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Vitoria-Gasteiz

Vitoria, días de clorofila y vino

Es la Capital Verde Europea, la ciudad más comprometida con el medio ambiente, rodeada de verdores urbanos y parques naturales por todos los puntos cardinales, con carriles-bici que llevan hasta la playa (sí, sí, hasta la playa). Pero también es, paradójicamente, el paraíso del pintxo. Vitoria, capital de Euskadi, se declara abiertamente gay-friendly y es un imán para los amantes del arte, la arquitectura y la cocina contemporáneas. Pero, al mismo tiempo, conserva con mimo su casco medieval, los niños siguen cambiando cromos en la Plaza de España y un señor sube cada dos días a revisar y dar cuerda a los relojes de sus torres. A veces parece que se han parado, los relojes. Otras diríase que adelantan, mucho, muchísimo.


Primera mañana

Una catedral de libro

REDACCIÓN GUÍA REPSOL (@GuiaRepsol)

9:30  El ‘aeropuerto’ de Celedón

Si lo primero que hay que visitar es lo más importante (lógico), por donde habría que empezar a recorrer Vitoria sería por la catedral de Santa María, pero como el primer pase no es hasta las 10.30, se lo puede uno tomar con calma e irle cogiendo el pulso a la ciudad en la plaza de la Virgen Blanca, corazón, punto de encuentro y pista donde Celedón, símbolo de las Fiestas de la Virgen Blanca,  aterriza todos los agostos para el pistoletazo de su semana festiva.

Para desayunar, ahí están el Café Dublín, de acogedor suelo de roble y esquina acristalada, o la antigua ferretería, ahora llamada Ferrey forrada de piel de vaca, donde se sirven cruasanes en vez de tornillos. De noche, una alfombra de luces trapezoidales y un sugerente baile de aguas (esto, en verano) convierten la plaza en un escenario hipnótico. Al lado está la Plaza de España y, en ella, la oficina de turismo. Las dudas, a partir de las diez, que es cuando abre.

10:00  La Kutxi, la Pinto, la Zapa…

Por la cuesta de San Francisco se sube en tres minutos justos a la calle Cuchillería, Kutxi para los amigos. En realidad, casi todos le dicen ya así, como a la calle Pintorería le dicen Pinto y a Zapatería, Zapa. El caso es que en el número 54 de esta vieja calle gremial, una de las nueve que forman la llamada Almendra o casco medieval, se encuentra Bibat, “dos en uno” en euskera, complejo museístico que desde 2009 agrupa el Museo Fournier de Naipes, ubicado en el palacio renacentista de Bendaña, y el Museo de Arqueología, éste en un moderno edificio diseñado por Patxi Mangado que se ha convertido en uno de los más emblemáticos de la capital vasca. Es un espacio denso, austero, contundente, blindado con 100 toneladas de chapa de bronce. Como un cofre.

10:30   Catedral abierta por obras

Avanzando 200 metros más por Kutxi, se llega junto a la catedral gótica de Santa María, que ahora sí, es ya el momento de visitarla. Lleva llena de andamios y obreros desde hace más de un década, cuando se vio que se venía abajo. No importa. Al contrario, es la gracia, recorrerla con casco y husmear a capricho, arriba y abajo, en las alturas inaccesibles y en los cimientos, como uno más de los arqueólogos y los canteros que la están restaurando. Es lo que atrajo a Paulo Coelho, a José Saramago o a Ken Follet, quien, según dijo, se había inspirado en ella para escribir Un mundo sin fin, la continuación de Los pilares de la tierra. Le gustó tanto al galés, que la ciudad decidió que debía quedarse allí para siempre, esculpido en bronce, en la puerta. Se puede visitar sólo la catedral, o la catedral y la torre, o (la opción más interesante) la catedral y la muralla. 

La catedral de Santa María está llena de andamios, lo que permite recorrerla con casco y husmear en las alturas y en los cimientos

Interior Catedral
Interior Catedral. / Quintas

13:00 El mercado de la Almendra 

Si al salir de la catedral se descubren las calles abarrotadas de tenderetes y de gente con cara de haber tomado ya dos o tres potes de vino, es que es el primer sábado del mes y se está celebrando el mercado de la Almendra. También se nota que es el primer sábado en que la entrada a todos los museos de la ciudad, menos al Artium, es gratuita.

En el mercado participan 180 comerciantes y artesanos (tradicionales, pero también nuevos diseñadores) y se organizan actividades para los niños. Los adultos que se aburren viendo puestos pueden emprender además la ruta de las Barricas, en la que varios bares de la zona (entre 15 y 20) ofrecen un pintxo con un pote o un zurito de cerveza por 1,5 euros. 

Primera tarde

Lo mejor de la Almendra

14:00  Pintxos de campeonato

En Vitoria existe una apabullante oferta de barras de pintxos, imposible de abarcar, no ya en 48 horas, sino en 48 días. El atónito visitante puede hacer, según le informan en la oficina de turismo, ¡más de 20 rutas de pintxos! Además de por distintas zonas, las hay para cada día de la semana y para fechas concretas, como la ya mentada de las Barricas. En la mayoría de las rutas, el pote y el pintxo salen por un euro. El folleto con las distintas rutas puede descargarse aquí.

Una barra muy justamente premiada es la del Toloño: grandes riojas alaveses y todo tipo de pintxos, desde la clásica gilda (guindilla, anchoa y aceituna) hasta virguerías como el erizo de mar en su hábitat o las Rías Baixas con perlas de caviar cítrico. También ha ganado unos cuantos premios el bar Erkiaga: casi tan célebre como su vieira del peregrino –confitada a baja temperatura con reducción de albariño, vinagreta de algas y espuma de mejillón sobre una base decorativa humeante de hielo seco– es su menú diario de cocina tradicional con aportaciones contemporáneas por solo 9 euros. Fuera del casco medieval, el rey del pintxo es Iñaki Rodaballo, cuyos platillos son obras de arte culinarias y humorísticas, como el chip’s & ron (patata, chipirones y unas gotas de ron) o la cerberza (guiso de cerdo, cerveza y berza). Para un picoteo más cool, la referencia es el Vittoria Bar, un local de diseño donde los pintxos se acompañan de algún champán o gin-tonic. 

17:00  Palacios del naipe y del jazz

Después de la catedral y de los bares, lo mejor de la Almendra son los palacios renacentistas. En la calle Cuchillería, en el 24, está la Casa del Cordón, y poco más allá el palacio de Villasuso, en la hermosa plaza del Machete, evocadora de los días en que el emperador Carlos V residió en la ciudad. En el 2 de Fray Zacarías se alza el palacio de Montehermoso, que está unido al antiguo depósito de aguas de la ciudad –subterráneo, de 1885–, formando un espectacular contenedor de arte contemporáneo. Este centro cultural acoge y produce arte crítico, con especial atención a las obras sobre igualdad de género. Su bar-terraza Hor Dago se presta al jazz más rompedor durante el festival de verano. Tres números más allá está el palacio de Escoriaza-Esquibel, el mejor conservado de todos, con espectacular patio de doble arquería.

Palacio Escoriaza-Esquibel
Palacio Escoriaza-Esquibel. / Quintas

21:00  Trufas, cangrejos risueños y brasas

Si a mediodía se comió de pintxos –a salto de barra, por así decirlo¬–, lo suyo es cenar con sosiego en un buen restaurante; si se puede, el mejor. Dos soles Repsol tiene Zaldiaran, cuyo chef, Patxi Eceiza, se declara amante de la trufa, así que es obligado pedir las láminas de trufa negra con yema de huevo a baja temperatura, tocino confitado y espuma de patata, o cualquier otro de los platos que la incorpore esa temporada, porque la carta cambia cuatro veces al año. Muy aconsejables, las medias raciones, para poder probar más cosas, o el menú degustación.

La ambientación es una de las grandes bazas de Ikea, restaurante con un sol Repsol e interiorismo de Javier Mariscal y Fernando Salas que pone un marco sorprendente y bienhumorado –las lámparas son cangrejos sonrientes a las creaciones culinarias de Iñaki Moya. Ikea, en euskera, significa colina, y eso parece este restaurante, una casita en lo alto de una colina de cuento y de diseño.

Una tercera gran opción es Sagartoki, asador-sidrería con una barra a la entrada que ha merecido innumerables galardones por la calidad de sus pintxos de autor, y comedor contiguo donde triunfa la cocina tradicional a la brasa (¡qué pescados!), con el punto especialísimo que le da Senén González, cocinero autodidacta y dj ocasional en Ibiza.

23:00  Marcha hasta las 4.30

La ruta de copas comienza, obligatoriamente, en la parte vieja. Dos sitios de los que hablan bien casi todo el mundo son Zabala, una gruta de diseño con fiestas temáticas cada dos por tres, camareros simpáticos y ambiente chic, y Zilarrán, bar apreciado por sus óptimos cubatas –en versión pecera y muy asequibles– y gin-tonics. Los locales de la Almendra cierran a las tres de la madrugada. Fuera de ésta, aunque por muy poco, están el Plaza Café, uno de los bares que han apostado más fuerte por el diseño, y el ya mentado Café Dublín, que se define como un miniespacio multicultural, con exposiciones, conciertos, dj’s todos los sábados y mucho jazz. Otros bares donde se sirve cultura son The Man in the Moon y Hor Dago.

En el ensanche, la diversión continúa hasta las 4 o 4:30. Aquí los sitios que triunfan son 4 Azules, Río, Juke Box y Worldmusic. Además de esto, hay que andar atentos a lo que se programa en dos salas de conciertos: Jimmy Jazz  y la más grande y cañera Hell Dorado.

Segunda mañana

Entre humedales

10:00  Tesoros ecológicos

Después de estar metidos todo el día de ayer en la Almendra, apetece salir y estirarse. Lugares para hacerlo no faltan. La capital vasca es una de las ciudades europeas con mayor superficie de espacios verdes por persona, unos 42 metros cuadrados: en total, más de diez millones de metros cuadrados de parques para pasear, correr, pedalear, observar aves y ciervos o montar a caballo. Uno de los principales motivos por el que la Comisión Europea ha concedido a Vitoria el título de European Green Capital es su Anillo Verde, un ambicioso plan de recuperación ambiental de seis enclaves de alto valor ecológico y paisajístico de la periferia de la ciudad, ya restaurados o en proceso de restauración: Zabalgana, el bosque de Armentia, Olarizu, los parques de los ríos Alegría y Zadorra…

Entre todos ellos, destaca el de los humedales de Salburua, un espacio de 200 hectáreas formado por varias lagunas y un pequeño robledal donde habitan más de 200 especies animales, desde garzas hasta ciervos, pasando por visones europeos. Se puede visitar a pie o en bici, por libre o participando en las actividades que organiza el Centro de Interpretación Ataria: rutas guiadas, talleres, charlas, anillamiento de pájaros... Sólo por ver el moderno edificio del centro Ataria, obra de QVE arquitectos, con un espectacular mirador volado sobre las aguas, ya merece la pena. Una buena manera de recorrer el Anillo Verde, así como los muchos parques y jardines urbanos de Vitoria (El Prado, Arriaga, Judimendi, San Martín…), es en bici. Existe un servicio de préstamo gratuito con más de 500 bicis disponibles en 17 puntos distintos de la ciudad. El plano de los carriles-bici de Vitoria se puede descargar aquí.

12:30  Una medicina dulce y centenaria

Para recuperarse del ejercicio, los doctores aconsejan tomar azúcar, medicina no muy difícil de conseguir en Vitoria, cuyos chocolates, confituras y mermeladas gozan de inmejorable reputación en España y en América desde el siglo XVIII. Cerró no hace mucho Hueto, que era el Matusalén de los obradores (más de 175 años), pero aún sobreviven varias pastelerías centenarias, como Sosoaga, una de cuyas cuatro tiendas, en Diputación, 4, abrió sus puertas en 1868. Lo más rico que hacen son los chuchitos y el goxua. Un siglo y cuarto lleva al pie del dulce cañón Confituras Goya, ganándose el corazón y el estómago de los vitorianos con sus vasquitos y sus nesquitas. Y siete décadas, que tampoco es moco de pavo, La Peña Dulce, cuya especialidad son las trufas, de las que hacen diez variedades. 

Segunda tarde

Un paseo señorial

14:00 Artium: ‘picassos’ a la hora de comer

A tiro de piedra de la Almendra, en el 24 de la calle Francia, aguarda al viajero el Centro Museo de Arte Vasco Contemporáneo Artium. El arquitecto José Luis Catón heredó el boquetazo de un parking inacabado y lo convirtió en un museo-bodega para mostrar las 3.000 obras que atesora la Diputación Foral de Álava. A los picassos, dalís, mirós, sauras, tàpies, chillidas y oteizas, se han unido obras de Bill Viola, Juan Muñoz y Vik Muniz. Además de exposiciones, hay ciclos de cine, conciertos de música electrónica, danza contemporánea, recitales poéticos, conferencias...

Puede parecer un poco rara esta hora para visitar el museo, pero deja de parecerlo cuando se sabe que tiene un buen restaurante, Cube, con decoración vanguardista, productos de calidad y precios bastante ajustados. Justo enfrente del Artium, sorprende al visitante un enorme mural que cubre la fachada de la escuela para adultos EPA. Forma parte del itinerario de La ciudad pintada, un original proyecto que ha llenado de color las calles de la almendra medieval para que los ciudadanos disfruten del arte al aire libre.

17:00 Ruta romántica

Al igual que la Almendra tiene sus palacios y sus iglesias, el ensanche romántico posee edificios bien hermosos y se presta a un paseo para verlos, empezando por la calle Eduardo Dato, que es la principal arteria comercial de la ciudad. En el número 1 está el Banco de Vitoria, de 1928; en el 2, las Casas de Arrieta, y en el 14-16, la Caja Laboral, que era el antiguo Café Suizo, de 1870.

En la plaza del Arca, llaman la atención el edificio del Bankoa, que semeja una antigua casa-torre, y el del Banco Santander, que mezcla elementos medievales con toques románticos. Aquí hay que doblar a la derecha, buscando la calle San Antonio, donde se alzan la Casa Pando-Argüelles, de 1911, que destaca por su cúpula azul con estrellas naranjas; y la Casa de Música , cuya fachada data de 1880.

Los siguientes hitos son el Teatro Principal, construido en 1917 por Cesáreo Iradier, quien se inspiró en el Teatro de Madrid, de estilo italiano; la Casa Fournier, de 1866, donde Heraclio Fournier instaló su primera fábrica de naipes; y la estación de tren. El actual edificio es de 1929, pero recuerda la llegada del ferrocarril en el siglo XIX (1862) y la transformación más grande que ha vivido la ciudad.

21:00  Una cena muy clásica o muy moderna

Para la última cena, dos opciones radicalmente distintas. Primera, el restaurante Arkupe, para darse todo un homenaje de comida tradicional vasca bajo ese paseo de los Arquillos que tanto gustaba a Ignacio Aldecoa. Y segunda, MarmitaCo, un gastrobar que bajo el lema es “cocina de etiqueta a precios minimalistas” lleva años alucinando a los jurados de los concursos que gana con creaciones como la llamada floración, un pintxo en que el comensal riega su maceta y los ingredientes germinan ante sus propios ojos.


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Fecha de actualización: 8 de noviembre de 2016

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