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Viajar al Pirineo aragonés es adentrarse en un universo donde el tiempo parece haberse detenido décadas -o siglos- atrás. Pueblos que se esparcen entre sus valles y cumbres que mantienen el legado medieval por sus calles, en las que la misma piedra que esculpe sus montañas refugia a sus vecinos. Aquí la naturaleza no es telón de fondo, sino parte fundamental a través de parques nacionales como Ordesa y Monte Perdido, cañones vertiginosos como el del Vero o bosques que en otoño tornan el verde de sus árboles en mares dorados.
Jaca es la capital oficiosa del Pirineo aragonés, un lugar donde la historia y el siglo XXI conviven bajo la fortaleza natural que la rodea la localidad. Su ciudadela pentagonal, del siglo XVI, es uno de los elementos defensivos más singulares de España, cobijando un casco antiguo en el que sus plazas y calles adoquinadas que conservan su pasado medieval. La catedral de San Pedro, una de las joyas del románico de nuestro país, no solo enamora al que la contempla, sino que incluso hizo que la escritora Edith Wharton describiese su interior asegurando que "el tiempo se aferra a las gruesas columnas como el serpenteo del incienso mismo". Durante los meses más fríos, Jaca se llena de viajeros que buscan la cercanía de las estaciones de esquí, mientras que cuando las temperaturas de la alta montaña son más benévolas, es el punto de partida de rutas y excursiones hacia valles verdes y ríos cristalinos. Además, en jaca han sabido hacer de la hostelería uno de sus mayores atractivos, con comercios y alojamientos ideales para una escapada familiar o en pareja.
La tranquilidad se respira en el claustro de la catedral de Jaca. Foto: Alfredo Cáliz
Aínsa se alza como un bastión medieval en la unión de los ríos Cinca y Ara, justo donde los Pirineos empiezan a levantar sus cumbres nevadas. Su casco histórico, con la piedra dorada que tanto representa al municipio, respira la huella de siglos de batallas. La plaza mayor, amplia y porticada, recibe a los visitantes en sus acogedores soportales. El castillo de Aínsa es el mayor ejemplo de su pasado medieval, que se recuerda cada año a través de la fiesta de la Morisma. Además, desde sus miradores se tiene una perspectiva privilegiada de la panorámica que recrea su embalse a los pies de las montañas.
Aínsa reclama la atención de sus visitantes desde la lejanía. Foto: Javier Martínez Mansilla
Como si se tratase de la puerta que da la bienvenida al Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, Torla-Ordesa despliega sus encantos antes del asombro de este icono natural. El pueblo, con sus casas de piedra y tejados oscuros, parece abrazarse a las montañas que lo rodean. Pasear por sus calles empedradas mientrase se escucha el discurrir del río Ara invita a disfrutar de este pueblo con calma, descubriendo todos sus encantos como la iglesia románica que corona el casco urbano. Desde aquí parten diversos itinerarios hacia unos bosques que son referencia del turismo de naturaleza, con cascadas que rugen con el agua del deshielo de las montañas y crean uno de los paisajes más hermosos del Pirineo aragonés.
En Torla-Ordesa la vida se desarrolla como hace décadas. Foto: Alfredo Cáliz
Los vecinos de Alquézar disfrutan del mejor balcón posible al cañón del río Vero desde sus calles de aire medieval. Las murallas de la localidad recuerdan las batallas vividas hace siglos, con portones y arcos en los que es fácil imaginar el paso de legiones defensivas. Su colegiata de Santa María Mayor, construida sobre un alto en el siglo IX como fortaleza árabe, parece resguardar las casas que constratan en su contrucción con otras de la zona, pues aquí es la arcilla el material predilecto. Muchos turistas eligen Alquézar como destino no solo por las particularidades de su casco histórico, sino para adentrarse en las refrescantes rutas que discurren siguiendo el Vero, en el que sus remansos crean pozas cristalinas en las que darse un chapuzón.
La colegiata de Santa María la Mayor domina la perspectiva de Alquézar. Foto: Ferrán Mallol
La ubicación privilegiada de Benasque hace que sea uno de los pueblos favoritos del Pirineo aragonés. En verano, cientos de senderistas se acercan hasta aquí para realizar rutas kiolémtricas en las que admirar los espacios naturales que rodean el pueblo, mientras que en invierno, son esquiadores y montañeros los turistas habituales. La historia que se respira en Benasque tiene un aroma a Renacentismo con edificios como el Palacio de los Condes de Ribagorza, la Casa Faure o la Casa Juste, mientras que sus alrededores mantienen esa panorámica de pinos y montaña clásica de la comarca.
Nada más cruzar el puente el puente medieval que salva el río, se tiene la sensación de estar entrando en un cuento en el que se vive en Sallent de Gállego. Las casas, construidas bajo los estándares tradicionales que emplean la piedra del entorno y tejados de pizarra a dos aguas, dan la bienvenida a uno de los pueblos más paradigmáticos del Pirineo de Huesca. La iglesia gótica y la plaza del mercado indican que esta es una población con una historia más dilatada que la de las estaciones de esquí, como la cercana de Formigal, que atraen a cientos de deportistas cada invierno.
Broto se abre como antesala del valle de Ordesa, anticipando la estética que acompañará a los viajeros durante su incursión hacia las montañas. Sus calles parecen dirigir al unísono hacia la coqueta ermita de San Clemente, pues a lo largo el paseo por este pequeño pueblo se respira la misma tranquilidad que en el pequeño templo. Una caminata de pocos minutos sitúa al caminante fuera de los límites urbanos para adentrarse en la naturaleza que lo rodea, donde se desploma la cascada del Sorrosal, el mayor espectáculo natural de la localidad.
Hay quien ha querido ver en Roda de Isábena un milagro románico en miniatura por ser el pueblo más pequeño de España con catedral propia. Desde lo alto de una colina, la Catedral de San Vicente se yergue como una especie de guardián que protege las casas bajo el templo. Este no es el único hito arquitectónico, pues caminando por las calles se admiran los pasadizos medievales y los restos de murallas que lo guardaron hace siglos y separan al pueblo del precioso entorno que lo rodea.
La historia de Lanuza goza de la misma épica que de encanto. La construcción del embalse que circunda sus casas hizo que sus vecinos tuviesen que abandonar la localidad antes de que el agua se tragase las viviendas a principios del siglo pasado. Sin embargo, sus habitantes lo reconstruyeron piedra a piedra y hoy se puede pasear por uno delos pueblos más bonitos del Pirineo aragonés. Cada verano, el festival Pirineos Sur llena el valle la música que hace de Lanuza una auténtica fiesta con la que, además de unos buenos bailes, disfrutar de cada rincón del pueblo y los alrededores.
Cerler, el pueblo más alto del Pirineo aragonés, se alza como un nido de águila entre montañas infinitas. Sus casas de piedra y madera resisten los inviernos bajo la nieve, mientras que en verano sus prados se llenan de pastores y senderistas. Más allá de su famosa estación de esquí, que ha marcado identidad y tradición, Cerler encarna la autenticidad de la vida de montaña, con vecinos que se resisten a que las tradiciones de este lugar queden en el olvido.
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