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¿No sería lamentable ver un embalse de hace 2.000 años colmatado de tierra y sin una gota de agua? Quizás no tanto si en ese lugar se erige un bello templo. Y, ¿es posible que el devastador reventón del dique de un pantano origine un tesoro artístico? Sí. Pero no una obra de arte cualquiera, ni más ni menos que unas pinturas de Goya. Pues bien, semejantes vínculos entre construcciones hidráulicas, religión y arte pictórico se descubre recorriendo el camino fluvial que va desde la localidad de Muel hasta la vecina Mezalocha.
Aquí todo va de agua. Del agua que acarrea el río Huerva desde la Sierra de Cucalón en Teruel hasta su desembocadura en el Ebro dentro del casco urbano de Zaragoza. En total son 128 kilómetros de recorrido, en los que destaca este corto paso entre Muel y Mezalocha, las dos poblaciones de la comarca Campo de Cariñena más próximas a la capital maña. Es un itinerario de menos de tres horas, entre la ida y la vuelta, pero merece la pena degustarlas sin prisa.
Algo así como media hora dista Muel de la ciudad de Zaragoza. Y cuando se llega a este pueblecito no hay pérdida posible. Basta con seguir las señales que conducen a la ermita de la Virgen de la Fuente, en cuyas inmediaciones hay que aparcar, calzarse las botas y preparar la mochila con un poco de agua, además de algún picoteo. A partir de ahí, basta con desandar 100 metros desde la ermita para hallar el río y remontar sus aguas junto a la orilla.
Un panel indica que la senda fluvial a recorrer es fruto de la labor de un grupo de voluntarios que de forma manual y altruista se han dedicado a limpiar estas riberas y hacerlas transitables. Algo que no siempre es fácil porque no es raro que las filtraciones y las crecidas arrasen con parte del trabajo realizado. Además, las orillas de un río como el Huerva se convierten en el hábitat perfecto para que se desarrolle un frondoso soto ribereño, por momentos impenetrable. Así que el camino, de vez en cuando, hay que buscarlo entre la verde espesura de álamos, chopos, fresnos o tamarices. Pero aquí cualquiera logra sentirse un explorador experimentado, ya que con la referencia del cauce y de las marcas de pintura azul y blanca que indican el recorrido, es imposible extraviarse. Es fácil notar que se avanza en la buena dirección mientras van surgiendo los puntos más destacados del camino.
Estos parajes son coquetas pozas, grandes árboles que han visto los juegos y amoríos de varias generaciones o retorcidos tamarices de formas un tanto siniestras. Todos estos puntos se acompañan de pequeños carteles cerámicos, ya que la alfarería es seña de identidad de Muel desde tiempos mudéjares. Así que la primera parte del paseo es de lo más entretenida, tan pronto uno se adentra en un denso cañaveral como llega al histórico azud que avisa de la entrada en tierras de Mezalocha.
Una vez superado el paraje del azud, la senda continua junto al río hasta que lo cruza y paulatinamente se introduce en tierras de labor, huertas y campos de almendros, teniendo en el horizonte el caserío de Mezalocha. A ese núcleo no vamos a llegar, ya que nuestro destino está un poco antes. Es el pantano que lleva el nombre del pueblo. Tal vez alguien piense que es un embalse más de los muchos que se crearon a mediados del pasado siglo en España. Error. Sus orígenes se remontan más atrás en el tiempo.
Los estudiosos dicen que su primera presa se concluyó entre 1743 y 1746. Curiosamente, ese mismo año y no muy lejos de aquí, en Fuendetodos, nació Francisco de Goya que tan emparentado está con esta excursión. De hecho es seguro que Goya vería esta presa unos años después. En concreto, después de 1766 cuando la obra colapsó provocando una fuerte inundación en la zona. Fue un verdadero desastre provocado por un desacertado sistema constructivo. Es evidente que aquel derrumbe y los errores sirvieron para acometer una reconstrucción más eficiente. Si bien, el actual embalse no llegó hasta inicios del siglo XX. Fue en 1903 cuando se concluyó una nueva presa que alcanza los 32 metros de altura y soporta un volumen de agua de casi 4 millones de metros cúbicos.
Es decir, hace más de 100 años que se mantiene en pie y no hay que temer nada respecto a su seguridad, pero sí que se puede aprovechar el regreso hacia Muel para ir pensando en lo que supuso la brutal avenida de agua de 1766. Los cultivos quedaron anegados, el cauce histórico se modificó de forma abrupta e incluso la fuerza del agua afectó a inmuebles de Muel. En especial a la ermita de la Virgen de la Fuente, junto a la que hemos aparcado y a la que retornamos tras hacer el camino de vuelta en más o menos una hora.
La riada devastó la ermita original levantada en tiempos románicos, la cual había aprovechado los cimientos de una mezquita musulmana construida con anterioridad. Pero quedó todo tan dañada que el ayuntamiento de la época decidió levantar un nuevo templo de aires dieciochescos. Y para decorarlo optó por llamar a un joven artista llamado Goya, quién dejó aquí su impronta en 1770 pintando cuatro grandes efigies de los Padres de la Iglesia: San Gregorio Magno, San Ambrosio, San Agustín y San Jerónimo. A quienes situó de manera simbólica en la misma base de la cúpula central de la ermita, plasmando que ellos fundamentan la religión.
Un lugar que guarda semejante tesoro artístico permanece abierto a las visitas libres. Si bien, cuando llega el buen tiempo se programan visitas guiadas que descubren otras sorpresas del templo. Por ejemplo que su nombre de Virgen de la Fuente se debe a que de manera subterránea el agua discurre bajo el templo y brota unos metros más allá. Para encontrarle una explicación a semejante fenómeno, hay que trasladarse a tiempos de los romanos.
Unos dos mil años atrás, los legionarios establecidos en la zona recibieron el encargo de construir una presa para embalsar el agua del Huerva. Un dique que se mantuvo en uso durante tres o cuatro siglos. Sin embargo, el pequeño embalse que se creó poco a poco se fue colmatando por los materiales que traía el río. Tanto que hasta el Huerva incluso cambió su rumbo para proseguir en su camino hacia el valle del Ebro. Quizás parezca difícil de creer, pero para comprobarlo basta con salir de la ermita y descender un poquito hacia el parque que se ve a escasos metros.
Una vez ahí se aprecia a las mil maravillas el templo en lo alto y bajo su silueta un gran paredón de piedra perfectamente trabajada. Esa es la presa romana que se construyó en los albores de nuestra Era. Una construcción fascinante desde el punto de vista arqueológico. En esas piedras todavía se leen las inscripciones hechas por los legionarios que la construyeron. Y curiosamente, ahora la balsa de agua no está en su parte superior, sino que se genera a sus pies gracias a esa fuente que discurre bajo la ermita.
El paraje es único por esto y por lo que todavía queda por ver. Ya que si el Huerva modificó su cauce, ¿por dónde fluyen sus aguas en la actualidad? No muy lejos de aquí. Con solo descender un poquito más hacia el parque aparecen unas cascadas realmente inesperadas. Es el caudal del río que ha encontrado una vía espectacular de escape generando un refrescante paraje, sobre todo ahora que suben las temperaturas. Además, es algo inaudito en el paisaje del entorno. Basta con recordar el trayecto hecho por la autovía desde Zaragoza hasta Muel, donde predominan la aridez y las tierras descarnadas. Sin embargo, este capricho fluvial parece un milagro. Una visión que invita al reposo y a buscar cualquiera de los bancos y mesas de parque para recuperar fuerzas con el bocata típico de excursionista.
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