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Son las 12:00 horas del mediodía y el calor aprieta en la plaza principal del pequeño pueblo de Escaladei, por eso buscamos con ansia una pequeña sombra que nos dé cobijo. Aquí esperamos a nuestra guía, que nos llevará de la mano durante la próxima hora y media en un viaje en el tiempo de lo más particular: el que nos permitirá conocer, con todo lujo de detalles, los orígenes del Priorat. O, más bien, los de su bodega más primitiva, Cellers de Scala Dei, que es, al fin y al cabo, lo mismo que hablar de la historia de toda una región.
Junto a nosotros, una veintena de personas más aguardan, en corrillo, a iniciar esta interesante gesta. “Esto que veis es el mapa de la DOQ Priorat, que no corresponde con las fronteras de la comarca del Priorat”, comenta Berta Camps, nuestra enérgica anfitriona, mientras sostiene en sus manos un mapa de la zona. “En la comarca del Priorat hay dos denominaciones de origen: la DOQ Priorat, que sería el corazón, y el Montsant, que lo rodea. La DOQ Priorat, y pongo énfasis en la Q, es porque se trata de una de las dos regiones calificadas que hay en el Estado español: Rioja y nosotros”, añade, orgullosa.
Camps, enóloga de profesión, es parte del equipo de Cellers de Scala Dei, tanto en lo que respecta a las rutas guiadas como en sus elaboraciones. Nos desvela en su discurso que el prestigio de ser considerados DOQ se debe no solo a sus viñas y a sus cepas —que también—, sino a la manera que tienen de tratarlas: debido a la complicada orografía de la región, que hace que las viñas se planten en empinadas terrazas —las más altas a 700 metros–, es imposible trabajar el terreno con máquinas. Es decir: aquí los tractores brillan por su ausencia, así que absolutamente todo se hace a mano, con el cariño, el cuidado y el respeto como herramientas más útiles. “Es un paisaje único y, además, está reconocido por la UNESCO como Patrimonio Agrario”, nos desvela.
Mientras Berta habla, nos fijamos en los muros de los vetustos edificios que nos rodean. Antiguas construcciones en piedra que también son parte de esta singular historia. “El Priorat nace aquí: aquí vivía el prior, que puso el nombre a las tierras del Priorat”, afirma nuestra guía. Fue en el siglo XII cuando se instaló en este preciso lugar un grupo de monjes cartujos llegados desde la Provenza, traídos tras la reconquista cristiana para gobernar la zona y procurar que se tornara rentable económicamente. Dispuestos a revolucionar la historia del lugar, fueron precisamente ellos los que apostaron por desarrollar una industria vinícola que, hasta aquel momento, había sido inexistente. “Escaladei no existía antes de los monjes”, aclara Camps.
“Dice la leyenda que, cuando llegaron a este lugar, se encontraron a un ermitaño que les dijo que, cada día, mientras echaba la siesta bajo una higuera, tenía una visión: que se abría el cielo y de allí bajaba una escalera por donde subían y bajaban los ángeles”. Esto hizo que los propios religiosos entendieran que se trataba del lugar idóneo, el punto perfecto de conexión entre cielo y tierra, para fundar su particular Escalera a Dios. “Donde se instalan, donde está el milagro, es donde hoy en día está la cartuja de Escaladei. El pueblo, donde ahora estamos, se creó como un núcleo más de bullicio, donde estaba el mercado, la gente llevando bienes, los monjes vendiendo... Aquí es donde se hacía el vino, aquí es donde estaba el movimiento”.
Así fue durante más de 600 años, hasta que la desamortización de Mendizábal expropió a la Iglesia de todos sus bienes y los monjes huyeron de la zona, dejando sus tierras huérfanas, sin nadie que las cultivara. “Aquí es donde entran en la historia cuatro familias de Barcelona, los Peire, la familia Garcia Fària, la familia Rius y la familia Duc, que huyendo de la Barcelona del siglo XIX, llena de gente, sucia, con enfermedades y pobreza, apostaron por esta industria vitícola y compran en la subasta las tierras de los monjes, junto a la cartuja y el pueblo”, explica nuestra guía. Dividieron el pueblo en cuatro partes, y cada una de esas familias comenzó a elaborar su propio vino. Hoy, sus nombres continúan presentes en algunas de las fachadas .Sin embargo, cuando apenas 100 años más tarde la filoxera hizo estragos en los cultivos de la región —y en los de toda Europa—, las cuatro familias lo vieron claro: era el momento de aunar fuerzas, de fusionar empresas, buscar capital externo y fundar Cellers de Scala Dei. “Por eso podemos decir, con mucho orgullo, que somos los herederos de los monjes cartujos”, afirma, con una inmensa sonrisa, Berta.
Con una historia tan interesante como intensa, es de esperar que los vinos que aquí se elaboran estén contagiados de esa suerte de magia que rodea todo lo que abarca el Priorat. Una tierra diferenciada por su dificultosa accesibilidad, sí, pero también por el tipo de roca de sus montañas y colinas. “Una característica que tiene el Priorat es la licorella, su tipo de suelo, que es muy pizarroso y no tiene absolutamente materia orgánica, además de que no retiene agua. Así que cuando llueve, que es poco, normalmente, el agua se escurre hacia abajo. La cepa sufre un estrés hídrico, y esto provoca que la uva se vuelva más pequeña, porque no hay agua. Entonces, como se hace más pequeña, hay más azúcares, por lo tanto, habrá más alcohol”, nos explica Berta.
Al mismo tiempo, en el Montsant, que es la descomunal montaña que protege el territorio en círculo, la roca es calcárea. Así que, cuando llueve, el agua se filtra y se queda. Es decir: las cepas que crecen en esta zona no sufren ese estrés hídrico, son más tranquilas, por lo que producen más cantidad. “Entonces… ¿Qué pasa? Pues que las bodegas de la zona a veces utilizamos ambas: hay gente que tiene viñas en Priorat y hay otros que en Montsant, así que, en ocasiones, se mezclan las dos porque, mientras las del Montsant te da frescor, fruta y ligereza, las del Priorat te dan estructura, cuerpo, alcohol y tanino. Y ahí está la magia de hacer vinos en esta región”, sentencia Camps.
Nos adentramos en esa parte de las bodegas donde realmente se orquesta la producción. Ese espacio añejo donde la magia sucede, donde se juega a la alquimia para lograr vinos con los que dejar, a quienes los prueban, absolutamente enamorados. Y lo hacemos con los ojos bien abiertos, inspirando fuerte ese aroma inequívoco que nos recuerda que aquí, durante muchas décadas, se han venido creando grandes tesoros. Mientras nos fijamos en el lugar por donde, cada vendimia, llegan los camiones con las uvas, notamos que la temperatura ha bajado unos grados en el interior. “Las variedades que más se cultivan aquí son la garnacha y la cariñena”, nos cuenta Berta. “La primera es una variedad que da mucho alcohol, mucho cuerpo, pero es un poco plana, le falta nervio. En cambio, la cariñena es una variedad que no da tanto alcohol, pero da mucha acidez, da frescura. Si juntas garnacha y cariñena, claro, sale la ecuación perfecta”, añade, y nos desvela curiosidades como que en la zona también se cultivan otras uvas como la cabernet, la merlot o la syrah, o que solo el 1 % de su producción es de vinos blancos. A un lado, contemplamos viejas tinajas de cemento, incluso la antigua prensa de madera ya utilizada por los monjes cartujos en el pasado.
“Fermentamos en depósitos de acero inoxidable, normalmente, aunque también se puede fermentar en cemento o en madera. Una vez acaba esta parte, podemos hacer crianza. Normalmente en barricas de roble, que pueden ser francesas o americanas”, comenta Camps mientras nos invita a pasar a otro edificio contiguo, este de 1692. Donde un día vivió el procurador de la Cartuja de Escaladei, se halla hoy la sala de barricas más antigua de todo el Priorat. “Si bien somos una región que hace años y años que hacemos vino y, por lo tanto, tenemos viñas de hasta 100 años, solo hace 50 que embotellamos vino. Evidentemente es un vino al que tenemos mucho amor quienes formamos parte de Cellers de Scala Dei, pero que también es muy apreciado en general en la zona porque es el testimonio más antiguo de lo mucho que aguantan los vinos del Priorat. Llegamos a hacer, un buen año, hasta 200.000 botellas, de las que solo 4.000 son de vino blanco”, apunta. Y ahora, por fin, es hora de catar.
Otro de los antiguos edificios que componen la bodega, en esta ocasión, el que se sitúa justo frente a la sala de envejecimiento, en el lado opuesto del cuadrilátero que conforma la plaza principal de Escaladei, ha sido reformado para acoger un modernísimo centro de degustación y tienda. Allí, repartidos en mesas altas y bajas, nos dejamos querer por Berta y sus compañeros en una cata guiada de cuatro vinos. “Empezaremos con un vino joven, para que veáis la fruta, la frescura. Luego pasaremos a unos vinos con crianza, para ver la complejidad. Y terminaremos con un vino de viña vieja, para que entendáis lo que significa eso. Así veréis que todo lo que os he dicho se refleja en la copa: la concentración, el color, los aromas, los taninos, el alcohol… todo. Y entonces ya no hará falta que os lo explique más, porque lo habréis vivido vosotros mismos”, sonríe.
Y empieza la fiesta. Porque beberse el Priorat, siendo conscientes de la carga histórica que eso conlleva, se traduce en máximo disfrute. Desde el primer sorbo que nos es servido, el vino blanco de Cellers de Scala Dei de prensa directa y totalmente joven, cuya uva macabea ha sido cultivada en tierras de licorella, de ahí su mineralidad, al Pla dels Àngels, un rosado a base de garnacha 100 %. Después llegan los tintos: “El prior se llama así por el jefe de los monjes cartujos. Lo que hacemos aquí es hacer el vino que él habría bebido: un 60 % de garnacha de sus tierras, de las tierras de arcilla, y un 40 % de la licorella, de cariñena, syrah y cabernet. De esta manera tenemos aquí una fotografía del Priorat. No solo tenemos las cuatro variedades negras que más se plantan, sino que hay uva de los siete pueblos que conforman la DOQ”, nos cuenta Berta. Para acabar, y lo hacemos por todo lo alto, llega el turno del Cartoixa, un vino que lleva elaborándose en la bodega desde 1974. “Lo llevamos haciendo igual, aunque nos vamos adaptando al consumidor, siempre sin perder nuestra esencia”, sentencia.
Y así llega a su fin este singular viaje en el tiempo, que nos ha llevado a entender un territorio; a degustar, no solo sus icónicos vinos, sino a entablar una conversación, desde el paladar, con la tierra, con su gente y con su historia. A entender que, no importará en qué rincón del mundo nos animemos a abrir una botella de Cellers de Scala Dei, porque estaremos bebiendo un pedacito de este lugar tan especial. Y eso es, precisamente, lo que hace grandes los vinos del Priorat.
CELLERS SCALA DEI - Rambla Cartoixa, s/n. Escaladei, Tarragona. Tel. 977 82 71 73.
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