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Alarcón se levanta sobre un promontorio rodeado por el río Júcar y sus hoces.

Pueblos bonitos de Cuenca que hay que visitar

Rincones de Cuenca donde la historia se asoma a hoces, castillos y montañas

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Actualizado: 15/10/2026

Castillos que dominan llanuras y gargantas, monasterios que parecen salidos de otro tiempo, murallas medievales, pueblos encaramados sobre hoces y una Serranía donde el agua ha esculpido algunos de los paisajes más espectaculares de Castilla-La Mancha. La provincia de Cuenca guarda mucho más que su capital Patrimonio de la Humanidad: también atesora pequeñas villas en las que historia, arquitectura y naturaleza forman un todo difícil de separar.

Hay una Cuenca que no sale en las postales de las Casas Colgadas. Está repartida por la provincia, en pueblos como Belmonte y Alarcón, donde sus fortalezas siguen vigilando el horizonte como hace siglos; o Beteta y Tragacete, donde las montañas cambian el ritmo de la respiración; o Uclés y Huete, que guardan un patrimonio monumental que sorprende a quien llega sin esperarlo. Son lugares para callejear sin prisa, sin más plan que dejarse llevar, y para detenerse a contemplar los paisajes que los rodean. Empezamos el viaje.

1. Alarcón: una villa medieval suspendida sobre el Júcar

Pocos pueblos de Cuenca producen una primera impresión tan poderosa como Alarcón. La villa se levanta sobre un promontorio rodeado por el río Júcar y sus hoces, en un emplazamiento que explica su extraordinario sistema defensivo. El castillo, de origen musulmán y reconstruido tras la conquista cristiana, domina el conjunto con su imponente Torre del Homenaje, que hoy acoge un Parador. Las murallas, prácticamente conservadas en su totalidad, y sus puertas del Campo, del Calabozo y del Bodegón completan una estampa medieval de enorme fuerza.

Castillo de Alarcón.
El castillo de Alarcón domina el paisaje desde el cerro. Foto: iStock

Dentro del recinto, merece la pena caminar sin rumbo por las calles y acercarse a la plaza del Infante Don Juan Manuel. Allí aparecen los palacios del Concejo y de los Castañeda, e iglesias como San Juan Bautista, hoy desacralizada, que alberga los murales de Jesús Mateo, obra con una identidad plástica única. También los templos de Santo Domingo de Silos, la Trinidad y Santa María, erigida en el Renacimiento con vocación de “templo ideal” según los cánones de la época. Y para comprender la relación entre pueblo y paisaje, hay que acercarse a los miradores de la Peña o de San Juan, desde donde el Júcar dibuja las hoces a los pies de las murallas. Si queda tiempo, los senderos del entorno permiten descubrir Alarcón desde otra perspectiva, entre agua, roca y bosque.

2. Belmonte: un castillo de película en plena Mancha

Belmonte es uno de esos pueblos cuyo perfil se reconoce desde kilómetros de distancia. Sobre el cerro de San Cristóbal se alza su extraordinario castillo del siglo XV, una fortaleza de planta singular vinculada a la historia del marqués de Villena y a las luchas sucesorias castellanas. Restaurado en el siglo XIX por Eugenia de Montijo, conserva torres, murallas, galerías, artesonados y estancias palaciegas. El recinto es, además, uno de los escenarios cinematográficos más conocidos de la provincia y ha acogido películas y recreaciones históricas. Allí se rodaron, por ejemplo, Los señores del acero, de Paul Verhoeven (1985); Juana la Loca, de Vicente Aranda (2001); y El caballero Don Quijote, de Manuel Gutiérrez Aragón (2002).

La emperatriz nunca olvidó su primera visita al castillo de Belmonte, de sus antepasados.

Restaurado en el s. XIX, el castillo conserva torres, murallas, galerías, artesonados y estancias palaciegas. Foto: Sofía Moro

Pero el castillo no debe eclipsar el resto de la villa. El casco histórico, declarado Bien de Interés Cultural, conserva las murallas y varias de sus antiguas puertas, además de la magnífica Colegiata de San Bartolomé, con elementos góticos y renacentistas y recuerdos ligados a Fray Luis de León, nacido en Belmonte. Más allá de las almenas, el paseo puede completarse con el Palacio del Infante Don Juan Manuel y las casas señoriales. En los alrededores, los molinos de viento de Mota del Cuervo ofrecen el contrapunto perfecto: otra estampa de La Mancha, esta vez dominada por los gigantes que inspiraron a Cervantes.

3. Uclés: la huella de los caballeros de Santiago

Uclés se entiende a partir de una orden militar. Durante siglos, la villa fue uno de los principales centros de la Orden de Santiago y ese pasado sigue presente en lo alto del cerro, donde las construcciones medievales acabaron dando paso a uno de los conjuntos monumentales más extraordinarios de la provincia. El monasterio, iniciado en el siglo XVI, domina el paisaje con su fachada de piedra y sus volúmenes de inspiración herreriana —no es casual que se le conozca como el “Escorial de La Mancha”—. Tras sus muros se concentraron poder religioso, arquitectura palaciega y memoria histórica. Y su visita permite descubrir una sorprendente mezcla de estilos, desde el Renacimiento hasta el Barroco.

Fachada sur del Monasterio de Uclés.
Fachada sur del Monasterio de Uclés. Foto: iStock

Hay que detenerse en la portada principal, churrigueresca; el claustro y la iglesia, donde se encuentran los restos de Rodrigo Manrique y de su hijo, el poeta Jorge Manrique. Después conviene bajar al pueblo y pasear por su pequeño casco histórico buscando los vestigios de la antigua fortaleza, incluida la llamada Torre del Homenaje, o descubrir la Puerta del Agua y acercarse al cerro del Sepulcro para contemplar una de las mejores panorámicas de Uclés. Para prolongar la excursión, a pocos kilómetros se encuentra el Parque Arqueológico de Segóbriga, que permite recorrer los restos de su teatro, anfiteatro y antigua ciudad, cambiando la Edad Media por la Hispania romana.

4. Huete: una pequeña ciudad monumental en la Alcarria

Huete sorprende por la cantidad de patrimonio que concentra en un casco urbano relativamente pequeño. Su posición en la Alcarria conquense y su larga historia —con huellas ibéricas, romanas, visigodas y musulmanas— explican la sucesión de iglesias, conventos, palacios, murallas y torres que aparecen durante el paseo. Los palacios episcopales del siglo XVIII; la iglesia barroca de San Nicolás el Real de Medina y la de Nuestra Señora de Atienza, de origen medieval y con esbeltos ventanales; o la Torre del Reloj son algunos de los imprescindibles en esta visita.

Huete. Fachada de la Iglesia de San Nicolás el Real de Medina.
Fachada de la Iglesia de San Nicolás el Real de Medina. Foto: Turismo de Huete
Huete. Interior barroco de la Iglesia de San Nicolás El Real de Medina.
Interior barroco de la Iglesia de San Nicolás El Real de Medina. Foto: Turismo de Huete

Merece la pena, también, acercarse al antiguo Monasterio de la Merced, construido entre los siglos XVII y XVIII. En su día relevante convento, hoy acoge, además de la Iglesia de San Esteban, las dependencias del Ayuntamiento, la biblioteca, la oficina de turismo y hasta tres museos: el de Arte Sacro, el de Arte Contemporáneo Florencio de la Fuente y el Etnográfico, que ofrece una cuidada colección de vasijas, aperos de labranza y herramientas tradicionales. Para completar la escapada, podemos alejarnos unos kilómetros del casco urbano y visitar las minas romanas de Lapis Specularis. La excursión a estas antiguas explotaciones de yeso cristalizado —un material que los romanos utilizaban en las ventanas—añade una inesperada dimensión arqueológica a la visita.

5. Cañete: la villa medieval de las murallas

En el corazón de la Serranía de Cuenca, Cañete combina una rica historia medieval con un paisaje mucho más agreste que el de las villas manchegas. El pueblo se extiende bajo los restos de su castillo, levantado sobre un cerro estratégico, y conserva uno de los conjuntos de murallas medievales más impresionantes del país. De hecho, durante el paseo, las puertas de las Eras, San Bartolomé y la Virgen, las calles estrechas y empinadas, y las casas de arquitectura tradicional permiten imaginar la importancia que en la Edad Media tuvo esta localidad, en la que nació Álvaro de Luna, una de las figuras políticas más poderosas de la Castilla del siglo XV.

Puerta de la Virgen, en la muralla de Cañete.

Puerta de la Virgen, en la muralla de Cañete. Foto: iStock

Entre las visitas imprescindibles están las iglesias de Santiago y de San Julián, la ermita de la Virgen de la Zarza, y La Picota, excelente mirador sobre el pueblo y las montañas. Y merece la pena recorrer las calles a través de su “Paisaje Ilustrado”, un conjunto de esculturas, que aparecen en cualquier rincón y que representan antiguos oficios y escenas de la vida tradicional. Además, los amantes del senderismo y de la bicicleta de montaña encuentran aquí un pequeño paraíso. Desde el mismo pueblo, un agradable paseo por el paraje de El Postigo conduce a la cascada del Pozo de la Horca, una pequeña maravilla natural. Y se puede prolongar la ruta hacia otros paisajes de la Serranía y el entorno del río Cabriel, donde el relieve se vuelve cada vez más abrupto y boscoso.

6. Priego: entre hoces, palacios y tradición alfarera

Priego ocupa un lugar privilegiado en la transición entre la Alcarria y la Serranía de Cuenca. El río Escabas ha excavado a su alrededor profundas hoces de roca caliza, mientras que dentro del pueblo las calles empedradas esconden palacios, casas blasonadas, iglesias y antiguos conventos. La plaza de los Condes de Priego es un buen punto de partida, con el palacio que hoy ocupa el Ayuntamiento. Muy cerca aparecen la iglesia de San Nicolás de Bari, con su esbelta torre renacentista, y el Hospital del Dulce Nombre de Jesús, fundado en el siglo XVI.

Priego.
Priego, con su esbelta torre renacentista. Foto: iStock

La visita no estaría completa sin acercarse al Torreón de Despeñaperros, vestigio de origen árabe desde el que se obtienen buenas panorámicas; ni sin recorrer el entorno del Estrecho de Priego, donde las paredes calizas alcanzan grandes alturas. Y es que Priego es un destino especialmente interesante para combinar patrimonio, paisaje y artesanía, ya que la localidad conserva una tradición alfarera y de trabajo del mimbre que sigue formando parte de su identidad.

7. Beteta: un balcón de piedra sobre las hoces del Guadiela

Rodeado de montes y pinares, Beteta conserva el encanto de los pueblos serranos, con su arquitectura tradicional y unas tranquilas calles que invitan a pasear sin prisa. Es recomendable visitar la Plaza Mayor y la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, conocida popularmente como la “Catedral de la Sierra”. Además, sobre un cerro próximo se alzan las ruinas del castillo de Rochafría, de origen árabe, y recuerdo del pasado defensivo de la localidad, y el denominado Cristo de Beteta: un monumento al Sagrado Corazón de Jesús, que ofrece unas vistas inmejorables

Cristo de Beteta.
El Cristo de Beteta ofrece unas vistas inmejorables. Foto: iStock

Pero el gran espectáculo se encuentra fuera del casco urbano, ya que las grandes protagonistas de la zona son las hoces del Guadiela, donde las paredes calizas se elevan sobre un río encajado entre bosques. Y la mejor forma de descubrir esos alrededores es recorrer el sendero que lleva al Monumento Natural de la Hoz de Beteta y Sumidero de Mata Asnos, que discurre entre farallones rocosos, vegetación exuberante y rincones donde la humedad crea un ambiente casi atlántico. También merece la pena acercarse a la laguna de El Tobar, un enclave de gran interés natural, o a Solán de Cabras, cuyo balneario se encuentra en un espectacular enclave natural.

8. Tragacete: el corazón montañoso de Cuenca

En Tragacete el paisaje no es un complemento del pueblo: es el verdadero protagonista. El pueblo se encuentra en una de las zonas más elevadas de la provincia, rodeado de pinares, praderas de montaña y cumbres como el Mogorrita, una de las mayores cotas de Cuenca. Su caserío, de aire serrano y construcciones tradicionales en piedra, madera y con balcones enrejados, conserva una escala íntima, que contrasta con la amplitud del territorio que lo rodea. La iglesia de San Miguel Arcángel constituye su principal referencia monumental, pero el mayor atractivo de la localidad es su condición de punto de partida para explorar una de las áreas naturales más valiosas de Castilla-La Mancha.

Nacimiento río Cuervo primavera

Cascada del Molino de la Chorrera. Foto: Miguel Cuesta

Desde Tragacete se puede emprender la excursión al nacimiento del río Júcar, donde el agua brota entre rocas y vegetación, y acercarse a la cascada del Molino de la Chorrera, especialmente vistosa en épocas de abundancia de agua. Otro imprescindible es el nacimiento del río Cuervo, con sus manantiales y saltos de agua entre musgos y formaciones calcáreas. Los aficionados al senderismo encontrarán, además, rutas por bosques y cumbres que permiten descubrir la Serranía a pie, mientras que los amantes de la fotografía disfrutarán de un paisaje cambiante con las estaciones. Y es que esta localidad es la elección perfecta para quienes quieren calzarse las botas y descubrir la Cuenca más salvaje.

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