Establecimientos gastrónomicos más buscados
Lugares de interés más visitados
Lo sentimos, no hay resultados para tu búsqueda. ¡Prueba otra vez!
Añadir evento al calendario
Conduciendo hacia el norte desde Santiago de Compostela no se tarda demasiado en internarse en el verde. Lo mismo ocurre si, en dirección sur, se sale de A Coruña. En un caso y en el otro, las carreteras llevan hacia la zona central de la provincia, un territorio de prados inmensos y bosques a los lados de la vía, de poblaciones pequeñas y ríos que van dirigiéndose entre saltos y cascadas hacia el mar. Ahí, en el corazón de ese territorio de lomas y valles, de pastos de un color intenso y de ganado que pace tranquilo, da la impresión de que el tiempo se pausa, de que las cosas van a otro ritmo. El ajetreo urbano queda atrás, aunque solamente se haya conducido 20 ó 30 minutos, y todo parece transcurrir a otra velocidad.
En ese entorno, casi en el centro geográfico de la provincia de A Coruña, está Santa Comba, una localidad de menos de 10.000 habitantes. Y a su entrada, si llegas desde Santiago, está el Retiro da Costiña, el restaurante que lleva décadas trayendo a la localidad a aficionados a la gastronomía llegados de todas partes. Hace ya más de 20 años que el restaurante es conocido mucho más allá de su entorno. Y aunque temporada tras temporada va afianzando esa fama, puliendo detalles que lo han llevado a situarse entre los nombres insoslayables de la cocina gallega contemporánea, su historia viene, en realidad, de mucho antes.
En 1939, los abuelos de Manuel -su apellido es García, pero todo el mundo lo conoce como Manuel Costiña- abrían un pequeño restaurante en O Campallón, una aldea a las afueras de Santa Comba. El negocio estaba en lo alto de una pequeña cuesta, una costiña en gallego, que acabó por dar nombre a la familia. Con el paso de los años, fue la segunda generación la que se trasladó al casco urbano, y fueron los padres de Manuel, Pastora y Jesús, los que lograron expandir la fama del local, uno de esos secretos que se van popularizando gracias al boca a boca debido a la calidad de su propuesta, basada en la cocina tradicional, pero que pronto complementó su oferta con pequeños detalles que, temporada tras temporada, iban redondeando la experiencia del cliente.
Una visita al restaurante que hoy dirige Manuel es una experiencia inmersiva, un recorrido que comienza con un aperitivo de bienvenida en la entrada y que prosigue con los snacks en la cocina, donde se asiste al trabajo del equipo y se puede conocer la zona de horno, del que salen a diario las hogazas que acompañan al menú. Elaboraciones que exploran la despensa del entorno -picaña de vaca cachena madurada con algas, almeja fina con koji y cítricos- se suceden antes de pasar al espectacular espacio de la bodega, donde la degustación prosigue con un bocado de bacalao y allada, un plato tradicional reformulado en un pequeño bocado, y un delicado macaron de foie y anguila.
Ya en el comedor, luminoso, cuajado de arte gallego en las paredes, la degustación se vuelve, como el entorno, más pausada. Todo transcurre a otro ritmo, entre un servicio de corte clásico, un notable trabajo de sumillería y platos que se mueven en el equilibrio entre la tradición, el respeto al producto y la dosis justa de innovación. A veces es la temporada la que manda, como en los guisantes lágrima, de un productor cercano, con mantequilla de ibéricos Joselito, garbanzos y pimiento. Otras, es la reformulación de los sabores de la memoria, como en el caso del bogavante, que se ofrece acompañando a una personal versión del cocido gallego. Las setas arropadas por un praliné de piñones y trufa, el mero, en caldeirada, y el ciervo risolado, cierran un recorrido salado que se remata con dulces como la sopa de hierbas con hinojo, manzana y palomitas nitro de cilantro.
De ahí se pasa al salón, donde la chimenea y la oferta de destilados y cafés invitan a perder la noción del tiempo. Aquí es donde acabaría una experiencia de restaurante gastronómico al uso, pero desde 2023 Manuel y su equipo han ido un paso más allá, diseñando una propuesta que permite prolongar el recorrido gastronómico hasta donde uno quiera. Hace dos temporadas, el Retiro da Costiña hacía, aunque sólo sea simbólicamente, el camino de regreso. Si la antigua casa de los abuelos viajó, en su momento, al centro de la villa, Manuel y Ana Méndez, su pareja y compañera en el proyecto, vuelven al rural que envuelve el pueblo con Costiña Wellness & Villas, un proyecto que no sólo complementa al restaurante sino que, de alguna manera, lo prolonga.
La estrecha carretera, entre campos de cultivo, recorre los poco más de dos kilómetros que hay desde el restaurante hasta estas siete villas, preparando al visitante para lo que va a encontrar. La tranquilidad es absoluta cuando nos internamos en el pequeño valle para descubrir, tras un recodo, ese conjunto de construcciones que, de algún modo, recuerdan a los castros prehistóricos, las aldeas de la edad del hierro tan frecuentes en el entorno.
Cada villa está separada del resto y cuenta con una terraza abierta al jardín y al paisaje que la circunda. No hay ángulos rectos ni esquinas, como no las había en aquellas viviendas prehistóricas. La línea curva, orgánica, lo envuelve todo en este conjunto en el que todos los alojamientos miran hacia la puesta de sol. Las construcciones, de líneas contemporáneas, se integran de manera natural en el paisaje gracias a sus cubiertas ajardinadas. La aerotermia, la construcción bioclimática y la restauración del entorno, en el que se están plantando árboles de especies autóctonas, refuerzan lo único de este lugar inesperado.
En medio, una villa que no se diferencia demasiado de las otras, aunque es el centro del complejo. Aquí es donde se prolonga la experiencia gastronómica, porque aquí se sirven, a la mañana siguiente, los notables desayunos gastronómicos de Costiña. En temporada -de enero a marzo- si el cliente lo desea, este espacio acoge otra experiencia única, una cena articulada por un producto icónico de la gastronomía gallega: la centolla. Pero no hablamos de una centolla cualquiera, sino de un centollo macho, procedente de la Reserva Mariña de Os Miñarzos, en plena Costa da Morte, y con un peso superior a los tres kilos; un ejemplar descomunal, de esos que no se ven con demasiada frecuencia, que se ofrece para una pareja y que, acompañado por algún aperitivo, se convierte en un motivo más para viajar hasta este lugar.
Pero hablábamos del desayuno. Amanecer en este rincón, a cientos de metros de la aldea más próxima, es todo silencio. Vale la pena dedicar unos minutos, nada más despertarse, a preparar una infusión y tomársela en la terraza de la villa, mientras el valle se va desperezando. Y acercarse luego, sin prisas, a disfrutar de un desayuno excepcional. Salmón curado en el restaurante, quesos artesanales gallegos bien seleccionados, embutidos ibéricos; un pisto recién hecho y acompañado de un huevo frito, pan artesano, mantequilla, mermeladas de elaboración propia, fruta de temporada, dulces caseros. El ritmo pausado que nos viene acompañando todo el viaje se hace aquí necesario para disfrutar de un menú tan extenso y tan cuidado, abundante sin ser excesivo, excepcional sin caer en los previsible, con la calma y la atención que merece.
Y volver luego a la villa, para desconectar un poco más y disfrutar de su espacio luminoso, diseñado para envolverte, y de su jardín. Es la guinda perfecta a una experiencia inmersiva y fuera de lo común, que sirve para entender por qué el rural gallego es tan especial; algo tan poco habitual y tan difícil de explicar que hay que vivirlo en primera persona para entenderlo.
RETIRO DA COSTIÑA. Avda. de Santiago, 12. Santa Comba (A Coruña). Tel. 981 880 244
En general... ¿cómo valorarías la web de Guía Repsol?
Dinos qué opinas para poder mejorar tu experiencia
¡Gracias por tu ayuda!
La tendremos en cuenta para hacer de Guía Repsol un lugar por el que querrás brindar. ¡Chin, chin!