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La sinuosa y angosta carretera TF-436, que comunica las localidades de Santiago del Teide y Buenavista del Norte, está considerada como el segundo destino más visitado de la isla de Tenerife, después del majestuoso volcán del Teide. Un paisaje de abruptos acantilados y barrancos, de paredes pétreas que se precipitan al Atlántico, de miradores con un fondo de pantalla donde se cuelan agaves, palmeras, almendros, retamas blancas y ajenjos de montaña. Bienvenidos a la ruta de Masca y sus espectaculares sendas hasta la playa.
Nuestro trayecto comienza en Santiago del Teide y discurre por 23 km de carretera que va zigzagueando por el Parque Rural del Teno, espacio natural protegido en la punta noroeste de Tenerife y uno de los territorios más antiguos geológicamente hablando de la isla: 7 millones de años desde que sumergió del fondo marino. Es un macizo de capas y pliegues volcánicos, donde viento, agua y presión han ido moldeando sus impresionantes acantilados y barrancos. Las cumbres (que alcanzan una altitud de 1.354 metros) en muchas ocasiones están cubiertas por la bruma y ese mar de nubes tan fotogénico.
Hasta los años 60 del pasado siglo, no se construyó la actual carretera de doble carril, estrecha y con desniveles de hasta el 20%. Hasta entonces, el acceso a los caseríos de Masca solo era posible andando o en burro. Hoy, la saturación de vehículos privados es tal que en algunas fechas hay restricciones de horarios y es aconsejable coger la línea de bus 355, que se demora 15 minutos para llegar a Masca desde Santiago del Teide o 40 si uno se sube en Buenavista del Norte. A pie o en bici, requiere de cierta preparación deportiva en montaña, por sus pronunciadas pendientes.
La silueta del Roque de Catana es una de las instantáneas más icónicas de Tenerife, en competición con sus hermanos del Roque de García, leales escuderos del Teide. Bajo su sombra, desde la época guanche, habita una pequeña población -hoy son unas 80 casas y 100 vecinos- que ha sabido sacarle partido al terreno escarpado. Por este barranco siempre ha corrido el agua, por lo que los habitantes compensaban la hostilidad del terreno con la presencia de un recurso escaso y fundamental para una agricultura heroica, basada fundamentalmente en papas, ñames, cereales, higos de leche o su popular cebolla morada de Masca, cultivadas en bancales escalonados. En la actualidad, sin embargo, la mayoría de los masqueros se dedican al turismo rural, la restauración o la artesanía.
El conocido como Caserío de Masca lo componen varios núcleos (La Bica, El Turrón, El Lomo y La Piedra). En este último es donde nos encontramos con una plaza, escoltada por un enorme laurel de Indias, una pequeña ermita del siglo XVIII y el Centro Etnográfico. Las calles empinadas y casas de piedra volcánica, madera de tea, caña y barro cuentan con unas vecinas que tiñen de verdor el horizonte: las palmeras canarias y las chumberas. Entre los pocos residentes habituales hay artesanos de colgantes y pulseras de lava, ceramistas que recuperan técnicas guanches o señoras que llevan décadas confeccionado a mano sombreros de hojas de palma, como Josefa, que se demora dos jornadas de trabajo para cada uno de ellos.
Aunque muchos hacen este trayecto en coche o moto -son frecuentes las excursiones en buses privados-, la carretera ofrece diferentes puntos para detenernos momentáneamente en sus miradores: Cherfe, Barranco Madre del Agua, La Cruz de Hilda (con una terraza para tomar algo), Las Portellas o Altos de Baracán, a partir del cual se abre un valle más frondoso y de cultivos, moteado por las flores amarillas con la explosión de la primavera. Los días despejados podemos observar con facilidad La Gomera.
Para los que les guste caminar, se presente una ruta de senderismo por el barranco de Masca, de 5 kilómetros de distancia a pie, que arranca en el caserío y conduce por un cañón muy concurrido de canales de agua, curiosas formas alegóricas de piedra, producto de la erosión sobre la roca, y paredes de hasta 400 metros de altitud a ambos lados. La senda desemboca en una playa de rocas y arena negra, donde se puede coger un barco que lleva al puerto de Los Gigantes.
En este espacio habitan algunas especies de flora en peligro de extinción y endémicas del Parque de Teno, como cardones, tabaibales, verodes, opuntias, agaves, palmeras y almendros, salpicadas por flores como las cerrajas, mostazas blancas (jenabes), pitas, retamas, malvas de risco y ajenjos de montaña (artemisas). A la sombra de los arbustos, con mucha paciencia, puede aparecer algún lagarto moteado o roedor, en las cumbres vigilan las cabras y, sobrevolando los cielos, ejemplares de abubilla, perdiz moruna, halcón o águila pescadora, también conocida como guincho.
A escasos 9 kilómetros del casco urbano de Buenavista del Norte, en la localidad de Las Portelas, nos encontramos a pie de carretera con el Mesón del Norte. Lo abrió, a finales de los años noventa, Eusebio Díaz. “Hace unos siete años empecé a trabajar con el mundo de las carnes maduradas, que es la gran protagonista de nuestra parrilla”, nos comenta mientras presume de las piezas que se exhiben en la cámara tras la maduración que les da en una carnicería propia en Los Silos. De las razas simmental, angus, rubia gallega, wagyu, de origen nacional, pero también islandesa, holandesa, argentina y uruguaya. “La mayoría de nuestros clientes, casi diría que el 90%, son de Santa Cruz y Puerto de la Cruz”, reconoce el propietario, que cuenta en su carta con mojos caseros, escachaito de batata, bacalao con mojo o quesos de Naturteno, autóctonos de la zona.
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