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Como todo en Alentejo, el cuidado de los alcornoques y la recogida de su corteza son procesos que llevan tiempo y que exigen paciencia. “Puedes plantar un alcornoque y hasta dentro de unos 25 años, más o menos, no dará producción. Además, la corteza se retira y luego hay que dejar que se regenere durante otros nueve años para volver a recolectar”, explica Ruben Obadia, communication manager de la Agencia de promoción turística de Alentejo. De aquí sale la mayor producción de corcho del mundo, aunque el alcornoque está protegido en el país no solo por su aportación económica sino también porque su mantenimiento garantiza el equilibrio del ecosistema alentejano.
Este árbol ha definido el paisaje alentejano, tanto como el de los olivos o las vides. Por eso, recomendamos empaparse de estas vistas paseando por caminos que permitan apreciar estos montados (bosques de alcornoques), que son mucho más que naturaleza: son una auténtica forma de vida en Alentejo.
La subida hasta Marvão, ubicado en el Parque Natural de la Sierra de San Mamés, es un regalo para los sentidos. Se trata de pueblo anclado en siglos pasados, se estima que fue fundando por Ibn Maruán en el s.IX, y con un castillo intacto al paso del tiempo. Pasear por sus calles empedradas y en cuesta es atravesar una máquina del tiempo, que aconsejamos visitar temprano para que nada ni nadie perturbe esa sensación de regreso al pasado. “Dicen que desde las cima del castillo se ven las espaldas de las águilas”, asegura Ruben, porque debido a la altura de la construcción en lo alto de la montaña las aves protegidas del parque natural, águilas y buitres, son más fáciles de ver. Sí, aquí el birdwatching está garantizado.
Y en julio, el planazo cultural, porque aquí se celebra el Festival Internacional de Música de Marvão que reúne a músicos de todas partes. Por cierto, algún concierto tiene lugar en Torre de Palma Wine Hotel, que colabora con el festival. Toma nota.
El Museo del Lagar en la pequeña aldea de Galegos, con 13 habitantes actualmente, es un buen plan en Alentejo. Antonio Melara, dueño del museo y productor del aceite de oliva conocido como Marvao, explica en profundidad el proceso de la generación del aceite de oliva virgen, ese líquido tan preciado que sale de la primera prensa y que como insiste el propio Melara, “no debe confundirse con otros aceites solo llamados de oliva”. Pasarse por aquí también es conocer cómo se tratan los olivares tradicionales en esta tierra, donde el descanso y el mimo de los árboles es casi sagrado y el círculo sostenible de ganadería y cultivos van de la mano.
El pueblo, que está comenzando a crecer con ese regreso al campo para recuperar el gran tesoro de la zona, se vuelca en un oleoturismo que se suma a la propuesta de cómodas casa rurales, deportes de aventura o senderismo interesante en esta zona fronteriza donde la proximidad de España mantuvo el contrabando bien activo durante décadas.
“Nuestra misión es que la estancia de quienes nos visitan sea una experiencia inolvidable”. Con esta máxima, la empresa de turismo Pombais organiza rutas de todo tipo, pero las que se hacen con EZ riders (una especie de segway con asiento) son un éxito garantizado.
Con una duración de tres horas aproximadamente merece mucho la pena para adentrarse en los caminos del campo de la región que incluye monumentos megalíticos. Pura naturaleza para disfrutar con la bajada hasta la orilla del río que ejerce de frontera entre Portugal y España, ideal para un chapuzón en verano. Pero también para conocer lugares increíbles como la Estación de Tren de Beirã, con una fachada de azulejos para echar la tarde entera admirándolos, o ver en lo que la han convertido la comunidad local que ha aprovechado todos los espacios. Ahí mismo, un hotel, Train Spot, en lo que era la antigua cantina de la estación. Una maravilla.
Portugal está muy asociado al azulejo y con una visita al Museu Berardo Estremoz puedes entender perfectamente el porqué. No solo profundiza en el azulejo luso, sino también en el de otras partes del mundo, como el antiguo Egipto, Irán o España.
Aconsejamos hacer la visita guiada, solo así se puede entender la evolución de las técnicas y desarrollo creativo a lo largo de los siglos, las influencias y características de cada escuela dependiendo del período artístico y de la sociedad. Una preciosidad con 35 salas para perderse y regresar con ganas de alicatar la casa entera con azulejos portugueses.
En Estremoz, el mercado de los sábados es una llamada a todos los habitantes de la región y a los visitantes con ganas de conocer los productos más característicos de la zona, como el famoso pan alentejano, sus embutidos o sus dulces conventuales. Además, hay una parte para adentrase en el fascinante mundo de las antigüedades o las alfombras de la zona, con un trabajo y una originalidad, que bien merecen los euros que valen.
Si ya visitamos museos y mercado, no estaría de más darse una vuelta por el castillo, las plazas o las calles de este pueblo. Y así descubrir por qué es conocida como la ciudad blanca. El mármol que sale de aquí no solo se ha usado para sus palacios, fuentes o fachadas, hasta las aceras están hechas con este material.
Hace 300 años, las mujeres de Estremoz querían tener su propio santo en casa. Sin embargo, comprar las figuras religiosas talladas en madera era demasiado caro para la mayoría y, como solución, las mujeres de la zona, a quienes se les empezó a llamar bonequeiras, comenzaron a modelar y producir sus propios muñecos utilizando la tierra y el barro local.
Durante la visita guiada al Centro Interpretativo do Boneco de Estremoz, descubrimos que esta tradición fue reconocida como Patrimonio Cultural Inmaterial por la UNESCO. El recorrido destaca piezas icónicas como el ‘Amor es Ciego’, representaciones religiosas y escenas que ilustran la vida cotidiana y las profesiones rurales del Alentejo. Un souvenir único y original para llevar en la maleta y admirar en casa la laboriosa confección de las figuritas con su belleza colorida.
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