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Ángel Sánchez ha abierto su restaurante en el entorno de su infancia de Jarandilla de la Vera. “Aquí jugaba yo cuando era pequeño, porque vivimos en esa casa que se ve cruzando el puente”, asegura orgulloso de este paisaje el cocinero de Veratus refiriéndose a la estructura de piedra que cruza la cristalina garganta de Jaranda. Antiguamente, había aquí una chiringuito que servía menús del día, tapas y bocadillos, hasta que en octubre de 2022, este joven chef lo transformó en su “propio sitio donde expresarme”. Un sueño hecho realidad.
El conocimiento del territorio y el ser “muy de mi pueblo”, como se define él mismo, le ha hecho profundizar en el recetario tradicional y las costumbres gastronómicas de la zona. Al entrar en la sala del restaurante huele a leña, que arde en la estufa igual que en muchos hogares extremeños. Para meterse de lleno en el territorio, arranca con una croqueta de tasajo de cabra que enamora con su suavidad al primer mordisco.
La croqueta viene acompañada del propio embutido y un consomé de faisán que Ángel hace como receta de aprovechamiento. “Tenemos faisán en el menú de degustación largo, una empanadilla, y con todos esos huesos restantes, tras quitar la pechuga y los mulitos, hacemos un consomé clarificado”. Lo remata con una espuma de tasajo. Aquí en La Vera esta carne curada es de cabra, el animal emblemático del que se han alimentado generaciones y generaciones.
Ángel, como muchos cocineros de la alta gastronomía, estudió hostelería por descarte -no tenía muy claro su futuro-, además, sus padres habían regentado una taberna en el centro del pueblo cuando él era “chico” y a él le gustaba ayudar -aunque solo de vez en cuando- a su madre en la cocina. Se marchó muy jovencito, después de hacer en Jarandilla el grado de hostelería, a empezar el superior en Salamanca y desde entonces empezó un periplo que le ha llevado por La Rioja, Ibiza, Madrid, entre otros lugares. “Con Ramón Piñeiro, en Logroño, me inicié con él y me enseñó la base y los métodos que hoy aplico en mi negocio. Estuve dos años con él y para mí es un grande”, explica el cocinero sobre su primera y más importante parada profesional.
Enamorarse de una paisana, Marta García, nacida en Plasencia pero con familia en Jarandilla, durante unas fiestas del pueblo tuvo mucho que ver en el retorno a la patria chica. Pero montar Veratus, fue otra historia. Había pasado por El Palacio de Carvajal en Plasencia y por un restaurante que ya cerró en Madrid, y quería poder expresar todo lo que había soñado como hacer “una cocina de autor con esencia verata”. Y cuando vio la oportunidad de conseguir el local, no la desperdicio. Marta le acompañó en este sueño del que ella es jefa de sala.
El carácter verato se respira en muchos de sus platos. Los hay que con un bocado provocan un regreso explosivo a la infancia de cualquier cacereño y para los forasteros una inmersión en la gastronomía de la tierra, como las migas extremeñas, que el cocinero sirve con forma de dorayaki sobre yema de huevo y que está para chuparse los dedos. Con todo el sabor, pero también con la delicadeza que es marca de la casa.
Ángel continúa desgranando memorias de la infancia sobre la mesa. “Me traen muchos recuerdos los típicos buñuelos de viento y las rosquillas que hacían las abuelas en sartenes bien grandes y que nos comíamos con chocolate. Nosotros hemos hecho uno salado de boletus, que se acompaña con una emulsión de boletus también, y el chocolate lo simulo con un juguito de carne”, explica el cocinero cacereño sobre su divertido buñuelo.
Con el turno de un plato puro vegetal, la cebolleta marcada a la brasa con un caldito de setas, uno piensa en el huerto del restaurante que se ve desde la sala. “En un mes volveremos a sembrar, porque en primavera y verano un 85% de las verduras y frutas que usamos salen de ahí”, asegura el cocinero que aspira a ser lo más sostenible posible con este y otros proyectos. “Hemos comprado un terreno y queremos preparar un pequeño invernadero, para autoabastecernos durante todo el año”. Ángel junto a su padre, con el mismo nombre, también quieren hacer su propio vino, de hecho este año ya han hecho pinitos con sus parras generando su vino de pitarra, el típico que se elabora aquí en las casas. “Lo próximo será nuestro aceite: ya tenemos nuestros propios olivos, pero aún llevará un tiempo recoger la primera cosecha”.
Cebolleta marcada a la brasa con un caldo de setas.
Para las carnes, también tira de kilómetro 0. “El tasajo lo compró en la carnicería Talin, de aquí del pueblo y que conozco al dueño desde que era pequeño y me regalaba trocitos de tasajo en la taberna de mis padres; el cochinillo es de una granja cercana a Trujillo”, confiesa el cocinero, quien afirma que sus clientes, casi todos de fuera de la provincia, elogian su producto.
Este espíritu de proximidad casa perfectamente con su bodega, que aunque discreta está muy orientada a la tierra, y de la que se encarga Noelia Fernández Paniagua. “Nosotros nos enfocamos en Extremadura. Apostamos por bodegas importantes y también por las más pequeñas”, explica la sumiller. Para el resto, no faltan clásicos como Riberas o Riojas. Durante la comida, Noelia acompaña los platos de Ángel primero con un Garnacha & Garnacha de la bodega Pago de los Balancines y después con un Supremum de Valdealto.
Una merluza ahumada con madera de olivo; el ciervo, acompañado de calabaza y calbote; o la lengua de vaca siguen este recorrido nostálgico por los sabores y olores del territorio que Ángel traza con un buen conocimiento de las tradiciones, pero también con técnica. Los postres son otra prueba de esto: con el dulce de remolacha servido con helado de leche de cabra uno entra de lleno en el campo; llega al huerto con el semifrío de coliflor de chocolate blanco y termina donde empezamos, en la infancia del cocinero con un “polo de chocolate”, que él prepara como receta de aprovechamiento con una base de pan que obtiene de las hogazas sobrantes.
Es difícil querer salir de aquí y no solo por los platos. En Veratus, para cuando sale el sol, hay una terraza preciosa cuya banda sonora es el arrullo de la garganta. En un cenador, se sirve el menú degustación en las noches de verano. Releo la nota que aparece en castúo y castellano cuando el comensal se sienta a la mesa. “Bienvenidos a Veratus, desde ahora su casa. Vamos a pasear por La Vera un pequeño lugar donde la vida nos regala luz y felicidad, ríos y paisajes. Disfrutemos juntos de este pequeño homenaje a nuestra querida tierra: Extremadura”. Y estoy de acuerdo con todo, excepto en lo de que el homenaje sea pequeño. La cocina de Ángel Sánchez es una gran oda al recetario extremeño.
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