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El imponente Monasterio de San Isidoro del Campo.

Monasterio de San Isidoro del Campo (Santiponce, Sevilla)

San Isidoro del Campo, el monasterio que fue fábrica de cerveza

Actualizado: 13/01/2026

Apenas 10 kilómetros separan el corazón de Sevilla del municipio de Santiponce, reconocible en la distancia gracias a la silueta del magnánimo edificio que hoy visitamos: el Monasterio de San Isidoro del Campo. Un tesoro desconocido por muchos, fundado en 1301 por Alonso Pérez de Guzmán y María Alonso Coronel, que conquista sin remedio —por su historia, su valor patrimonial y las joyas que atesora—a todo aquel que pisa sus entrañas.
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No pasa desapercibido para quienes toman la popular Autovía de la Plata desde Sevilla: unos minutos después de despedirse de los últimos retazos urbanitas de la capital andaluza, aparece junto a la carretera la silueta del Monasterio de San Isidoro del Campo. Un enorme edificio que domina el perfil de Santiponce, —municipio famoso, también, por contar con el Conjunto Arqueológico de Itálica—, y que obliga, ya sea por curiosidad o por amor a ese tipo de lugares que atesoran grandes historias —¿o acaso existen muchos monasterios que hayan sido, a lo largo de los siglos una fábrica de cerveza?—, a hacer una parada. Dentro, aguardan sorpresas y preciadas joyas.

Las capillas y pinturas murales son una maravilla.
Las capillas y pinturas murales son una maravilla.

El monasterio se levantó, según se cuenta, junto al lugar donde estuvo enterrado San Isidoro de Sevilla, muy popular en la historia de la iglesia hispalense. Y lo fue, entre otras cosas, por su labor como estudioso de la Biblia y dar forma a Etimologías, una suerte de enciclopedia formada por 20 libros en los que concentraba gran parte del saber de la época. Cuando llegó la invasión musulmana y los cristianos tuvieron que huir, se llevaron con ellos los restos del santo, que hoy descansan en León. Tiempo después, ya en el 1301, llegaron Alonso Pérez de Guzmán y su esposa, María Alonso Coronel, para arrancar una nueva etapa de la historia: la construcción del monasterio que lleva su nombre.

Una de las escenas religiosas que podemos observar dentro del monasterio.
Una de las escenas religiosas que podemos observar dentro del monasterio.
Detalle del colorido techo de los pasillos.
Detalle del colorido techo de los pasillos.

Recorremos los jardines de entrada aprovechando para tomar perspectiva: algunos detalles de la fachada, como sus almenas o contrafuertes, recuerdan más a una fortaleza que a un templo medieval. De esto fueron responsables los monjes cistercienses, a quienes los Pérez de Guzmán donaron el monasterio. Tras una etapa, volvió a cambiar de manos, en esta ocasión, a las de los jerónimos, quienes lo disfrutaron —exceptuando una época tras la desamortización de Mendizábal— hasta entrado el siglo XX. Sin embargo, fue mediados del XVI cuando se vivió un episodio fundamental en la historia del monasterio: tras surgir un foco religioso de carácter reformista en la zona, algunos monjes fueron encarcelados o huyeron, incluido Casiodoro de Reina, quien había realizado la primera traducción de la historia de la Biblia al castellano, la llamada Biblia del Oso. Y lo hizo entre estas paredes. ¿Lo mejor? Se puede contemplar una copia expuesta en una vitrina durante la visita.

Detalle de las galerías y arcos apuntados.
Detalle de las galerías y arcos apuntados.

Un universo de estímulos se desvela desde el primer instante: no escatima el monasterio en opulencia y ornamentos. Las dimensiones son colosales; el ambiente, solemne. A solo unos pasos de la entrada aparecen dos iglesias unidas por una nave única: no se trata de un capricho arquitectónico, sino del resultado de distintas etapas y necesidades litúrgicas. Mientras que la conocida como iglesia primitiva es del siglo XIV y sigue los cánones del gótico sobrio de influencia cisterciense —nave única, muros desnudos y escasa decoración—, la segunda, levantada con la llegada de los jerónimos en el siglo XV, introduce elementos góticos tardíos con influencias mudéjares. Un espectáculo visual frente al que pararse en dos detalles: el espectacular retablo barroco de Juan Martínez Montañés y, en los laterales, los sepulcros de los mismísimos Alonso Pérez de Guzmán y María Alonso Coronel, pues desde que se fundó el monasterio en 1301, la iglesia fue concebida también como escenario de memoria, linaje y prestigio.

Arte y recogimiento para la vida monacal

Seguir disfrutando del festival de belleza arquitectónica y artística es sencillo: solo hay que continuar con la visita. Los espacios van narrando estilos y épocas de un mismo lugar. Al alcanzar el claustro mayor, llamado también Claustro de los Muertos, se llega al verdadero corazón del edificio. Aquí destacan sus galerías y arcos apuntados, las cubiertas y los frescos que decoran las paredes. En el centro del patio, un pozo y una vista única a la espadaña, a menudo habitada por alguna que otra ave curiosa. No resulta difícil imaginar a aquellos monjes paseando por los coloridos pasillos, ensimismados en sus oraciones y en completo silencio. Bajo nuestros pies, antiguas lápidas nos recuerdan, de nuevo, la función funeraria del monasterio.

Libros que son auténticas joyas.
Libros que son auténticas joyas.

Una pequeña puerta nos lleva hasta otro patio, este, más pequeño: el Claustro de los Evangelistas, más tardío y refinado, fue pensado para la lectura y la meditación. A un salto está el refectorio, una de las salas más monumentales: entre las paredes que hoy lucen antiguos cuadros con escenas religiosas y alegóricas, comían de manera comunal los monjes. Hoy, un inmenso lienzo con la Santa Cena preside el lugar. Sin embargo, para disfrutar de verdad del arte contenido en este majestuoso espacio, debemos acercarnos hasta las capillas y salas decoradas con pinturas murales. En ellas se conservan frescos de los siglos XV y XVI con clara influencia flamenca e italiana que destacan, sobre todo, por plasmar de manera pedagógica momentos relacionados con la vida de San Jerónimo.

El inmenso lienzo de la Santa Cena.
El inmenso lienzo de la Santa Cena.

Resulta llamativo entender que, todos estos espacios, vivieron una transformación radical tras la desamortización del siglos XIX, momento en el que los monjes tuvieron que abandonar San Isidoro del Campo y el templo perdió su función religiosa y pasó a manos privadas. ¿Un dato curioso? Durante aquel periodo, varias de dependencias adquirieron usos industriales, y entre ellos destacó su conversión parcial en fábrica de cerveza. No fue un caso aislado: muchos grandes monasterios españoles, por sus dimensiones, su acceso al agua y sus espacios diáfanos, acabaron transformados en fábricas, almacenes o cuarteles. Aquí, algunas salas —especialmente, las más amplias— se adaptaron para la producción y almacenamiento, para lo que fueron alteradas estructuras y se ocultaron elementos artísticos que no se recuperaron ya hasta bien entrado el siglo XX, cuando comenzaron las labores de restauración.

Los sepulcros de Alonso Pérez de Guzmán y María Alonso Coronel.
Los sepulcros de Alonso Pérez de Guzmán y María Alonso Coronel.

Antes de dar por finalizada la visita, una última sorpresa: la pequeña capilla de San Juan Bautista, también conocida como la capilla de Montañés, que nos descubre un retablo de comienzos del siglo XVII de belleza extraordinaria también realizado por el prolífico artista. Un lugar para la contemplación, para bajar el ritmo y disfrutar, relajadamente, de sus detalles.

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