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Los pueblos de la costa donde ahora veranean celebridades tienen poco que ver con aquellos que conoció Juan Goytisolo cuando, a finales de la década de 1950, emprendió un viaje por lo que hoy llamamos parque natural del Cabo de Gata-Níjar. Lo hizo junto a Vicente Aranda, y su experiencia quedó reflejada en Campos de Níjar, un libro que se edita habitualmente con un mapa preciso del recorrido que realizaron, y cuya quinta edición incorporó las fotografías del futuro cineasta Aranda, que por entonces no había rodado ninguna película.
La ruta se puede replicar con total exactitud, aunque hacerlo tal como lo hicieron es un asunto más complejo. Ellos viajaron improvisando un poco, tomando autobuses, haciendo autoestop, caminando por senderos abrasadores y hasta subidos en una camioneta que llevaba a los trabajadores de los campos de Níjar hasta unas minas de Rodalquilar que ya están clausuradas. Pero ahí siguen y se pueden visitar, igual que los talleres alfareros de Níjar, las salinas de la Fabriquilla, los molinos, los castillos en ruinas, las chumberas y todos los pueblos por los que Goytisolo pasó hace casi setenta años, y de los que él ya intuía su enorme potencial turístico.
Campos de Níjar comienza aproximándose a la ciudad de Almería por la N-340, con Goytisolo sorprendido por el “universo exclusivamente mineral” que se le aparece cruzando el desierto de Tabernas. No le hace falta llegar a la capital para saber que ya quiere a esa ciudad “medio insular, medio africana” a través de todos los emigrantes que había conocido en Barcelona. Cataluña, por cierto, se aparece como una especie de Eldorado a ojos de quienes se enteran de su procedencia, que le tratan como a un extranjero llegado de un país mucho más avanzado.
Después de cruzar campos de cultivo experimentales y proyectos en construcción del Instituto Nacional de Colonización, su primer destino será Rodalquilar. Por aquellos años, en este poblado minero se escuchaba 24/7 el ruido de la planta Denver lavando toneladas de tierra para cribar oro. Justo este año se cumplen 60 años desde que dejó de funcionar, pero se conserva buena parte de esta enorme infraestructura en la que se ha instalado el Ecomuseo Casa de los Volcanes, un centro de interpretación sobre la geología del cabo de Gata y la historia de la minería local. La miseria laboral que describe Goytisolo contrasta con el testimonio de gente como Juan López Pérez “el checo”, un antiguo delineante de la empresa minera que nos cuenta cómo sus directores cuidaban de sus empleados construyendo, entre otras cosas, un poblado que hoy encontramos desgraciadamente en ruinas.
Desde aquí Goytisolo saltó a la villa de Níjar, que puede que sea el destino que menos ha cambiado de todo el recorrido. Ya no hay calles polvorientas ni niños que siguen a los forasteros como si fuesen marcianos, pero ahí sigue el famoso paseo que describe con sorna “como trasplantado de Sitges”, y de cuyas farolas se dice que el alcalde habría querido colgarlo. También siguen aquí sus alfareros que, ya por entonces, parecían “acostumbrados a la curiosidad de los mirones” y que hoy han aprendido que dejarse ver trabajar es el principal gancho para sus ventas.
El plan de Goytisolo era viajar de Níjar a Carboneras, pero pierde el autobús y se deja guiar por quien le dice que Cabo de Gata es más bonito. Paradojas, termina viviendo uno de los pasajes más sórdidos de su viaje: “Me alejo del oasis de verdor que varios siglos de trabajo silencioso y anónimo han logrado crear junto al pueblo y me interno en el desierto”. Lo hace a pie, atrochando por lo que hoy es el famoso mar de plástico (invernaderos), hasta llegar a San Miguel de Cabo de Gata.
“Hay una iglesia gris de construcción reciente, una cruz solitaria en recuerdo de los Caídos y una montaña de sal blanca, que parece de nieve.” La iglesia que construyó la empresa salinera sigue ahí, aunque ya no tan reciente. Y las montañas de sal. La mayoría son para la venta, pero ahora hay dos grandes montañas que se utilizan como miradores. La empresa que las explota ahora organiza visitas guiadas panorámicas para descubrir la historia y entresijos de estas marismas de origen natural en las que viven flamencos permanentemente, y de las que extraen una flor de sal de gran calidad.
Cuando Goytisolo viajó a Almería entre 1958 y 1959, todavía no se habían rodado Lawrence de Arabia o Por un puñado de dólares, títulos que catapultaron a la región como destino de rodajes de primer nivel. Por eso, en parte, en su camino hacia San José, el autor apenas pudo ver la miseria que legó la crisis de la minería. Hoy, sin embargo, en la misma noria del Pozo de los Frailes que visita Goytisolo, que ahora está flamantemente restaurada, nos encontramos a un señor perfectamente engalanado, Antonio Pérez, de 84 años, vecino de Albaricoques, que nos cuenta que Clint Eastwood se cambió varias veces de ropa en su habitación durante el rodaje de La muerte tenía un precio “cuando solo era un chaval al que nadie conocía”.
En la Isleta de Moro sobrevive un grupo de pescadores tradicionales.
El mar de plástico es parte de la identidad paisajística.
Poco tiene que ver el actual San José, vibrante, lleno de restaurantes, hoteles y empresas de aventura con aquel desgarrador en el que “la gente parece haber perdido aquí el gusto de vivir”. Tampoco responde a sus descripciones la deliciosa Isleta del Moro, más bien se presenta exactamente en oposición a ese pueblo que “irradia una belleza triste, inasequible para muchos, que decepcionaría, sin duda, a los coleccionistas de paisajes sentimentales”. Porque si algo irradian esos pescadores regresando en sus barcas al atardecer, es sentimentalismo.
Goytisolo regresa al interior, a los campos de Níjar donde apenas comienza a atisbarse la gran revolución agrícola que hoy los ha convertido en un mar de plástico. A su paso por Fernán Pérez, el molino “rueda aún, con un crujido sordo y, desde lejos, parece una flor de pétalos inmensos y abarquillados”. Ya no rueda, pero se ha restaurado junto a todo el cortijo al que pertenecía, y ahora funciona como alojamiento rural con encanto, o sea, la vía de salvación que Goytisolo ya preveía hace siete décadas.
Desde el principio del viaje, Carboneras va cobrando tintes casi mitológicos. Los habitantes del cabo tocan madera y se santiguan al escuchar “ese sitio que no se puede decir”. El miedo y la expectación hacen que el lector quiera llegar de una vez. Más aún después del viaje en un autobús al que Goytisolo bautiza como el Buque Fantasma “que flotaba entre los picos de la sierra, prisionero del barro y de las nubes”. Al llegar se cumplen las expectativas en este pueblo “replegado en sí mismo” y, sin embargo, Goytisolo acaba rendido a Almería, ya sintiéndose parte de ella. Pero ya no queda nada de aquel pueblo al que hoy insufla riqueza una planta cementera y un aluvión de turistas que buscan su playa deliciosa o los encantos de su flamante castillo-museo o su teatro. Nos encontramos con un pescador que teje sus redes y nos deja hacerle una fotografía; ha leído Campos de Níjar y no parece querer colgar a nadie de ningún farol.
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