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Por menos de 100 euros y con desayuno incluido se puede dormir en este lugar tan singular situado a varios kilómetros de cualquier núcleo urbano. Rodeado de árboles, animales y pastos, este antiguo monasterio tiene todos los alicientes para enamorar a los fans de la historia, pero también a los que apuestan por algo diferente o simplemente a los que huyen del mundo actual buscando desconectar. Estamos en el Hotel Monasterio de Rocamador, en el municipio de Almendral, en Badajoz.
“Esto es un antiguo monasterio franciscano del 1512”, comienza el relato Marian Pérez, jefa de recepción, sobre este alojamiento con más de 500 años de historia. Y además lo hace en uno de los sitios más representativos, el salón comedor del restaurante, ubicado en la antigua capilla. El altar, un regalo de una rica feligresa en agradecimiento a la curación de su hija gracias a los monjes de clausura del lugar, permanece intacto. En la zona del órgano y el coro hay más mesas, un lugar privilegiado para celebrar una comida o cena.
Con la desamortización de Mendizábal, el edificio pasó a manos privadas y comenzó una época oscura de la que hay pocos registros escritos. “Se sabe más por los comentarios y lo que cuenta la gente de los pueblos de alrededor que por lo que hay escrito”, asegura Marian, pese a que han ido reconstruyendo bien las etapas que hacen aún más interesante el alojamiento. Se cree que tras ser abandonado durante un tiempo, buena parte del monasterio se usaba para guardar al ganado. Después se convirtió en hotel, pero no fue hasta hace cinco años que la bodega Pago de las Encomiendas lo compró para reformarlo y transformarlo en lo que es hoy.
El hotel cuenta con un total de 26 habitaciones, divididas principalmente en tres tipos. Dos suites, cuatro deluxe y dobles normales, sin contar con las dos familiares para cuatro o seis personas, bastante espaciosas. Sin embargo, más allá del tamaño, ninguna habitación desmerece. Cada una con su particularidad, todas con bañera, insertada en obra o en las rocas que ya forman parte del decorado, originales, llamativas y realzadas dentro de la habitación con un gresite verde en el que se han insertado azulejos más grandes con los dibujos de plantas típicas de la zona. Invitan al baño y al relax en unos cuartos donde las contraventanas de madera y la chimenea suman un plus maravilloso para los inviernos.
“Aquí no tenemos una temporada definida porque en otoño vienen los amantes de la setas o cazadores. Estamos en una zona de paso para los que van a la playa en verano y suelen parar aquí unos días antes de seguir”, explica Marian a la pregunta sobre la época con más huéspedes. Además, cualquier mes es bueno porque si para el invierno cuentan con la hogareña chimenea en el cuarto, para los veranos la piscina con vistas a la interminable dehesa es un extra nada desdeñable por estas tierras.
Muchas habitaciones están en la zona que ocupaban las celdas de los monjes, manteniendo la construcción original con techos más bajos, pasillos estrechos y puertas de madera bajitas que actúan como auténticas máquinas del tiempo. En el primer piso, también hay cuartos en las primitivas cocinas, las caballerizas o hornos. Cada rincón transformado sin perder algo de la esencia histórica, como el mortero y la tabla que hay en la antigua cocina con su chimenea aún marcada por lo que debió ser la lumbre constantemente encendida.
El monasterio parece incrustado en la naturaleza. Inmensas rocas funcionan como paredes en las habitaciones, recipientes de las propias bañeras o techos que se ondulan adaptándose a ellas. El claustro, con sus antiguos aljibes originales, sigue siendo la parte central del edificio que conecta de una forma armónica escaleras con sus piedras iniciales; techos bajos siguiendo los estándares de otras épocas; escondrijos y cubículos bien aprovechados; rincones con armarios y puertas que parecen secretas devolviendo al huésped a salas que creía haber dejado atrás hace tiempo… Como la que conecta la antigua sacristía con el comedor donde está el altar; o la biblioteca que lleva a la zona del coro del mismo restaurante.
Para aquellos que buscan cierta independencia sin renunciar al entorno, el alojamiento ofrece una zona de casas rurales de reciente construcción. Hay una casa para seis personas; tres, para parejas; y una más, para cuatro. Estás últimas comparten un salón central y cocina. La tarifa, más barata, no incluye desayuno en el precio pero “pueden solicitarlo y disfrutar de todas las instalaciones del hotel”, asegura Marian.
Regresando al monasterio, “muchos de los muebles, entre ellos una destacada sillería, se trajeron de un antiguo convento de Santa Clara, ubicado en Segovia”, explica la jefa de recepción sobre buena parte del mobiliario que hay en las zonas comunes y que recuerdan ese pasado monacal. Ahora, con una bodega detrás del negocio, el vino cobra una importancia destacada y los clientes pueden disfrutar de varias experiencias enológicas, como catas o un menú degustación, llamado Encomiendas como la bodega, que es un auténtico homenaje al vino.
Ana Victoria Pachón, directora de eventos de Pago de las Encomiendas y responsable de cocina, se encarga de diseñar y cambiar la carta del restaurante donde tienen otros menús a disposición de los huéspedes: Del mar, De Carne, Contemporáneo, Clásico o Deluxe. Con este paisaje y este escenario principal, el monasterio atrae cada vez a más parejas para celebrar aquí su boda. “Yo me siento con los novios, se le enseña Rocamador, todas las ubicaciones donde pueden hacer el cóctel, cómo es el salón y cómo se puede organizar, y hablamos para captar la idea gastronómica que quieren y se diseña un menú exclusivo para ellos”, afirma orgullosa la directora de eventos y cocina sobre el trabajo personalizado que se hace para cada evento.
Al margen de esos actos con los que los huéspedes que quieran huir del mundo no se encontrarán -durante las bodas se cierra el monasterio solo para eso-, el hotel está rodeado de un silencio que solo se trastoca con el trino de los pájaros, que funciona como un alucinante despertador natural. El salón donde se sirve el desayuno, con cristaleras con vistas al campo, se encarga de mantener la ilusión de haber detenido el mundo en medio de esta paz monacal. En la zona de la piscina, hay un mirador para sumergirse en un atardecer de escándalo y reconectarse con el lugar. Estando aquí, el deseo de transformarse en un monje de clausura y quedarse aquí a vivir parece absolutamente normal. Eso sí, con las atenciones, servicios y comodidades del siglo XXI que proporcionan en esta casa para que el sueño esté completo.
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