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¿Qué hace una miniatura de Ávila perdida a los pies de la Serranía de Guadalajara? En poco más de un kilómetro de perímetro amurallado, Palazuelos presenta cuatro puertas, tres de ellas dobles y acodadas, casi como si fueran barbacanas, además de un castillo encastrado. Cuesta entender por qué una villa diminuta necesitaba semejante fortificación. Sorprende, además, que se haya conservado en su integridad. Pero lo que finalmente enamora es la convivencia entre el aparataje militar y la ternura doméstica: la muralla ahora forma parte de varias viviendas y, en su lienzo, se han abierto puertas, balcones y ventanas con visillos que le dan una nueva y peculiar vida.
Salta a la vista que estamos en una villa extraña, y basta escarbar un poco en su historia para que empiecen a aflorar razones. Las murallas y el castillo se levantaron mucho tiempo después de la Reconquista, a mediados del siglo XV, por iniciativa de Íñigo López de Mendoza, marqués de Santillana. Parece ser que la obra estaba pensada, más que para resistir asedios, para exhibir rango, jurisdicción y control territorial. De todas formas, el carácter genuino de Palazuelos ya se venía cociendo tiempo atrás.
Mucho antes de que se levantara la muralla, Alfonso X había extirpado esta villa del realengo de Atienza y se la había donado a su amante Mayor Guillén de Guzmán, o sea, a la madre de Beatriz de Castilla. Desde entonces, la villa fue cambiando de manos, de señor en señor, hasta que la adquirió la Casa de Mendoza. Sus ciudadanos, sin embargo, no eran de dejarse gobernar y, mientras duró el señorío, hasta 1752, pagaron un tributo que les permitió administrar su propia justicia al margen de los Mendoza. Tras la Guerra Civil, el éxodo rural provocó su extinción como municipio y, ahora, dentro del término de Sigüenza, parece revivir levemente al amparo de la agricultura y el turismo.
Antes de nada, y para evitar rodeos inútiles, hay que tener en cuenta que el castillo es una propiedad privada y cerrada a visitas, así que sólo queda disfrutar de su silueta desde la distancia. Su mejor perfil, probablemente, se obtiene caminando hacia el pueblo desde el aparcamiento que hay en la carretera a Carabias; otra perspectiva hermosa se consigue colándose por el callejón que se acerca a los pies del castillo desde la plaza Mayor.
Llegando desde el aparcamiento, se entra a la villa por la Puerta del Cercao. Es su acceso menos vistoso, pero nos permite atisbar el poderío de la fortificación, que cuenta con otras tres puertas fortificadas como esta, en la que encontramos un sistema de puertas acodadas, es decir, en ángulo, para impedir una entrada rápida en línea recta. Al cruzar el segundo arco se llega a otra de las rarezas de la villa: una plaza Mayor llamativamente extensa, en la que destaca la picota en la que Palazuelos impartía esa justicia propia ganada a golpe de tributo.
Con un callejero de época franquista en proceso de cambio, los nombres de las calles no son una referencia fiable, pero, desde la plaza Mayor, Calvo Sotelo (en la esquina opuesta al castillo) conduce a la parte más interesante del casco urbano. El primer hito es el Arco del Lavadero, la puerta más sencilla pero más coqueta de la villa, situada junto a la Fuente de los Siete Caños, en un rincón ajardinado donde se escucha el agua correr. Un vecino nos comenta que somos afortunados, porque no siempre sale agua de todos los caños, y aprovecha para señalar, orgulloso, que él vive en la única casa del pueblo que conserva un blasón: “es el escudo de los Olmo, como mi apellido”. Un poco más arriba, llama la atención la sencillez y austeridad de la iglesia parroquial de San Juan Bautista; parece que todos los esfuerzos se centraron en la muralla.
Desde la fuente, la calle San Roque conduce al más solemne de los accesos de Palazuelos, la Puerta de la Villa, a pesar de que hoy está medio amputada por una vivienda para la que, parece ser, no debía quedar otro lugar en el mundo. La corona una pareja de escudos de los Mendoza y los Valencia, y entre ambos arcos hay una hornacina dedicada a San Roque, a quien cada 15 de agosto se le honra con la Fiesta de la Quema del Boto. Vale la pena dar un paseo por el exterior de la muralla, ya sea regresando al Arco del Lavadero o en dirección a la Puerta del Monte, el cuarto y último acceso a la villa, para ver cómo la muralla se ha integrado en las “nuevas” construcciones del pueblo.
A pesar de que parece el lugar más improbable para un ataque, la Puerta del Monte es la que mejor permite advertir el poderío de la fortificación. A su lado, en la parte interior, se aprecia una gran oquedad, cuyo origen no está claro, pero que permite advertir el increíble espesor de la muralla. Desde la puerta, sale un camino hacia una cruz, desde la que se obtienen buenas vistas del pueblo y del pequeño valle cerealista en el que se enclava, técnicamente en la Serranía de Guadalajara, pero todavía con aromas a la Alcarria.
Lo ideal sería embarcarse en esta ruta quijotesca, pero, como seguramente falte tiempo, al menos no habría que irse del valle sin acercarse a ver la iglesia del Salvador, en la vecina Carabias, otra pedanía seguntina situada a apenas 3 kilómetros por la carretera del aparcamiento. Joya del románico rural, este templo construido en el siglo XIII destaca por su galería porticada, que envuelve al templo por dos de sus lados, y en la que encontramos capiteles decorados con motivos vegetales. Llamando con antelación al obispado de Sigüenza, quizá se pueda ver el interior, sencillo, donde se conserva una gran pila bautismal gallonada románica.
Por su flanco septentrional, la iglesia se asoma a un terraplén y, así, la galería también ejerce de mirador fantástico donde la vista alcanza a las salinas de Carabias. Se trata de una de las numerosas explotaciones ancestrales de este tipo que encontramos por la zona y que explican las riquezas de Sigüenza y sus pedanías. El tramo 10 de la Ruta de Don Quijote plantea un viaje interesante para descubrir esta faceta, enlazando la Hoz del Río Dulce con la Hoz del Salado, pasando por Sigüenza y Palazuelos, y terminando en la también monumental Atienza. El hotel restaurante Cardamomo Sigüenza, panorámico y petfriendly, es un lugar ideal para recargar energías antes de atreverse con la ruta.
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