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En los años del bachillerato nos enseñan a distinguir entre los valles en U y en V para hablarnos de la erosión de los ríos y de la gélida Edad de Hielo. Sin embargo, hay lugares que transforman las páginas de esos libros de texto en fabulosos paisajes mucho más didácticos que cualquier clase magistral encerrada en un aula. Uno de esos sitios es el Valle de Pineta, en la parte más alta del comarca oscense del Sobrarbe. Pensar que antaño estas montañas encerraron un circo y una lengua glaciar todavía le proporciona más épica a este rincón pirenaico. Su aspecto no puede ser más salvaje e indómito, y sin embargo la gran sorpresa de Pineta es que es muy accesible incluso para los menos montañeros y para excursionistas de cualquier edad. Aún así nunca hay que olvidar que se trata de alta montaña, así que se recomienda sentido común para disfrutar con seguridad de tanta belleza natural.
El pueblo de Bielsa marca el inicio del camino. Hace falta desviarse de la carretera A-138 que lleva a Francia para comenzar la excursión. Es opcional apagar el motor y visitar las estrechas calles belsetanas hasta llegar a la plaza mayor dominada por la Casa Consistorial renacentista. Algunos lo hacen e incluso acceden al consistorio para visitar el museo de la Bolsa de Bielsa que evoca lo sucedido aquí en 1938. No obstante, muchos de los viajeros están ansiosos de adentrarse en el valle integrado en el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido y para lograrlo basta con seguir por las revueltas de la carretera y dejar atrás la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Bielsa, hasta que poco a poco se asciende al núcleo de Javierre con su airoso campanario. A partir de aquí comienza el Valle de Pineta, que se recorre con conducción pausada sobre una vía envuelta por bosques y prados.
Son 15 kilómetros y es obligado hacer varias paradas. Por ejemplo, en el embalse que acumula las aguas de un río Cinca recién nacido. Al igual que es frecuente estacionar en El Plan, obviamente llano. Aquí de día se tienen las vistas más completas del circo glaciar. Mientras que de noche es un espléndido mirador astronómico cercado por las montañas que separan este paraje de vecinos ilustres como el Cañón de Añisclo, Tella o el Monte Perdido en las alturas de Ordesa. Eso de mirar las estrellas requiere de buen abrigo, incluso en meses cálidos. Pero el frío no impide pernoctar en el valle. Se hace de diversas maneras. A las diferentes alojamientos de Bielsa, se suman las propuestas desperdigadas por el valle, opciones que van desde casas rurales hasta un refugio de montañeros, pasando por un camping y hasta un Parador Nacional que es el más alto de los Pirineos y ha sido remozado en profundidad hace poco.
La carretera precisamente se acaba junto al Parador y la vieja ermita de Pineta. Este es un templo de escaso valor artístico pero en gran parte responsable del nombre del valle. Se cuenta que allá por el siglo XVII, una imagen de la Virgen despareció en Barèges, en el lado francés de estas montañas. Y milagrosamente los ángeles la depositaron aquí sobre un pino ante los ojos de un joven pastor. Así que el zagal corrió a Bielsa a relatar lo que había visto y no tardaron en hacer una procesión hasta ese pino y levantar la capilla en honor de la Virgen de Pineta. Ahora, no muy lejos de la ermita, pero al otro lado del cauce del río, está el área de parking. Aquí por fin ha llegado el momento de ponerse las botas de montaña y preparar la mochila con lo básico. Es decir, agua, algo para picar y un chubasquero o abrigo por si acaso. Y aunque el día no acompañe, no está de más llevar crema solar.
Hay varios caminos para elegir. Algunos solo aptos para montañeros expertos y bien equipados. Así ocurre con las fuertes pendientes que ascienden hacia las cascadas del Cinca y el espectacular Balcón de Pineta. Al igual que requiere un gran fondo físico y muchas horas de alpinismo la subida hasta el precioso lago de Marboré. Sin embargo, optamos por una ruta apta para todos los públicos: el destino son los Llanos de La Larri. Y vamos a llegar ahí en una hora y media por el camino más cómodo. Es posible subir, casi trepar, por una sombría senda que parte desde la ermita de Pineta. Pero lo haremos por la amplia pista de suave desnivel, que da algo de rodeo, pero que pasa por muchos tramos soleados. Algo muy agradable en las fechas de otoño.
El principio de la ruta discurre por un bosque de hayas y abetos. Casi llano, como si pretendiera que el senderista entre en calor de manera paulatina. Y así cuando se ha templado la musculatura, la pista se abre y empieza a inclinarse hacia arriba. Es una pendiente muy tendida y siempre boscosa a ambos lados. Aunque de vez en cuando el verde se rompe para que se abran camino varias cascadas torrenciales. De hecho, durante todo el paseo se oye más o menos lejos el estruendo de las cataratas naturales. Vienen de las alturas del circo glaciar, del lago de Marboré y de lo poco que queda de los hielos perpetuos de Monte Perdido. Todas esas aguas, por diferentes caminos descienden de forma brusca para formar abajo el río Cinca.
En fin, que las vistas, el bosque y los saltos de agua hacen que se ascienda rápidamente. Hasta que por fin se acaba la pendiente y empieza una senda entre prados. Y donde hay prados, hay ganado. Pronto aparecen vacas que parecen saludar a los excursionistas que recuperan el resuello de la última cuesta. Pero esos ejemplares solo son un anticipo de lo que espera. La senda sube una loma y de pronto se contemplan en toda su plenitud los Llanos de La Larri. En pleno Pirineo a unos 1.600 metros de altura y a la sombra de montañas que como el Monte Perdido, sorprende descubrir semejante llano. La razón de nuevo nos traslada a tiempos muy, muy lejanos. Ya que este es un valle glaciar colgado, desgajado en tiempo inmemorial de la enorme profundidad de Pineta.
Varios milenios más tarde, el resultado es una alfombra verde ideal para vacas y también caballos que campan a sus anchas por aquí, mientras están atentos a lo que hacen sus terneros y potrillos. Estas crías a veces pueden provocar las ganas de acercarse demasiado. Pero ojo, porque el espíritu pacífico de yeguas y vacas se puede tornar en un instinto maternal más violento si observan alguna amenaza a sus retoños. O sea que no es nada recomendable tocar a los animales. Incluso los guardas forestales del Parque Nacional que suelen aparecer por aquí, se lo recuerdan a los más incautos. Es mucho mejor dejarlos a su libre albedrío y dedicarse a fotografiarlos en un escenario natural absolutamente precioso, cuyo descubrimiento bien merece esta excursión.
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