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Estamos en uno de los últimos meandros del río Ebro, junto al Assut de Xerta. Este monumento histórico lleva desviando el agua del río hacia las acequias de regadío desde época musulmana. Puede incluso que los romanos lo utilizaran para controlar el tráfico fluvial. Nos rodean algunos de los poblados íberos que más trabajo han dado a los arqueólogos. Aguas arriba quedan los bosques y las montañas de Los Puertos; abajo, los arrozales y humedales del Delta; y entre medias, campos de cerezos, melocotoneros, naranjos… No extraña que un insigne indiano eligiera este rincón para construir su mansión de retirada.
En realidad, podría haber sido en cualquier otro lugar. Con su talento y sus ganas, también habría triunfado en un salón construido desde cero. Pero algo hizo que Fran López volviera a su tierra a meterse en un buen berenjenal. A pocos kilómetros del pueblo que le vio nacer, se embarcó en la reconstrucción de la antigua mansión de Jaume Martí i Tomàs, hijo de un comerciante fluvial del Ebro que, al no ser el primogénito y no heredar el negocio familiar, buscó fortuna en Buenos Aires allá por la década de 1870. Y vaya si la encontró.
Martí i Tomàs regresó a Xerta un par de décadas después, construyó este palacete y, durante los primeros años del siglo XX, vivió la gran vida en algo que se parecía mucho a lo que vemos ahora. Sin embargo, a principios del XXI, Villa Retiro era un desastre monumental. Resulta que, cuando estalló la Guerra Civil, sus herederos huyeron y la mansión se usó como almacén y acuartelamiento. Hay incluso indicios de que habría funcionado como hospital militar durante la batalla del Ebro. Por suerte, sobrevivieron sus características almenas, torrecillas y algunas piezas de un interior delicioso.
Domingo Vasco, el director del hotel, nos espera junto a la escalinata que sube hacia las habitaciones clásicas situadas en el palacete. La barandilla de forja es una de las piezas que se conservaron de la construcción modernista original, así como la reja de la claraboya que remata la escalera, las contraventanas, partes del solado hidráulico de las habitaciones y hasta un piano que hay junto a la recepción. Nos acompaña a desayunar en la antigua bodega del palacete, donde se conserva la cisterna en la que se recogía el agua de lluvia y donde se prepara un desayuno parcialmente a la carta que también diseña López.
Anejas al palacete indiano se encuentran las antiguas caballerizas, cocheras, fresqueras y viviendas de los empleados de la finca. Es aquí donde se ha instalado el restaurante que sublima la estancia. En él, cada año desde hace ahora dos décadas, López y su equipo diseñan un menú en el que cada pase se inspira en un lugar emblemático de Terres de l’Ebre, una región gastronómicamente infinita. Desde los pescados del delta hasta las carnes de Los Puertos, plantea un recorrido por el que bien podrían darle un premio, sin serlo, al mejor guía turístico de la región.
El nivel de implicación de López con el territorio se puede medir en que cada plato se sirve en un pedazo de artesanía que representa estos rincones de las cuatro comarcas de Terres de l’Ebre. Por ejemplo, la primera secuencia se presenta sobre cerámicas como las que encontramos en la Catedral del Vi de Pinell de Brai. Luego tomamos un consomé de sepia y jengibre con espuma de papada ibérica frente a la Torre de la Ermita de l’Aldea (el pueblo de López). Más adelante, un suquet de anguila al azafrán frente al faro del Fangar. Y terminamos con postres especiados frente a un casco que rememora a los templarios que construyeron el castillo de la imprescindible Miravet.
Veinte años antes de que se pusieran de moda los restaurantes de cocina de territorio, cuando Fran López todavía era un chavalín, dejó su trabajo en un restaurante de alta cocina de Francia para volver a su pueblo y abrir un proyecto que fuese único por lo que lo rodeaba. El gigantesco ficus tricentenario adosado al restaurante es un símbolo de la manera en que López ama a su tierra. El tronco estuvo a punto de arruinar las instalaciones del actual restaurante. Sus raíces se colaron por un pozo de 26 m de profundidad que se estima podría datar de entre el siglo XI y XIII. Pero allí nadie pensó en talarlo.
Bajo la premisa del respeto al legado de quienes estuvieron antes aquí, y de que lo que les convierte en únicos es lo que les rodea, decidieron aliarse con este “enemigo” y ahora, además de conseguir una sombra deliciosa para la terraza, les sirve para evitar oscilaciones térmicas y de humedad en una bodega en la que el sumiller Xavi Llopis guarda cerca de 600 referencias. La gran mayoría son de la región, pero, igual que López, tampoco quiere llevar al extremo la idea del territorio y, por ejemplo, sirve la gamba roja con un riesling de Austria y, quién lo iba a decir, parecen estar hechos el uno para el otro.
López Gilabert abrió el restaurante en 2006 y en 2009. No sé si a alguien se le ocurrió, pero deberían haberle bautizado el niño prodigio del Delta. No la ha perdido desde entonces y, de hecho, ha sumado nada menos que dos Soles Guía Repsol. Quizá no le guste leer que ya llegamos tarde para lo de “niño”, pero sin duda vale como candidato a embajador de honor de esta tierra.
HOTEL RESTAURANTE VILLA RETIRO. C/ Molins, 2. (Xerta, Tarragona). Tel. 977 473 810
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