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Son las 9 de la noche y mientras un frío bajo cero blanquea el centro de Andorra La Vella, en Fismuler la iluminación cálida de las velas y el músico que toca la guitarra y canta en directo atrapan al comensal con la misma magia que el canto de una sirena. Todo sin haber probado aún bocado. Cuando llegan las ostras frescas y el cogollo de nuestra huerta aliñado con queso Comté madurado durante 24 meses o sus navajas gallegas con mayo kimchi y kale, uno promete quedarse aquí sentado por lo menos hasta que lo echen.
“Para nosotros lo más importante es que lo paséis bien. Esto no es un gastronómico y, por lo tanto, nosotros no vamos a preguntar si está bueno. Aquí todos los camareros tienen prohibido preguntar si está rico. Lo único que podemos preguntar es si estáis a gusto o lo estáis pasando bien. Una declaración de intenciones: diversión y luego la comida”, asegura en una charla distendida con periodistas el chef Nino Redruello, que empezó con este proyecto en Madrid hace casi 10 años. Y desde aquel 2016 van cuatro: Madrid (1 Sol Guía Repsol), Barcelona, Lisboa; y, a finales de diciembre 2025, se abrió el de Andorra.
Ubicado en el hotel cinco estrellas Casa Serras, Fismuler podría definirse como la joya de la corona (que nos disculpe el Centro Wellness del alojamiento, pero en esta Guía nos encanta el buen comer). En el restaurante también se sirven los desayunos para los huéspedes del hotel; comidas y cenas para clientes y externos. Y para cada momento, la sala va cambiando como la piel de un camaleón. La iluminación marca la diferencia, pero también cómo se distribuye el producto a primera hora del día, por ejemplo, una exposición colorida y bella que hay que fotografiar antes de comérsela. El denominador común es que todo el concepto gastro está en manos del chef madrileño.
“Los hoteles nos buscan porque Fismuler tiene un concepto que puede viajar. Transmitimos de forma clara y valiente nuestros valores: sencillez, humildad y profesionalidad camuflada”, se ríe Nino quien explica que esto último se refiere a que técnicamente tienen platos de alta gastronomía pero no presumen de ello, como su tortilla de bacalao, por poner un ejemplo. “No queremos ni que se note, ni lo decimos, pero sí queremos que tú te la comas y digas: ¡ostras, qué rica está!”.
Aunque la esencia de Fismuler es la misma en todas partes, cada uno de sus restaurantes tiene detalles y platos específicos dejando un margen para que el equipo local y la cultura influyan en la carta. Fismuler Madrid funciona como el centro de pruebas, pero en cada proyecto (como Barcelona, Lisboa o Andorra) se estudia la gastronomía del lugar con calma. “No podemos llegar y meter platos sin investigar antes qué y cómo se cocina aquí o encontrar los proveedores adecuados”, explica el chef que asegura haberse vuelto a enamorar de su cocina con este proyecto. Para este porcentaje andorrano se apostará probablemente por trucha, caracoles o mollejas.
En Andorra, además, cuentan con un elemento muy distinto. “Tenemos una barra, la primera de verdad de la historia de Fismuler”, subraya el cocinero sobre el elemento que se transforma en mesa también creando una especie de “placita” dentro del restaurante, rompiendo la uniformidad del espacio y generando un punto de encuentro cálido. “Mi hermano, el de ‘Arquitectura Invisible’, lo vio muy claro”.
Los clásicos que van saliendo de la cocina recuerdan al comensal donde está pese al cambio de escenario. El bocata de oreja brava, el curry thai kalamansi con zanahorias braseadas y pomelo o el arroz rojo cremoso con calamar y cangrejo frito, la corvina a la brasa con kimchi casero y col parrilla… Y así hasta que llega el escalope, que se termina en la mesa, entre la alegría de los que han dejado un hueco para no perdérselo.
Al margen de Fismuler, Familia La Ancha -grupo gastronómico y familiar que lleva generaciones y que está detrás de todo- sigue ideando proyectos en buena parte porque Nino tiene la cabeza llena de sueños y un equipo que le respalda para hacerlos realidad. Su chef ejecutivo, Manu Villalba, durante 15 años mano derecha de Dabib Muñoz (DiverXO), y Vicente Górriz, como director general, lo acompañan en este camino. Nino está cerca de cumplir su verdadero “proyecto de vida”, una iniciativa que busca aplicar la “magia de la hostelería” para devolver la dignidad y elevar el ánimo de personas en situaciones vulnerables. Se trata de la Fundación Inma, el nombre de su madre.
El chef madrileño observó que la pobreza actúa como un “agujero negro” que despoja a la gente de su dignidad. Al comparar la energía densa de los comedores sociales con la atmósfera mágica de Fismuler, decidió que la estética y el cuidado de la hostelería podían ser herramientas terapéuticas para decirles a esas personas: “Eres maravilloso y te mereces que te sentemos en una mesa, te demos una carta y vivas esto”. Aunque aún no hay fechas, volveremos a oír hablar de este restaurante social.
Esta noche de enero, aunque se acaba la música en directo y el termómetro sigue marcando bajo cero en la capital de Andorra, en la sala el ambiente cálido y las sonrisas conquistan a los comensales. Igual no tiene nada que ver con el clima que se ha creado y todo se lo debemos a la aparición de su codiciada tarta de queso (sí, también la tienen en Andorra y, toma nota, en los desayunos del hotel). Cuando todo termina, podemos confirmar que se ha cumplido el manifiesto de intenciones de Fismuler aunque cambiamos el orden: hemos disfrutado de cada plato y, además, lo hemos pasado bien.
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