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El estilo barroco se caracterizó por la ornamentación sobrecargada, la expresión exagerada de las pasiones, la exuberancia, el detalle elaborado, la pompa y el contraste. ¿Os suena algo de esto hoy en día? Una ruta por la arquitectura barroca en Valencia comenzaría en la Real Basílica de Nuestra Señora de los Desamparados y la Catedral, seguiríamos hasta el antiguo Convento del Carmen, la torre de Santa Catalina, la Iglesia de San Juan de la Cruz, la de San Martín Obispo, San Nicolás de Bari y San Pedro Mártir, el Monasterio de San Miguel de los Reyes y acabaríamos en el Museo de Bellas Artes para apreciar su colección de pintura barroca. De esta ruta nos quedamos con dos joyas que creemos son las que mejor conectan con los jóvenes: la recientemente rehabilitada Iglesia de los Santos Juanes y el opulento Palacio del Marqués de Dos Aguas, ambos en pleno centro de la ciudad.
Un edificio majestuoso que, inevitablemente, recuerda al excelso Palacio de Versalles. Aquí el barroco evoluciona al Rococó con una fachada cargada y teatral como un decorado de ópera: figuras mitológicas, esculturas retorcidas, un león feucho y una puerta de entrada monumental que invita a soñar con un pasado de grandeza. La fachada ahora se encuentra en restauración debido a los golpes sufridos por el camión de la hostelería vecina, pero aun así se percibe su belleza a través de las mallas que lo protegen.
Al entrar la guía nos cuenta que la construcción del palacio, de origen gótico, se debe a la familia Rabassa de Perellós, los Marqueses de Dos Aguas que, hacia 1740, emprendieron una gran reforma del palacio de la cual han subsistido la portada de alabastro y la cúpula de la escalera. Cien años después, el VII marqués se casó con la hija de los condes de Torrefiel y redecoraron el palacio con un estilo ecléctico e historicista conforme a la moda de la época. A principios del S.XX los condes cayeron en decadencia, vendieron los muebles y las colecciones y medio abandonaron el palacio que entró en grave deterioro hasta que fue recuperado por el coleccionista Manuel González Martí y, gracias a la donación de su obra cerámica al Estado, es actualmente el Museo Nacional de Cerámica y Artes Suntuarias “González Martí”.
Comenzamos la visita en la sala baja donde se encuentra una de las pocas carrozas nobiliarias del siglo XIX que todavía se conserva en buen estado en España. Bien dorada y recargada, la carroza de las ninfas del Marqués de Dos Aguas fue diseñada y pintada por Hipólito Rovira y tallada por el escultor Ignacio Vergara. Fue algo así como el Maseratti de la época, puro lujo y ostentación. En la primera planta se ubican varias de las estancias del palacio y se puede apreciar el modo de vida de los dueños con mobiliario, paredes y techos lujosos. El baño-que era algo absolutamente novedoso en la época-, las alcobas, el tocador, la sala de porcelana, donde todos los muebles son de ese incómodo y bello material -alguna de nuestras jóvenes visitantes lo comparó con las complicadas uñas de fantasía de hoy en día-, el Fumoir -donde los hombres se reunían a fumar y jugar a las cartas-, el oratorio, el comedor y el exótico salón chino, que refleja la tendencia por los ambientes orientales para los salones de té.
Una de las estancias más llamativas por su ornamentación especialmente lujosa es la Sala de Baile, donde los músicos tocaban en directo ocultos a los invitados, evitando así que viesen lo que sucedía en el baile y luego lo fueran contando. Esta estancia nos sumerge en otra época, con sus muebles, instrumentos, tapices y espejos. La guía cuenta que las fiestas comenzaban hacia las 9 de la noche y se extendían hasta las 3 o las 4 de la madrugada. Nuestras jóvenes dijeron sentirse como en un capítulo de los Bridgerton, con sus bailes de sociedad e intrigas palaciegas. Antes de irnos, nos dejamos sorprender por la maravillosa colección de cerámica y las pinturas de maestros valencianos del S.XX como Pinazo.
Nuestra siguiente visita aúna pasado gótico, esplendor barroco y tecnología contemporánea en uno de los conjuntos barrocos más importantes de España. Levantada en el siglo XIII sobre una antigua mezquita y un cementerio islámico, sufrió varios incendios y cambios hasta que, entre 1699 y 1702 vivió su transformación definitiva cuando la antigua bóveda gótica fue cubierta por una nueva bóveda de cañón con el gran programa decorativo ideado por Antonio Palomino, una de las figuras más destacadas del barroco español.
Una fotografía del interior de la iglesia, anterior al devastador incendio sufrido durante la Guerra Civil, ha permitido recuperar la decoración original de la Iglesia de los Santos Juanes, en un proceso donde arte y ciencia se han dado la mano explorando nuevas técnicas de restitución que serán objeto de estudio en las universidades. Cinco años de trabajo, más de 90 especialistas de la Universitat Politécnica de Valencia, con más de 80.000 horas de trabajo financiadas por la Fundación Hortensia Herrero, para devolver a la vida un edificio que mostraba un preocupante estado de deterioro.
Una vez dentro, 12 paneles informativos explican la historia del templo y todo el proceso de restauración. Un gran espejo en el suelo nos permite ver los frescos del techo con total claridad. Dos veces a la semana el templo ofrece la proyección Barroc Immersive, que transforma la iglesia en un espacio de luz, sonido y narrativa audiovisual, más propia de un centro de arte que de un edificio de culto, justo la propuesta que necesitamos para conectar con nuestras jóvenes zetas. Se trata de un viaje audiovisual que se sirve de la tecnología más avanzada para sumergirnos en la historia de la iglesia de los Santos Juanes desde una perspectiva simbólica.
Con música creada ex profeso para este espectáculo, donde la parte frontal de la cúpula o cascarón se convierte en lienzo en blanco sobre el que se proyecta. El templo queda envuelto en un juego lumínico que va transformando desde lo alegórico hasta mostrarnos los detalles más concretos de su decoración barroca. Se inicia con la alusión a los incendios y propone un viaje que muestra la exuberancia del barroco valenciano con efectos lumínicos que realzan el cielo pintado por Palomino, los estucos y dorados de la nave central.
Declarado Monumento Histórico Artístico Nacional, este templo—situado entre la Lonja de la Seda y el Mercado Central—recupera hoy su fuerza espiritual, artística y arquitectónica. Una curiosidad: en contraposición al águila de la veleta de la Iglesia de los Santos Juanes, conocida como el Pardal de Sant Joan, se halla la Cotorra del Mercat, una veleta sobre una de las cúpulas del vecino Mercado Central. Ambos símbolos parecen encontrarse en una lucha simbólica, la cotorra como emblema de lo mundano y el águila de lo espiritual. De hecho, en los sainetes valencianos del siglo XIX y principios del XX aparecía la Cotorra del Mercat manteniendo un diálogo, siempre pícaro y con doble sentido, con el Pardal de Sant Joan, a quien le contaba los chismorreos, las citas clandestinas y otras curiosidades que escuchaba de los transeúntes que pasaban por el mercado.
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