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¿Qué tienen en común la adrenalina de una carrera de coches que transita por caminos imposibles con un puma convertido en partenaire de una famosa estrella de cine o un trío de mujeres candidatas a lograr algo nunca visto? Parece un chiste o un acertijo irresoluble, pero nada de eso. A todas esas cosas las une el espectacular paisaje turolense de la Rambla de Barrachina. En ese paraje se han celebrado etapas de uno de los rallys automovilísticos más prestigiosos de Europa. También su belleza ha aparecido en los televisores de todo el planeta por ser el plató salvaje del spot publicitario protagonizado por Johnny Depp para un perfume de Dior. Y además ha sido el anfiteatro natural donde el equipo femenino de sonido de la película Sirat captó la atmósfera sonora lisérgica y primitiva de la rave con la que comienza la aclamada película.
Un film que a estas alturas ya han visto muchos de los miembros de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de Hollywood para decidir si le otorgan el premio Oscar a la Mejor Película Internacional. Pero ese premio no es el único que puede alcanzar la cinta dirigida por Oliver Laxe. Además las tres mujeres que comandaron el apartado del sonido podrían alcanzar un hito inaudito en el cine español, lograr el codiciado galardón en su categoría.
Pero paradójicamente cuando se visita la Rambla, todo queda dominado el silencio. En cuanto a sonido basta con oír las pisadas del camino. Por cierto, como camino o senda se traduce la palabra árabe sirat. Pues bien, mientras se camina por ese paisaje descarnado como mucho se escucha el viento o el zumbido de insectos polinizando la escasa vegetación y de vez en cuando resuena en el ambiente algún graznido o los chirridos de las aves que anidan en unos paredones que remiten a latitudes de otros continentes. Como le pasó al propio Laxe que eligió este rincón turolense para convertirlo en un desierto marroquí.
Apenas 5 kilómetros separan la ciudad de Teruel de este escenario de película. Basta con tomar la carretera nacional 330 con dirección a Cuenca y antes de llegar al núcleo de Villaspesa ya se atisban parte de los murallones rojizos a lo lejos y a la derecha del asfalto. Hasta hace no demasiado, era un sitio solo conocido por unos pocos, como ocurre con tantas otras maravillas turolenses. Sin embargo, entre los rallys, los anuncios y el cine cada vez es más reconocido y visitado, así que se ha habilitado una pista para acercarse en coche hasta un aparcamiento junto a la rambla.
El paisaje es pedregoso y descarnado
Algún intrépido se aproxima con su vehículo un poco más a los farallones. Sobre todo si viajan con furgonetas camperizadas o en autocaravana. Así que su presencia por ahí evoca el film de Laxe. ¡Aunque nada que ver con los camiones y camionetas de la ficción! Quién llega hasta aquí no busca frenesí festivo y altavoces a todo volumen, sino un enclave donde pernoctar aprovechando esa dicotomía tan especial de hallarse a un paso de la capital provincial y a la vez que se respira la sensación de encontrarse en un lugar recóndito.
No obstante, nuestro consejo es dejar el coche algo más abajo. Ahorrarse los baches del último tramo de la pista y apagar el motor en la zona de parking habilitada cerca de la carretera. Y a partir de ahí caminar hacia esos roquedos rojizos y caprichosos tan cinematográficos. No hay señal alguna, pero tampoco pérdida posible. El destino se ve al fondo y atrae como un imán. El paseo comienza y cada uno que le ponga su propia banda sonora mental. Para algunos quizás resuene la rotundidad techno de la peli de Laxe, pero para la gran mayoría resultan más sugerentes las armónicas y los banjos que ambientan los westerns clásicos.
Los ecos del Cañón del Colorado de Arizona retumban al sur de Aragón. Es fácil ligar mentalmente estas badlands turolenses con este y otros paisajes de Estados Unidos como el de Monument Valley en Utah. Evidentemente las dimensiones son bien distintas, pero hay similitudes geológicas que los unen. Para empezar ese tono rojizo de la tierra que cuando recibe con fuerza los rayos de sol brilla de forma casi ardiente. Un color que se debe a la alta concentración de óxido de hierro en esos suelos. Y también el carácter de terreno muy erosionado es un rasgo que emparenta la Rambla de Barrachina con los icónicos panoramas norteamericanos. Aquí se trata de tierras arcillosas que son esculpidas a golpe de fuertes tormentas y lluvias torrenciales, mientras que la acción constante del viento las pule y las contornea incesantemente. La perseverancia de la meteorología durante milenios ha tallado esas paredes y en los episodios más torrenciales quiebra las verticales o abre grietas en el suelo que obligan a dar algún que otro salto durante el paseo.
Eso ocurre especialmente en la parte más baja y al comienzo del itinerario. Un tramo espectacular para empezar y que lleva hasta una pista más o menos amplia por la que se inicia el ascenso hasta el área superior del paisaje. El desnivel es de unos 200 metros y la pendiente más bien suave, de manera que es un camino accesible para cualquier senderista. Un pequeño esfuerzo que merece la pena ya que la ascensión ofrece distintos visionados del llamado Cañón Rojo. O sea que casi sin darse cuenta se alcanza la meseta que se eleva sobre la zona.
Cuando la luz del atardecer pega en estas paredes, parece que las abrase
Es la conocida como Muela de Teruel y con sus 1.050 metros de altitud se convierte en un fabuloso mirador sobre el entorno. No solo se divisan los campos y montes próximos o el discurrir de la Rambla de Barrachina en su conjunto. También se aprecia la cercanía del casco urbano turolense y los páramos elevados que rodean la ciudad de los Amantes. Incluso es visible tanto el valle del Turia como el Pico Javalambre.
El primero de los consejos a tener en cuenta es elegir un buen día para emprender la excursión a la Rambla de Barrachina y la Muela de Teruel. Por la altura, el paisaje desnudo y la cercanía a los Montes Universales y la Sierra de Albarracín, aquí el invierno es duro. Frío y viento pegan con fuerza. Así que no es la mejor época para la visita. Y tampoco es muy recomendable elegir un día de lluvia o tras un periodo lluvioso, ya que el suelo de arcilla se convierte en un barrizal impracticable. Por cierto, aunque se vaya con el terreno seco, hay que llevar calzado de montaña para evitar resbalones desagradables, incluso muy peligrosos si ocurren al borde de los precipicios.
Otro factor a tener en cuenta es que la sombra es casi inexistente. La vegetación es escasa y de porte pequeño. Únicamente alcanzan cierta altura las sabinas, unos árboles tan resistentes a las malas condiciones que son capaces de desarrollarse incluso aquí. De manera que al no haber sombras, no es buena idea acudir los días de intenso calor veraniego. Por ello, primavera y otoño dejan los mejores días para la escapada. Pero atención, porque se vaya cuando se vaya, que nadie se olvide ni la crema solar ni el agua, ya que no hay fuentes a las que recurrir.
Una vez que se siguen estos consejos, ya no hay que asustarse por el carácter inhóspito del lugar. De hecho, ahí radica su atractivo. En esa invitación a la soledad, al silencio y a empequeñecer ante la imponente naturaleza. Un lugar para caminarlo en silencio, viviendo la experiencia e inspirándonos en esa belleza sobrecogedora y agreste que ya nos ha cautivado al verla en la tele y en el cine.
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