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Panorámica del pueblo.

La villa episcopal de Bonilla de la Sierra (Ávila)

El capricho de los obispos de Ávila

Actualizado: 10/04/2026

Fotografía: Miguel Cuesta

Saliendo de la nacional que une Ávila y Plasencia, una carreterita comarcal viaja entre encinas gigantescas y roquedos cargados de mística hasta llegar a la villa mínima de Bonilla de la Sierra. Este bálsamo hoy no alcanza 150 habitantes, pero hace seis y siete siglos llegó a ser la sede de sínodos episcopales, de Cortes de Castilla y hasta el refugio del mismísimo Juan II, padre de Isabel la Católica.
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Por las calles de esta villa remota aparecen, desperdigados, restos “fósiles” de sus viejas glorias. Hay casas humildes a las que se entra por pórticos bajo escudos nobiliarios, y otras con relieves góticos que se incrustaron en sus fachadas, en un claro ejercicio de reciclaje monumental. Las desamortizaciones fueron un desastre para esta localidad episcopal en la que, entre los siglos XIII y XIX, pasaron los veranos los obispos de Ávila. A pesar del expolio, ahí siguen en pie, justificando la vista, una colegiata fascinante junto a las ruinas de un castillo donde se vivieron horas críticas del reino de Castilla.

La plaza Mayor, porticada de estilo castellano.
La plaza Mayor, porticada de estilo castellano.

La estampa que mejor vende a Bonilla de la Sierra, con la muralla en primer plano y la sierra de Villafranca al fondo, se consigue justamente desde el lado opuesto al acceso más habitual a la localidad, que suele hacerse desde Rivera de Corneja. Para disfrutar de esta postal, tenemos que pasar de largo el pueblo y seguir, bien por la carretera hacia Tórtoles, o bien por los caminos hacia el altar rupestre del Mortero. Nada más tomar un poquito de altura, habría que volver la vista atrás para disfrutar del último pedazo de la muralla que llegó a rodear por completo el pueblo, y donde sobreviven los restos del castillo-palacio de los obispos.

En la Plaza Mayor.
Este pueblo apenas tiene 150 habitantes.

La fortificación comenzó a construirse poco después de que el rey concediera la villa, en el año 1224, a los obispos de Ávila. Así, Bonilla de la Sierra se convirtió en la residencia estival del obispado y en la cabeza de un señorío eclesiástico, ganando mucha importancia administrativa. De hecho, fue la sede del sínodo episcopal de 1384 y, en 1440, durante un conflicto entre nobles de Castilla, el rey Juan II, padre de Isabel la Católica, buscó refugio en la torre del Homenaje del castillo-palacio donde en el mismo año se terminarían celebrando las cortes de Castilla para atajar la disputa.

Los soportales de columnas de granito y vigas de madera.
Los soportales de columnas de granito y vigas de madera.

Viendo su estado ruinoso, se podría pensar que al castillo-palacio le hubiera caído un milenio de abandono, pero todo es más reciente de lo que parece. Concluido entre los siglos XIII y XIV, sus últimas reformas datan de los siglos XVII y XVIII, cuando Bonilla de la Sierra todavía mantenía su relevancia como villa episcopal. Fueron las desamortizaciones de la primera mitad del siglo XIX las que provocaron su abandono y posterior saqueo, cuando el monumento se convirtió en una especie de cantera de lujo para que los vecinos construyeran sus casas incorporando alguna pieza palaciega.

Entrada al castillo-palacio de los obispos de Ávila desde la plaza Mayor.
Entrada al castillo-palacio de los obispos de Ávila desde la plaza Mayor.

Se puede dar un paseo al pie de la muralla donde hay instalados un par de paneles que explican la evolución de la fortificación, aunque lo ideal hacer coincidir la visita a Bonilla durante alguna de las jornadas de puertas abiertas del castillo, de propiedad privada, en cuya torre del Homenaje, del siglo XV, se conservan algunos frescos con temas caballerescos, una decoración profana poco común que corrobora que el monumento no sólo tenía función defensiva, sino también carácter residencial y representativo.

Julia Blázquez muestra unos bajorrelieves de estilo isabelino insertos en una de las fachadas de las casas de la calle Moral.
Julia Blázquez muestra unos bajorrelieves de estilo isabelino insertos en una de las fachadas de las casas de la calle Moral.

El acceso más habitual a Bonilla se hace pasando bajo la última de las cuatro puertas de la muralla que rodeaba la villa, la puerta de Piedrahíta. A su lado se encuentra una de las joyas de la localidad, el pozo de Santa Bárbara, una construcción bien peculiar, a medio camino entre pozo y aljibe, al que se accede por una galería que profundiza en la tierra 24 peldaños bajo ocho arcos de medio punto. “En los días despejados, cuando el sol ilumina el agua por el brocal, la foto es idílica”, cuenta Julia Blázquez, encargada de la oficina de turismo, sobre esta pieza que combina ingeniería hidráulica medieval con memoria popular y leyenda.

Colegiata de San Martín de Tours.
Las desamortizaciones fueron un desastre para esta localidad episcopal en la que, entre los siglos XIII y XIX.

Las visitas guiadas que organizan desde su oficina son ideales para descubrir secretos y leyendas, además de esos restos “fósiles” del castillo-palacio que han quedado repartidos por la localidad, como los que Blázquez nos muestra por la calle del Moral, evocando esos años en los que la población de Bonilla multiplicaba por diez a la actual. Hay, en cualquier caso, bastantes paneles modernos con grafismos que van interpretando los distintos elementos patrimoniales de este pueblo pequeño pero con un Ayuntamiento muy dinámico que tiene, entre otros objetivos, instalar en el próximo año un parking de caravanas.

Colegiata de San Martín de Tours.
Colegiata de San Martín de Tours.

Llegamos por fin a la plaza Mayor, la típica plaza castellana porticada, con casonas solariegas y soportales con columnas de piedra y vigas de madera, que ofrece el contexto perfecto para la gran joya de Bonilla de la Sierra: la colegiata de San Martín de Tours. Los pináculos de los contrafuertes y las gárgolas son la seña de identidad de este templo gótico tardío del siglo XV del que, cuentan, los obispos lo construyeron tras la estancia del rey Juan II en la villa para que Bonilla tuviese una iglesia a la altura de las circunstancias.

El retablo barroco del altar mayor.
El retablo barroco del altar mayor.

Al entrar, en los pórticos nos llaman la atención los trisqueles (símbolos celtas del sol) y, después de cruzarlos, las dimensiones de la enorme cubierta de esta colegiata de una única nave. No hay que perderse la capilla de los Gálvez, con unas tablas al temple del siglo XV que para algunos podrían valer el viaje. Julia se lamenta de que falta La misa de San Gregorio, que se encuentra expuesta en un museo de Basilea: “Estamos intentando recuperarla, o que por lo menos nos hagan una copia”. Para otros, el viaje lo justificarían las diez tablas con episodios de la vida de San Martín de Tours que relucen, tras una restauración, en el retablo barroco de 1688 del altar mayor.

Vistas de Bonilla desde la zona norte.
Vistas de Bonilla desde la zona norte.

En el valle del Corneja, a más de 1.000 metros de altitud, Bonilla ocupa un rincón privilegiado entre las montañas suaves que separan la llanura castellana de la sierra de Gredos, en una zona donde conviven dehesas de encinas gigantescas, praderíos y campos de cultivos. Aquí son característicos unos roquedos graníticos en los que encontramos altares y necrópolis rupestres, algunos de finales del Neolítico. La espiritualidad ancestral que rodea Bonilla toca techo, ahora que llega la Semana Santa, en su tradicional procesión de los Negros, en la que apenas participan tres nazarenos, pero que constituye el elemento de mayor personalidad etnográfica de Bonilla y refuerza la identidad del pueblo.

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