Pirineo de Huesca

Hacer vida en un refugio

Contacto directo con la naturaleza, deporte, precios asequibles y buen ambiente. Dormir en un albergue del Pirineo oscense significa acercarse a la montaña dispuesto a disfrutar de los placeres sencillos.

El origen de Patxi Ibarbia y Carmen Treviño se remonta al mismo valle, el de Hecho. De este enclave oscense proceden sus familias, que un día emigraron. La de él, al País Vasco; la de ella, a Cataluña. Las casas de los abuelos quedaron para vacaciones. Aunque sus pueblos estaban separados por apenas 14 kilómetros, nunca se conocieron, hasta que ambos decidieron dejarlo todo por la montaña y coincidieron en un refugio en el vecino valle de Ansó. Nunca más se separaron.

Hoy cuentan su historia sentados al sol a las puertas del otro refugio que les unió para siempre: el de Gabardito, en su querido valle de Hecho. Lo regentan desde hace 18 años y es uno de los casi veinte albergues de montaña que existen en el Pirineo oscense, una red que acaba de batir su récord, con 93.826 pernoctas en 2016, gracias, en parte, al empeño de guardas como ellos. Según datos de la Federación Aragonesa de Montañismo, es el tercer año consecutivo que crece el número de reservas, y con respecto a 2015, ha aumentado un 9%. "El trato resulta muy cercano, se comparte todo, hay desconexión total", apunta Carmen.

"El ambiente es muy sanote. Muchas veces acabamos charlando en el salón al terminar el día o juntándonos en torno a la barbacoa", explica Mateo González, responsable del refugio Pepe Garcés, con unas apabullantes vistas de las montañas de Candanchú. Los esquiadores pueden llegar deslizándose prácticamente hasta la puerta. "Ofrecemos mucha libertad. Al segundo día te sientes como en casa", añade.

Este murciano de 36 años llegó a los Pirineos en busca de naturaleza y alpinismo, los dos alicientes para la mayoría de los que eligen esta opción. Son el punto de partida o de llegada de rutas de senderismo, esquiadores, escaladores y amantes del ciclismo. Carmen y Patxi pusieron en marcha, por ejemplo, La Senda de Camille, un recorrido de una semana con parada en cuatro refugios de Aragón y dos de Francia. Cada año la completan más de mil visitantes.

La vida en torno a estos alojamientos ofrece un gran abanico de actividades con las que ponerse a prueba. Fundada por Aritza Iruarrizaga y dirigida por Iris Grana, Tena Park es una joven empresa que el año pasado obtuvo un premio por una de las experiencias que ofrecen: construir un iglú y dormir en él. "También organizamos cenas con un chef, hacemos rutas de mushing (trineos tirados por perros) y motos de nieve...", comenta Grana en la sede de su empresa, a orillas del pantano de Búbal, en Tramacastilla de Tena. "No se trata de actividades típicas; es algo muy montañero. ¡Igual que emprender aquí!", bromea mientras acaricia a su perra Leia.

Con la puerta abierta

Los bajos precios son otro de los motivos que han contribuido a esta tendencia al alza. Pasar la noche en una de sus habitaciones cuesta unos diez euros, el desayuno suele rondar los cinco y, las comidas y las cenas, los 16. "En Francia es mucho más habitual el turismo de refugios", señala María de los Ángeles Sánchez, la guardesa desde 1999 de Casa de Piedra, en Baños de Panticosa. En ese país, explica, existe formación específica para gestionar un albergue de montaña. Aquí los guardas han aprendido con la práctica. "Somos cocineros, informamos a los visitantes del tiempo y las condiciones que van a encontrar en la montaña, muchos ejercemos como guías... En realidad, acabamos siendo los amigos de todos los que pasan por aquí", asegura Sánchez.

Las mejoras en la reserva online han favorecido el alcance de esta oferta turística, así como un ligero cambio de perfil en el cliente. "Al principio trabajábamos mucho con clubes de montaña. En los últimos años hemos notado un aumento de la gente que descubre el monte en su edad adulta y de otros que buscan la desconexión", explica la guardesa de Gabardito. Los visitantes extranjeros representan ya el 20 % de las reservas.

El guarda de Riglos, José Andrés Pintado, toma algo con una pareja que le ha pedido información sobre las rutas. "Se trata de que nos convirtamos en los que proponemos planes y actividades, en quienes acojamos, enseñemos la zona...". Los gritos de unos alumnos franceses lo interrumpen; es hora de comenzar la excursión. Durante tres horas, uno de los empleados enseñará a los estudiantes el paisaje de escarpados mallos bajo la presencia de los buitres. "Todo refugio ha de ser una puerta de bienvenida", resume. 


Este reportaje aparece publicado en el libro 'Inspiraciones' de Guía Repsol 2018.

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