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En el extremo oriental de Ourense, donde Galicia empieza a plegarse sobre sí misma antes de rendirse a León, el valle del Bibei dibuja uno de esos paisajes que obligan a pausar el ritmo. No es un territorio amable para el cultivo. Las laderas caen con decisión hacia el río, los caminos se retuercen entre muros de piedra y las parcelas -minúsculas y dispersas- parecen más fruto de la paciencia de los labradores que de la lógica. Aquí, en Val do Bibei (municipio de O Bolo), la viticultura no es una actividad, sino una forma de resistencia. Y en ese escenario abrupto, casi olvidado durante décadas, Rafael Palacios ha encontrado el lugar exacto donde el godello alcanza una de sus expresiones más nítidas y profundas.
El apellido Palacios resuena con fuerza en el vino español, pero Rafael eligió desviarse del camino marcado. Hijo de José Palacios Remondo, fundador de la histórica bodega riojana en Alfaro, creció rodeado de grandes tintos. Sin embargo, su inquietud lo llevó a Francia, a vendimiar en míticos château, como Pétrus o Moulin du Cadet. Más tarde, Australia terminaría de afinar su brújula: allí, trabajando junto al enólogo John Cassegrain, descubrió que su lugar estaba en los vinos blancos. “Siempre he tenido un interés por el dominio técnico de la elaboración. De ahí surgió, en 1997, el viura Plácet, cuyo éxito no solo marcó una nueva era para la bodega familiar, sino que me dio la confianza personal por explorar con los blancos”, reconoce Rafael.
Tras el fallecimiento del padre, y con aquel primer godello que había probado en una feria gastronómica todavía impregnado en el recuerdo, Rafael emprende su viaje a Valdeorras. Primero como asesor de una bodega de la comarca y, a partir de 2004, con su proyecto personal, que lleva su nombre. “Traté de buscar pequeñas parcelas ubicadas en la margen derecha del río Bibei y en altura, porque en este valle los veranos son muy calurosos, y en esta zona conseguimos unos grados menos y noches más frescas -apunta el viticultor y bodeguero-. De hecho, entre los proyectos importantes, somos los viñedos en mayor altitud en Galicia y los que cerramos la temporada de vendimia, a mediados de octubre”. El terreno no dejó de depararle sorpresas: “Siendo una DO relativamente pequeña en extensión, Valdeorras debe ser la región con mayor diversidad de suelos de toda la Península y ese terroir marca nuestros vinos”. Esos que revelan, con precisión quirúrgica, el paisaje del que nacen.
Llegar a sus parcelas sigue siendo una pequeña aventura. La carretera serpentea entre montañas, y el paisaje cambia de forma casi imperceptible: del verde húmedo se pasa a una vegetación más austera, salpicada de castaños, piornos y afloramientos de granito. “Valdeorras es el yacimiento de pizarra más importante de Europa. Pero en esta margen derecha del río, a una altitud entre los 640 y 730 metros que están nuestras viñas, se impone el granito y los suelos sábregos, que aportan mayor acidez, un perfil más mineral y fino al godello”, apunta el técnico de campo y enólogo Pablo Blanco Vilachá, un apasionado de la viña que lleva nueve años como mano derecha de Rafael. El cauce aparece y desaparece al fondo, como una línea de plata que ordena el territorio y ejerce de frontera con la vecina Ribeira Sacra. A sus orillas, en bancales que conforman un anfiteatro natural, sobreviven viñedos que en otro tiempo estuvieron a punto de desaparecer.
La historia de este valle es la de muchos rincones rurales de Galicia: la filoxera del XIX, la pobreza de los suelos, la emigración y las dificultades económicas provocaron un abandono progresivo de la actividad vitícola. Las parcelas, heredadas de generación en generación mediante un sistema de sorteo (las “sortes” en gallego), quedaron fragmentadas hasta el extremo. Durante décadas, cultivar aquí dejó de tener sentido. Cuando Rafael Palacios llegó tuvo que ganarse algo más que el acceso a la tierra: necesitaba la confianza de quienes aún conservaban pequeñas viñas familiares y para los que cada sortes era un pedazo de su memoria. "Poco a poco fui comprando a viticultores mayores, como Teodoro, Lorenzo, Paco o Xosé. Las viñas eran de finales de los años 70 y principios de los 80, muchas plantadas gracias al plan REVIVAL, puesto en marcha por la Xunta para recuperar e impulsar la godello como variedad autóctona de los blancos en Valdeorras", recuerda el riojano.
Así se tejió un mosaico que hoy suma 32 parcelas y más de 38 hectáreas, repartidas por esta región del Macizo Central Ourensano, con suelos poco fértiles, ácidos y erosionables, que deben labrarse con la tracción animal del potro pirenáico Sol y la mula La Rubia, porque aquí es imposible meter un tractor. “El cuidado en la viña es primordial, sobre todo para proteger los racimos de la insolación. Trabajamos mucho con la conducción de la vegetación para aportar sombra a la planta, damos más espacio entre las cepas o cubrimos con un manto vegetal los suelos para favorecer la retención de humedad en los meses de verano. Son terrenos cultivados con tratamientos de base ecológica y los más antiguos manejados dentro de la agricultura biodinámica”, apunta el enólogo Blanco. “Nuestros godellos expresan, de forma muy cristalina, ese carácter geoclimático de Galicia”, añade con cierto orgullo Palacios.
Las cuatro etiquetas actuales de Rafael Palacios -en breve llegará alguna novedad- funcionan casi como un mapa del territorio. "Son una reinvención de la variedad, aproximándola más a esos blancos internacionales, más finos y frescos, gracias a esa combinación entre altitud y rendimientos austeros, que nos proporcionan un godello de altura". Louro de Bolo es la puerta de entrada, "quizá nuestro godello más próximo a lo que se entiende como godello", según el bodeguero. Procede de viñas de unos 25 años y es un reflejo de la comarca del Valle del Bibei, al combinar diferentes parcelas, altitudes, orientaciones y suelos. Su crianza sobre lías, durante cuatro meses en fudres de roble francés y austriaco, "le aporta textura". Rafael decidió etiquetarlo con el nombre de Louro, que es como llaman a los niños rubios en esta zona de Galicia, "porque así es como me puso mi padre de pequeño, siguiendo una tradición familiar de ponernos a cada hijo un apodo y bautizar una barrica de vino con ese sobrenombre, que nos regalaba luego en nuestra boda".
Un paso más allá aparece As Sortes, el vino que mejor resume la filosofía de la bodega. Nace de seis pequeñas parcelas plantadas entre finales de los setenta y principios de los ochenta en la cara norte del valle, por encima de los 680 metros. La crianza en barrica, entre ocho y once meses, afina un vino que, en palabras del sumiller Pitu Roca, muestra “el lado más agridulce” del godello: un inicio angulado y frío, que se estira en el paladar antes de recogerse en un final “con un abrigo graso y caliente”. Un vino con vocación de guarda -año y medio en botella antes de su comercialización-, que evoluciona hacia una mayor complejidad mineral.
Si el valle del Bibei es un mosaico, hay piezas que brillan con luz propia. Es el caso de las dos parcelas que dan lugar a los vinos más singulares del proyecto Rafael Palacios. Sorte Antiga es, en cierto modo, un vestigio del pasado. Plantada en 1920, en pie franco y con formación en vaso, conserva prácticas agrícolas que hoy resultan casi excepcionales. El viñedo no se labra; en su lugar, se protege el suelo con una cubierta de paja seca que ayuda a mantener la humedad durante el verano. La fermentación con hollejos y la crianza en barrica usada durante doce meses dan lugar a un vino de gran profundidad, que ha alcanzado puntuaciones cercanas a la perfección. Sorte O Soro, por su parte, representa el encumbramiento de la bodega. Plantada en 1978 en bancales, a unos 720 metros de altitud, esta parcela orientada al suroeste se abre a la influencia de las montañas de Manzaneda y Trives. La brisa atlántica es constante y el trabajo en el viñedo sigue principios biodinámicos, con poda y vendimia marcadas por el calendario lunar. En 2020, se convirtió en el primer vino gallego y el primer blanco español de añada reciente en alcanzar los 100 puntos Parker, un reconocimiento que situó definitivamente al godello del Bibei en el mapa internacional.
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