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Excelsos dibujantes, manos primorosas para agujas con hilos de seda y bordados con detalle increíble enseñan qué armaduras, espadas, lanzas y cañones usaban los católicos. Componen cuatro documentos enormes, de 11 por 4 metros, de forma que, cuando el visitante entra en la antigua Sacristía de la Colegiata de Pastrana, las exclamaciones van desde los silbidos, al “¿Ostras, esto qué es?” o “Madre mía, qué belleza. Cuéntanos esto”. Pues esto son cuatro fotos del siglo XV enormes, que te enganchan nada más plantarte delante de ellos.
Detalles de armas, trajes y rostros; las sonrisas, los labios, las barbas, la expresión de los ojos, los bordados de las armaduras, los rizos de los judíos, las crines de los caballos, la expresión de dolor en los rostros de adultos y niños expulsados de Tánger o Arcila... No hay una gran tradición en saber cómo mirar y admirar la calidad de un tapiz, pero los artesanos tejedores de la ciudad belga de Tournai, en la manufactura de Passchier Grenier, debieron crear esta obra maestra pensando en deslumbrar al personal y reflexionar sobre lo que se puede hacer con una aguja y telas. Y sobre dibujos que tuvieron que ser elaborados por artistas del color.
Por algo “es la serie de tapices del siglo XV más importante del mundo", explica a las visitas Nieves Álvarez, guía de la Colegiata y del Museo de Tapices de Pastrana, quien también relata que "aparecen en las colecciones de la familia Mendoza en 1532 y este museo se abre en Pastrana en 2014”.
Hay diferentes hipótesis sobre cómo llegaron los paños desde la corona de Portugal hasta la casa de los Mendoza, y entre las más mencionadas destaca el papel del Cardenal Mendoza. Es materia de historiadores. El hecho concreto es que, entre 1664 y 1667, la VIII Duquesa del Infantado y IV de Pastrana, Catalina de Sandoval y Mendoza, regaló los tapices a la Colegiata de esta villa.
Desde entonces, se han hecho muy distintos intentos por poner los paños en valor, tanto como documento histórico, por el detalle que revelan las vestimentas, como por la colocación del ejército para sitiar una ciudad. Así como por la pluralidad de los personajes, no sólo de Alfonso V y su hijo -sus armaduras son increíbles-, si no también de los derrotados y expulsados de Tánger y Arcila. Eduardo, otro de los guías notables del museo de tapices y la colegiata, se para a detallar los rostros de los comerciantes y de las escasas mujeres que abandonan la ciudad tras el durísimo sitio. Y, sí, son documentos históricos, pero también hermosísimos.
La Iglesia Colegiata de Pastrana, además del museo de los tapices, guarda los restos de los príncipes de Éboli -la famosa Ana de Éboli con su parche y sus leyendas- y los duques de Pastrana y del Infantado. Todo ligado a la poderosa estirpe de los Mendoza. Está levantada sobre un primer templo de la orden de Calatrava -los orígenes de Pastrana están en estos monjes guerreros- y no hay que perderse la visita a la Capilla de las Reliquias de Santa Teresa, tan presente en este lugar; a la Capilla del Santísimo Cristo de los Milagros -el Cristo es una belleza única-; y el retablo del Altar Mayor, que se merece unos cuantos minutos de mirada y meditación.
Como señala Eduardo, no es fácil encontrar uno formado por diez santas católicas. Las razones para que fueran sólo mujeres no están claras, pero pararse en Santa Polonia, Santa Roda, Santa Casilda, Santa Catalina, Santa Águeda, entre otras, y sus símbolos de martirio, es un reconocimiento importante, porque las mujeres dentro de la Iglesia Católica también fueron mártires, sacrificadas, y aquí están una decena de ellas. Y en la parte baja del retablo, la joya que se enseña como la más preciada -lo merece-, es una pintura sobre alabastro de Jacques Stella, regalo de Urbano III al tercer duque de Pastrana, resalta Eduardo.
Tras recorrer la sacristía, con otros tesoros, como la imagen del profeta Elías o una carta con la letra de Santa Teresa y la rejilla de su celda, el descenso al subsuelo donde descansan los restos de Ana de Mendoza, princesa de Éboli, su importante marido y otros duques del Infantado y de Pastrana, notables de la poderosa casa de Mendoza, el paseo por la colegiata no puede resultar más ilustrativo.
Y, si además de perseguir las huellas de Santa Teresa por el museo parroquial y sus reliquias, el visitante tiene la suerte de escuchar al párroco, don Emilio, tocando el órgano, el momento puede tener algo de espiritual. Don Emilio es el alma y cuidador de esta iglesia desde hace décadas, conocido por toda la región y generoso en mostrar a los niños cómo se toca un órgano. Éste es de 1704, obra de Domingo de Mendoza, “una excelencia en órganos”, apunta Eduardo ante nuestra ignorancia. La visita les dejará un regusto agradable para mucho tiempo.
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