaba cuyos volúmenes se aprecian mejor desde esta perspectiva. Con Sierra Nevada en la lejanía, lo mejor es optar por sentarse en uno de los bancos repartidos por la plaza, y contemplar.
El nombre del mirador ya nos revela su clara relación con el vecino monasterio de Santa Isabel la Real, que fue fundado por los Reyes Católicos a principios del siglo XVI en el enclave donde se halló la antigua Granada nazarí. Por si esto fuera poco, se encuentra también muy cerca de Dar al-Horra, el palacio que según la tradición histórica está relacionado con Aixa, la madre de Boabdil, el último rey de Granada.
De vez en cuando, es importante cambiar de perspectiva para seguir dejando que Granada sorprenda. Por suerte, la ciudad cuenta con tantísimas estampas que regalar a sus visitantes que nadie se cansa jamás de explorarlos, y en el Mirador del Ojo de Granada vuelve a suceder. Ubicado en las alturas del Albaicín, la mirada se dirige hacia la catedral, con los tejados del caso histórico desplegándose en torno a ella y la vega extendiéndose más allá de la ciudad.
Se trata de una estampa diferente, que aumenta aún más su encanto si cabe al caer la tarde, cuando la luz del atardecer enciende los tejados de la ciudad y el paisaje urbano se tiñe de tonos cálidos.
Cuando se admira la Alcazaba o los Palacios Nazaríes desde cualquiera de los miradores del Albaicín, la estampa que se aprecia al otro lado del Darro siempre resulta estar repleta de personitas diminutas que contemplan la vista opuesta. Una oportunidad que tampoco hay que perderse: desde las torres y murallas de la Alcazaba, o incluso desde las ventanas de los palacios o jardines del Generalife, se admira cómo el antiguo barrio nazarí despliega sus callejuelas y cármenes sobre la colina opuesta, conformando un laberíntico entramado de callejuelas.
Desde aquí es mucho más fácil entender el trazado histórico y, sobre todo, comprender que el verdadero paisaje de Granada, la verdadera esencia de la ciudad, se halla precisamente en ese diálogo entre ambos lados del río. Una relación de amor en la distancia, que hace que no se entienda un emblema sin el otro.
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