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Aunque parezca mentira, todavía es posible proponer planes fuera del radar de los algoritmos y del turismo de masas. Lugares que esquivan los filtros de Instagram y el postureo. Berlanga, al sur de Extremadura, pegando casi con Andalucía, es uno de esos destinos. Un pueblo de calles laberínticas y fachadas encaladas donde se respira una vida sin artificios y empapada de la luz limpia de la campiña.
Apenas a un kilómetro del casco urbano, aparece el giro de guion: el Parque Reserva Natural Las Quinientas, con un pinar de más de 200 hectáreas que se extiende junto a un lago. El nombre del parque hace referencia a las 500 fanegas de la finca municipal donde se encuentra. Pero es importante explicar que nadie en el pueblo lo llama por el nombre oficial. Para los berlangueños esto siempre ha sido Las Malvinas.
En primavera, en otoño y en las noches de verano, el parque de Las Malvinas se convierte en el epicentro de la vida del pueblo. Hay quien llega a primera hora para pasear, familias que vienen a pasar el día, niños dando pan a los patos o jugando en el parque, grupos de amigos alargando el aperitivo al sol y, cuando cae la noche, cenas al fresco que se estiran sin mirar el reloj.
Para quien visita el parque por primera vez, el paseo alrededor del lago es imprescindible. El camino de pizarra bordea el agua entre adelfas, orquídeas salvajes, aulagas, tomillo, romero o hinojo. Los primeros en dejarse ver son los patos y las cobayas, luego se adivinan los pavos reales y las gallinas de Guinea. Pero enseguida llegan las sorpresas: cabras enanas, llamas, dromedarios o vacas Highlands y watusi. En total, más de una veintena de especies conviven en este espacio. A todos ellos los conoce bien su cuidador, Gregorio. Tiene 22 años, es del pueblo y estudió un módulo superior de aprovechamiento y gestión forestal. Gregorio da de comer a los animales, limpia las cuadras y ejerce de guía cuando vienen colegios de visita.
En su ronda diaria nunca va solo. Le acompañan Platero y Oreo. Platero es un burro noble y tranquilo, “casi humano”, según Gregorio, que ha dedicado su vida a las tareas del campo. Cuando se hizo mayor y las labores agrícolas pesaban demasiado, la familia con la que vivía lo trajo al parque para que viviera feliz y tranquilo la última etapa de su vida. Aquí lleva ya ocho años y no se despega de su cuidador.
Oreo, en cambio, va a su aire. Es una cabra enana que no terminó de encajar con el resto y acabó haciendo migas con una vaca Highlands, que también se ha quedado un poco al margen de los suyos. Oreo sabe por dónde colarse para visitar cada día a su amiga con flequillo. La curiosa pareja se ha vuelto inseparable. Muy cerca de allí, asoman los cuernos de las vacas watusi. Impresionan de lejos y mucho más de cerca, pero Gregorio nos explica que no hay animales peligrosos en el parque. “Todos son animales mansos, de granja, algunos de granjas de por aquí y otros de granjas de otros lugares del mundo”.
El parque forma parte de una red de intercambio de animales con otros espacios similares del sur de España, lo que permite evitar problemas de consanguinidad en la cría. Funciona también como espacio de recuperación. El día antes de la visita de Guía Repsol, llegó al parque una cierva rescatada por el Seprona: “Alguien la tenía desde pequeña en una nave, se había criado en cautividad y ya no podía volver al medio natural”, nos explica Gregorio, que permanece atento a cómo la nueva vecina se integra con el resto de sus iguales y empieza a aprender de ellos.
El parque cuenta con senderos para pasear entre pinos y eucaliptos mientras se observa a los animales. También cuenta con aparcamiento gratuito, un área de juegos infantiles, fuentes, y zona de barbacoas y merenderos. Bordeando el perímetro exterior de Las Malvinas por el oeste, siguiendo el curso del arroyo Culebra, se llega al Puente de los Ocho Ojos, declarado Bien de Interés Cultural. El puente es de origen medieval, pero se levantó sobre los restos de un antiguo puente romano. Por aquí pasaba una calzada que conectaba Corduba (Córdoba) con Augusta Emerita (Mérida), en un corredor clave en la antigüedad para el comercio de metales.
Y después del paseo, nada como sentarse a disfrutar al aire libre de una caña y una tapa. Dentro del parque hay dos opciones para este plan: un restaurante y un Quiosco-Bar (Solete Guía Repsol). Ambos cuentan con terraza y sirven platos típicos y producto local. Con cartas efectivas y sin complicaciones.
El parque cuenta también con un albergue municipal, y un alojamiento rural con mucho encanto: cuatro chozos de estilo rústico construidos en piedra y madera. Cada uno de ellos con dos dormitorios, baño, cocina y un acogedor salón con chimenea. En el exterior, tres piscinas, barbacoas y merenderos completan el plan.
La magia de estos chozos está en que se encuentran dentro del perímetro de los animales, aunque convenientemente aislados. Imagina despertarte, abrir la puerta de tu chozo y que te dé los buenos días un dromedario o a un pavo real mientras te tomas el café y una perrunilla.
Al frente de la gestión de los chozos está Sandra Gutiérrez, ingeniera topográfica de formación, pero dedicada en cuerpo y alma a este proyecto. Sandra es también de Berlanga y tiene una filosofía muy clara: “Es una responsabilidad gestionar parte de este parque, que ha marcado la infancia de todos los berlangueños. El respeto al entorno es fundamental”. Por eso, Sandra señala que los chozos están pensados para viajeros con sensibilidad por la naturaleza: “Esta es la casa de los animales. Nosotros somos sus invitados. Tenemos que convivir con ellos y ser respetuosos”. Sandra organiza planes para sus visitantes: desde un "safari" para avistar linces, hasta noches de astroturismo para flipar con el cielo extremeño (que, por cierto, es de los más limpios de Europa). La combinación de pueblo, aire libre y animales atrae principalmente a un turismo familiar, aunque también llegan parejas en busca de naturaleza y tranquilidad.
La escapada a Berlanga se puede completar con un par de visitas muy recomendables. A 15 kilómetros está Llerena, incluido en la red de los pueblos más bonitos de España, con un importante patrimonio histórico y cultural. Muy cerca, y en la misma dirección, se encuentra el yacimiento romano de Regina, uno de los enclaves arqueológicos más importantes del sur de España. La joya del conjunto es el teatro, que tenía capacidad para unos mil espectadores y que está bastante bien conservado. Todavía hoy acoge representaciones en verano y funciona como subsede del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida.
En definitiva, esta propuesta va de planes sencillos que funcionan. De una tierra que no necesita disfrazarse para gustar. Y de ese tipo de escapadas que no estaban en el radar, pero acaban siendo justo lo que buscabas.
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