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Páramos desolados dominados por la nieve, caballos pastando en libertad, pueblos aislados, cumbres de caliza moldeadas por glaciares y un embalse con forma de fiordo. Y, por supuesto, frío, mucho frío. Descubrimos uno de esos territorios que parecen sacados del Ártico pero a un paso de la A-66. “¡Despierta, que estás en Babia!”. Ponemos rumbo a la Siberia de León.
Basta abandonar la Vía de la Plata a la altura del embalse de Barrios de Luna para que el paisaje empiece a cambiar de golpe, como si la suave tierra de campos se transformara al encontrarse con los picos calcáreos de la Cordillera Cantábrica. Esta vez no la atravesamos, sino que exploramos el corredor natural que parece sacado de latitudes nórdicas. Ahora el asfalto se estrecha y el horizonte se abre en lomas amplias, en parameras cubiertas de escarcha y en pastos de altura donde el viento rompe el silencio y obliga a abrigarse nada más bajar del coche. Especialmente en invierno, claro. En verano es otra historia. Entramos en el Parque Natural de los Valles de Babia y Luna (555 km2), uno de los espacios protegidos más extensos, salvajes y despoblados de la provincia de León.
Babia y Luna se muestran al viajero como una sucesión de grandes vaguadas abiertas donde la llanura se extiende desde el riachuelo y la laguna hasta un horizonte de montañas afiladas donde escalan pequeñas brañas de altura, antiguo refugio de pastores trashumantes. Una manada de vacas se planta en mitad de la carretera CL-626 ante la pasiva mirada de sus vigilantes mastines; los caballos nos miran con curiosidad desde el centro de la pampa helada mientras el Peña Ubiña aparece y desaparece entre la bruma para dibujar el techo del Parque Natural y la frontera con Asturias. Hablamos de uno de esos territorios que pasan desapercibidos para los viajeros que acuden al Principado o a León pero a un paso de la autopista. Esta vez tomamos la carretera secundaria para descubrir los imprescindibles del Parque Natural de Babia y Luna.
El embalse de Barrios de Luna es la gran puerta de entrada al Parque Natural y uno de los paisajes más reconocibles para el viajero de carretera. Esta lámina de agua encajada entre montañas adopta un aspecto nórdico en invierno, con brazos que parecen fiordos y reflejos que multiplican las cumbres circundantes. Conducimos por la CL-626 desde la localidad de Barrios de Luna para ascender hasta lo alto de la presa, de 82 metros de altura e inaugurada en 1954 para regular el río Luna para el riego de las vegas y la producción hidroeléctrica. Este embalse puede almacenar más de 300 hectómetros cúbicos de agua y ocupa alrededor de 1.100 hectáreas. Su construcción supuso una profunda transformación social ya que una quincena de pueblos quedaron anegados bajo sus aguas, obligando a cientos de vecinos a reubicarse en localidades cercanas como Barrios de Luna, Sena de Luna o Los Barrios.
Continuamos por la ribera oriental del pantano, a la sombra de la Peña El Salto, rumbo al Club Náutico de León pasando por el mirador del embalse y la Isla de los Conejos. El ascenso a pie a El Salto es una ruta ideal para contemplar la panorámica de estos fiordos de León, con permiso de los del embalse de Riaño. Si bien en verano el Club Náutico, con su playa y embarcadero, se convierte en una postal idílica bajo montañas, ahora en invierno parece más bien sacado de una del mar Báltico o del estrecho de Bering debido a los temporales de nieve que balancean los veleros. Recuerda: “Rusia”.
La nieve y la niebla nos dan un respiro para contemplar el gran hito que sorprende al viajero al bordear el embalse de Barrios de Luna. Hablamos del icónico puente “Ingeniero Carlos Fernández Casado”. Esta construcción irrumpe en mitad del paisaje para atravesar el brazo principal del embalse por la autopista A-66. Este puente atirantado de hormigón fue inaugurado en 1983 y durante años ostentó el récord de mayor vano central de este tipo del mundo, con una luz de 440 metros entre sus pilas principales. Pasamos por debajo de esta estructura de 643 metros de longitud para continuar rumbo oeste por la CL-626 y avanzar en paralelo a la cordillera.
Nos despedimos del pantano de Barrios de Luna, al que se asoma la ermita de San Martín y el mirador de Láncara de Luna, para adentrarnos en el corazón del Parque Natural. Este comprende dos comarcas, la de Luna y la de Babia, y un duelo de paisajes disputado por una vasta estepa fría que deja paso a las praderas de altura entre cumbres donde el tiempo se ha congelado hace 50 años. El cese de la nieve permite apreciar la panorámica de este territorio situado por encima de los 1.300 metros dividido por muros de piedra, cercas ganaderas y algún camino solitario. Aquí la ganadería de altura y la trashumancia han sido prácticas que han condicionado históricamente la biodiversidad y la fisonomía de la Reserva de la Biosfera de Babia y Luna. Este espacio protegido se encuentra delimitado al norte por una línea de cumbres por encima de los 2.000 metros como Peña Ubiña, Alto Rosapero y Picos Blancos. El borde meridional está modelado por un cinturón montañoso en el que destaca el pico La Cañada, de 2.154 metros de altura. Entre ambos se extiende esta gran estepa de León, donde se concentran la mayoría de núcleos de población de la comarca como Sena de Luna, Mirantes de Luna, Villafeliz de Babia, San Emiliano, Torrebarrio o Torrestío que acumulan apenas 5.000 habitantes.
La CL-626 sigue el curso del río Luna, regado por incontables arroyos que descienden por las praderas; y la LE-481, el del río Torrestío, que desciende desde las cumbres de norte a sur. Tomamos el desvío por esta segunda vía para explorar el valle de San Emiliano y avanzar hasta Torrebarrio donde irrumpe la silueta del poderoso Peña Ubiña. El pueblo es uno de los mejores miradores para contemplar esta mole de caliza que preside el macizo homónimo desde 2.417 metros de altitud para marcar la frontera asturleonesa. Sus laderas abruptas, surcadas por canales y corredores, contrastan con la suavidad de los valles abiertos de Babia. Las antiguas glaciaciones del Cuaternario modelaron estas montañas excavando circos, valles en forma de “U” como el de San Emiliano, depósitos morrénicos que todavía se reconocen en los fondos de valle y lagunas glaciares como la de Babia.
“En esta zona destaca la presencia esporádica pero constante del oso pardo cantábrico para el que este territorio puede constituir una vía de conexión entre individuos de los núcleos oriental y occidental de la población cantábrica”, como explican los expertos de Patrimonio Natural de Castilla y León. “Aunque no es especialmente conocido, también destaca su interés ornitológico con excelentes poblaciones de aves ligadas a los ambientes alpinos como el treparriscos, perdiz pardilla o acentor alpino y una diversa población de rapaces como el abejero europeo, alimoche, águila culebrera, águila real y halcón peregrino”, concluyen desde la organización.
Otra opción de ruta por carretera es la de ascender hasta el Puerto de la Ventana (1.587 metros), un paso histórico entre León y Asturias que refuerza esa sensación de paisaje extremo y remoto. Esta vez retomaremos el camino hacia San Emiliano para cruzar el Prado Veneiro por la LE-3411 y adentrarnos en solitario en este páramo ganadero envuelto por la nieve que bien justifica el sobrenombre de Siberia de León. Pero, ¿de donde viene lo de “estar en Babia"?
El origen de la famosa expresión tiene raíces que se pierden entre la historia y la tradición popular. Algunos historiadores señalan que en la Edad Media la comarca era un territorio de abundante caza, elegido por los reyes de León como lugar de reposo para alejarse del bullicio y los conflictos de la corte. “Estas ausencias del Rey motivaban a menudo la inquietud de los súbditos a quienes, cuando preguntaban por él, se les respondía evasivamente que el Rey estaba en Babia”. Así lo explican desde la asociación turística “Estás en Babia”. De ahí nació la idea de un lugar lejano, casi mítico, donde la mente podía vagar libre y ajena a la realidad inmediata. Pero, más allá de la anécdota, Babia sigue transmitiendo esa sensación de ensimismamiento gracias a su paisaje vasto, desierto y que parece muy lejano.
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