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Cuando se escucha el nombre de Real Maestranza de Caballería es casi inevitable pensar en la gran ciudad andaluza a orillas del Guadalquivir. Sin embargo hay cinco instituciones semejantes en España y una de ellas tiene su sede en Zaragoza. Más concretamente en un palacio renacentista del siglo XVI vecino a la Catedral del Salvador. De hecho su proximidad al gran templo y su emplazamiento en una estrecha calleja del casco histórico maño provocan que muchas veces pase inadvertido para los visitantes e incluso para sus propios habitantes.
La casona solariega se conoce tanto como Palacio de la Maestranza como por Casa de Donlope, en honor a Miguel Donlope que fue su constructor y primer propietario. Hay que imaginarse que este personaje como un auténtico potentado de las primeras décadas del siglo XVI. No es que proviniera de una familia extraordinariamente rica, pero sí supo jugar muy bien las cartas en la partida de la vida. Se hizo abogado de clientela adinerada, se casó con la descendiente de una rica familia y para evitar problemas por ser judío converso, se convirtió en confidente de la Inquisición.
El caso es que amasó una fortuna, entre otras cosas por ser el primero en no cobrar cuando perdía los casos, pero llevarse un suculento porcentaje con cada victoria. Un método perpetuado hasta los actuales letrados. Con todo ese dinero se construyó su residencia en la zona más exclusiva, rodeado de otros palacetes. De hecho, los viajeros hablaban de Zaragoza la Harta por la riqueza que se veía y las muchas casonas palaciegas de sus calles. Se estima que hubo hasta 200, pero hoy quedan menos de 20 y una de ellas es la Casa de Donlope.
Tras su fachada de ladrillo protegida por un airoso alero de madera se entra a un patio abierto que organizaba la vida en la casa. Desde ahí asciende una escalera señorial hacia el despacho del abogado, los salones y también los dormitorios donde hacía vida el matrimonio. Además también se ha mantenido y restaurado una zona que generalmente desparece con el paso de los siglos. Se trata de las caballerizas subterráneas, las cuales por su tamaño dan idea de que el letrado contaba con una amplia manada de caballos y yeguas.
Los descendientes de Miguel Donlope disfrutaron de esta residencia, pero como suele ocurrir, el tiempo hizo que cambiaran los dueños. Así se sabe que ya en el siglo XIX era propiedad de los Jordán de Urriés, familia aragonesa de rancio abolengo. Pero sus dueños no vivían aquí, por eso lo alquilaban. Y precisamente fue entonces, en 1835, cuando la Real Maestranza de Caballería se convirtió en inquilina.
Pero, ¿quiénes son los maestrantes? Su germen son aquellos caballeros medievales que se ejercitaban en el arte de la guerra y que acompañaban al rey en sus batallas. Eso dio pie a cofradías y hermandades caballerescas. De hecho, en el caso de Zaragoza sus orígenes se remontan al siglo XII cuando Alfonso I el Batallador conquista la ciudad. A partir de entonces, con un nombre u otro, siempre estuvieron presentes en los episodios más conflictivos para la urbe. Así que con el paso de las centurias acabaron por convertirse en 1819 y con el beneplácito de Fernando VII en Real Maestranza.
La institución ha perdurado hasta hoy. Si bien nada queda de aquel espíritu guerrero. En la actualidad se trata de una corporación de personas que tras acreditar que sus apellidos y su sangre tiene raíces en la vieja nobleza se dedican a promover actos culturales y benéficos, muchos de las cuales tienen lugar en el propio palacio situado en la céntrica calle Dormer.
La Maestranza tras unos cuantos años de alquiler, acabó por comprar por 125.000 pesetas la casona en el año 1912. Desde entonces es de su propiedad, y eso que cuentan que al poco de adquirirla apareció por aquí un magnate estadounidense que apreciando el valor del inmueble, no dudó en ofrecer un cantidad cuatro veces mayor para quedarse con la casa, despiezarla y transportarla a su mansión norteamericana. Por suerte para nosotros no aceptaron aquella suculenta oferta y hoy disfrutamos de los elementos más distintivos de la construcción renacentista. Comenzando por el propio patio, uno de los pocos que todavía permanece a cielo abierto. Y siguiendo por los estucos que decoran muchos capiteles y la balaustrada de la escalera central. Por no mencionar varios artesonados de madera de calidad extraordinaria al unir lo mejor del arte mudéjar con las formas del Renacimiento del siglo XVI.
Precisamente son esas piezas integradas en la arquitectura lo único que queda el edificio original, ya que todos los muebles y adornos son posteriores. Lógico teniendo en cuenta que sus distintos dueños la irían equipando de acuerdo a los gustos de cada época. De hecho, el mobiliario, cuadros, lámparas y todo lo que se ve hoy lo han ido incorporando los maestrantes a lo largo del tiempo.
Así por ejemplo llegó la berlina biplaza de lujo que permanece aparcada en el patio. O también así se han realizado los retratos de todos y cada uno de los tenientes mayores que ha tenido la institución. Unas efigies que cuelgan en las paredes de la sala de juntas, cuyos cortinajes aterciopelados dan paso a dos estancias protocolarias, que originalmente fueron los dormitorios separados de Donlope y su esposa.
Igualmente han sido los maestrantes quienes han traído distintos trajes de época procedentes de sus colecciones personales. Son incorporaciones que añaden cada cierto tiempo, motivo por el que se puede considerar que lo aquí expuesto conforma un museo vivo. Del mismo modo que han acondicionado un sala del antiguo en la entreplanta para proyectar un audiovisual sobre la dilatada historia de la institución.
En esa proyección se da a conocer que en algún momento, incluso antes de existir la casona que visitamos, estos nobles se agrupaban en la llamada Cofradía de San Jorge. A este santo tan guerrero, que además es patrón de Aragón, se dedica una de las joyas artísticas que protagonizan el recorrido. Es el repostero de San Jorge tejido a caballo de los siglos XV y XVI, y restaurado hace unos pocos años por la Real Fábrica de Tapices. En realidad no se puede asegurar a ciencia cierta el origen de esta enorme tela, pero por suerte ahora luce en este palacio que una vez que se visita no se comprende porque pasa tan desapercibido a forasteros y lugareños.
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