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Estamos en el extremo noroccidental de La Rioja, a unos 10 kilómetros del punto donde esta provincia se da la mano con Álava y Burgos. Por el norte, la sierra de Cantabria nos protege de la humedad que llegaría del océano y que haría imposible el cultivo de la vid. Un poco más al sur, el suelo ya no es tan idóneo para la uva y se ven cultivos cerealistas. Estamos en uno de los puntos más dulces del planeta para la viticultura. Casi cualquier gigante del vino Rioja que se te venga a la mente estará a menos de 20 minutos en coche de aquí.
San Vicente de la Sonsierra cuenta con poco más de mil habitantes. Si sumamos todos los viñedos de su término municipal, cada vecino sale a tres hectáreas. Casi todo es tempranillo, aunque también se cuela alguna garnacha o alguna uva blanca. Se diferencian porque sus hojas tienden a amarillear; entre el rojo dominante, estas motas ocres hacen que la estampa general gane todavía más encanto. En San Vicente casi todo el mundo vive del vino, aunque cada vez empuja más un turismo alentado por la recuperación de su castillo. Fue uno de los puntos clave de la frontera castellano-navarra entre los siglos XI y XV. También presume de ofrecer las mejores y más accesibles vistas a este mar rojo de vid.
El valle medio del Ebro tuvo un dominio andalusí relativamente breve, apenas desde principios del siglo VIII a mediados del IX. Los reyes cristianos expulsaron pronto a los musulmanes y empezaron a hacerse la guerra entre ellos para controlar los viñedos y las rutas comerciales. En el siglo XII, esta parte de la ribera del Ebro coincidía aproximadamente con la frontera entre el reino de Navarra y el de Castilla. Por eso, en el año 1172, para defenderse de los ataques castellanos, el rey Sancho VI de Navarra “el Sabio” ordenó construir el castillo de San Vicente de la Sonsierra y le otorgó fuero a la villa.
La fortaleza era una pieza más dentro de una línea defensiva a la que pertenecen otras como la de Davalillo, cuya silueta solitaria se ve perfectamente desde las alturas de nuestro castillo. Sin embargo, el castillo de San Vicente de la Sonsierra tenía un papel destacado como punto de control fronterizo debido al puente medieval que vemos a sus pies. Originalmente contaba con 13 arcos y dos torres defensivas. Hoy tiene un aspecto mucho menos monumental, pero se puede ver su evolución a lo largo de los siglos con realidad aumentada gracias a la aplicación gratuita Arkikus - Castillo San Vicente.
Otra evolución que nos permite ver la aplicación es la de la iglesia de Santa María la Mayor, construida dentro del recinto del castillo a comienzos del siglo XVI en estilo gótico tardío, ya cuando la corona de Navarra se había integrado en la de Castilla y habían cesado los asaltos y saqueos que sufrió San Vicente durante los siglos. Merece la pena llamar con antelación al párroco para concertar una cita y así poder disfrutar de su retablo mayor manierista o de la pila bautismal del siglo XIII.
Desde la torre mirador del castillo cuesta elegir qué vistas son mejores. Hacia el sur, los viñedos se desparraman por una llanura ondulante hasta que, a lo lejos, se levanta la sierra de la Demanda. Hacia el norte, las panorámicas son mucho más cortas, pero su concisión quizá les imprime más encanto, con los viñedos trepando por las laderas de la sierra de Cantabria, que se eleva abruptamente. Sus cumbres calizas y escarpadas protegen a los viñedos de la humedad del Cantábrico y esconden el que para muchos es el monumento más valioso de San Vicente, incluso por encima de su castillo: la ermita de Santa María de la Piscina.
Subiendo hacia la pedanía de Peciña, algunos consideran que esta ermita del siglo XII es el mejor exponente del románico en La Rioja. Es un templo muy sencillo en el que solo encontramos ornamentación en tres canecillos del ábside tallados, y en un ventanal con dos columnillas bajo este: su aislamiento ha permitido que se conserve prácticamente como cuando se levantó entre los años 1136 y 1137. Según cuenta la tradición, la ordenó construir Ramiro Sánchez de Navarra, hijo del rey Sancho Garcés IV de Navarra, después de regresar de la Primera Cruzada, donde se había empleado en tomar la piscina probática de Jerusalén, es decir, el lugar donde Cristo realizó el milagro curativo del paralítico, según el Evangelio de Juan. El único añadido posterior a su construcción es el escudo del señorío que fundó Ramiro Sánchez y que se añadió en el siglo XVI.
Junto al templo se encuentra una necrópolis de repoblación altomedieval con tumbas antropomórficas talladas en la roca caliza. Es otra de las joyas del patrimonio de San Vicente de la Sonsierra, que atestigua que este punto estuvo poblado al menos desde el siglo X. Muy cerca, en un promontorio al suroeste de la ermita, hay otro pequeño yacimiento con restos de cabañas semirupestres que probablemente pertenecían a quienes excavaron la necrópolis.
Bajando desde la ermita hacia el pueblo se disfruta de buenas vistas al castillo de San Vicente desde la distancia. El guardaviñas de Hornillo puede ser un punto bonito donde parar a hacer una foto. Estos chozos circulares de piedra con falsa cúpula son una construcción muy típica de La Rioja y Rioja alavesa, que utilizaban los agricultores y sus animales de labranza para resguardarse del mal tiempo, pero también guardas del campo que vigilaban las cosechas. Sus figuras solitarias rodeadas de viñedos, como la de los castillos, conforman otra de las estampas más icónicas de La Rioja Alta. Pero los hay todavía mejores.
Una manera sencilla de hacerse con alguna de las mejores panorámicas de la zona consiste en seguir las señales del Camino Natural del Ebro. De sus casi mil kilómetros de recorrido, el tramo que discurre entre los meandros del entorno de San Vicente de la Sonsierra constituye uno de sus puntos más dulces. Saliendo desde el puente medieval, la etapa 13.1 conecta el pueblo con Haro, la capital del Rioja, por la ribera sur del Ebro en 14 kilómetros. No hace falta recorrerlos al completo: los apenas 4 kilómetros que separan el puente de Briones brindan un paseo delicioso, sobre todo en el camino de regreso, con unas panorámicas fantásticas del castillo de San Vicente de la Sonsierra con los viñedos en primer plano y la sierra de Cantabria de fondo.
Quienes dispongan de bicicleta pueden aspirar a una opción un poquito más ambiciosa que depara algunas de las vistas más arrebatadoras de La Rioja Alta: la etapa 14 del Camino Natural del Ebro, que discurre entre San Vicente y Elciego, ya en Álava. Suma 23 kilómetros que recorren tres de los meandros más bonitos de nuestro gran río. De camino, casi siempre está visible la silueta del castillo de Davalillo, que pertenecía a la red de defensa del Reino de Navarra, y pasa junto a algunos de los chozos más fotogénicos de la zona, como el guardaviñas del Montecillo. El meandro de Baños de Ebro es el broche perfecto.
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