Alquézar

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Uno de los momentos en los que más brilla la belleza de Alquézar es el atardecer, momento en el que los tonos rojizos de sus construcciones se acentúan y en el que sus paisajes naturales se funden con ellas, brindándonos impresionantes vistas. Podemos acceder a este municipio oscense en coche, pero solo hasta la entrada. Ahí tendremos que aparcar el vehículo para empezar nuestro recorrido por la ciudad. Hay justificadas razones para impedir el tráfico: el casco urbano de Alquézar tiene la consideración de Conjunto Histórico-Artístico y hay una máxima preocupación por preservar al máximo su monumentalidad. Tampoco sería efectiva una visita en coche: el pueblo conserva una fisonomía completamente medieval en el trazado de sus calles, altas y estrechas, y de sus laberínticos callejones. En algunas casas, típicos ejemplos de la arquitectura aragonesa, podemos contemplar antiguos escudos, grabados y relieves. El propio nombre de la localidad nos aclara todo. Alquézar significa en árabe fortaleza; el pueblo surgió poblando la montaña a la sombra de un castillo. Aquella fortaleza inicial protegía el acceso a Barbastro. De ese castillo primitivo apenas queda hoy un torreón y parte de la muralla. Sobre esta edificación se construyó posteriormente la Colegiata de Santa María la Mayor, inicialmente románica aunque sus distintas reformas a lo largo del tiempo fueron alterando el estilo constructivo. La iglesia Parroquial de San Miguel Arcángel y la ermita de Nuestra Señora de las Nieves son otros dos puntos de interés que no debemos perdernos. Un atractivo extra para los amantes de la naturaleza es visitar el cañón del río Vero, en el que podremos practicar distintos deportes de aventura.

En algunos dinteles y portones de madera de Alquézar cuelgan patas de jabalí y garras de aves. Es una superstición para proteger la caza de las fuerzas del mal y para propiciar la fertilidad de los animales.

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