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foto: David de Luis

¡Qué gozada leer en verano!

Seis libros para teletransportarse

Actualizado: 01/07/2017

Fotografía: David de Luis

Como sabemos que estás de vacaciones y no queremos que gastes ni una neurona en pensar lo más mínimo, hemos pedido a los audaces Tipos Infames una selección de libros para el veraro para que te tumbes a la bartola mientras viajas con tu imaginación.

De la misma forma que hay distintos modos y gustos lectores, podemos viajar con la excusa de un libro de forma casi infinita. Desde viajes en coche, aunque sin los atascos kilométricos del relato 'La autopista del sur' de Julio Cortázar, al elogio del caminar en un viaje a pie; viajes a destinos nada turísticos o libros sobre ciudades que estarán en vuestras escapadas pendientes. Todo libro es un viaje en sí mismo, pero su lectura nos despierta irremediablemente las ganas del viaje real.

Libros sobre cuatro ruedas

No se desvanece de Jim Dodge (ed. Alpha Decay) es una imprescindible novela a ruedas, un viaje alucinado por las carreteras norteamericanas sentados a lomos del Cadillac blanco que George Gastin planea destruir en la tumba del legendario Big Bopper, uno de los tres rockeros, junto a Buddy Holly y Ritchie Valens, que murieron en el mismo accidente de avión. Los beneficios de tal empresa serán económicos, pero el acompañamiento es musical: conducir un coche como Coltrane toca el saxo con el único objetivo de hacerlo arder en lo que dura un tema de rock and roll. Esta novela de Jim Dodge vuelve a hablarnos de la gloriosa locura de estar vivos, celebrando el fracaso y el amor en todas sus formas.

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A las pocas páginas de Tragar mercurio (ed. Rata), primera novela de Wioletta Greg, uno podría confirmar que ya se encuentra en casa de la familia de la niña narradora, en medio de la meseta polaca, un país dependiente de la Unión Soviética, en unos años 80 carentes de lujos, donde son frecuentes el toque de queda y los cortes de luz. Prohibiciones, que combinadas con el paisaje y la vitalidad, los anhelos y descubrimientos infantiles, generan situaciones tragicómicas, con algún que otro detalle absurdo propio de una posible antología del humor del lado de allá del Telón de Acero, y que en el caso de Tragar mercuriocomparan acertadamente con las posibilidades creativas del maestro Berlanga.

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Viajes a ninguna parte

Este libro es toda una ciudad. Jan Morris escribió Trieste o el sentido de ninguna parte (ed. Gallo Nero) por pura pasión hacia esta ciudad tan especial, encrucijada de culturas, y fundamental geográficamente por ser la única salida al mar del Imperio austrohúngaro. Ciudad mercantil y ciudad jardín para disfrutar paseando sin rumbo por ella, como antes lo hicieron Joyce, Svevo, Saba…. Quedan aún en ella muchos lugares en los que puede respirarse el aire imperial que nos permitirá trasladarnos al apogeo de Trieste en la segunda mitad del siglo XIX (el libro de Morris es fabuloso hasta como guía de viaje), pero Trieste no es solo una ciudad y su historia, sino que para la autora es sobre todo una sensación: "Lo llamo el efecto Trieste, como si durante un breve instante proverbial me hubiera escapado del tiempo a ninguna parte".

Y es que hay libros mejores que algunas guías de viaje para perderse en una ciudad.

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Las crónicas de Joseph Mitchell son un pequeño tesoro al que recurrimos los libreros para los voraces y exquisitos lectores. Sus textos son una muestra de la Nueva York de los años 30 y 40, una ciudad algo difícil de rastrear para quien pasee ahora por sus calles sin algún libro como este en sus manos.

En La fabulosa taberna de McSorley y otras historias de Nueva York (ed. Jus) se condensa la mejor narrativa de este periodista del New Yorker. Su voz es la de aquel que camina por la ciudad o viaja en transporte público con la vista y el oído en busca de personajes estrafalarios y entrañables, lugares inesperados que estén a la vuelta de una esquina. Esa es la materia prima de sus textos. Su sorprendente capacidad de percepción, la empatía con cada personaje, y una escritura capaz de condensar la realidad en unas cuantas páginas. En fin, todo un máster de escritura en cada crónica.

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Viajes a lugares nada paradisiacos

El meteorólogo (ed. Libros del Asteroide) es en parte el relato del viaje que su autor, Olivier Rolin, emprendió tras el rastro de Alekséi Feodósievich Vangengheim, en una investigación con el objetivo de reconstruir la vida de aquel para que su nombre no desapareciera sin dejar huella alguna.

Su caso podría resumirse presentándolo como jefe del Servicio Meteorológico de la URSS, cuyo proyecto era controlar cada vez más y mejor los condicionantes climáticos para ayudar al desarrollo agrícola de todo el territorio, velando así por el bien del ideal soviético. Todo bien hasta que es acusado de traicionar al régimen y condenado a trabajos forzados. Pero El meteorólogo no es solo otro estupendo libro más sobre el destino de un idealista en el "siniestro mundo alucinante del estalinismo".

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Volver a viajar a pie

La última propuesta es un viaje a pie, el que hace María Belmonte en Los senderos del mar (ed. Acantilado) recorriendo la costa vasco-francesa en una ruta desde Bayona hasta Santurce, un trayecto inverso al de su biografía: una adolescencia difícil (y ¿cuál no lo es?) que la llevó desde Bilbao a estudiar a Bayona. Lo primero es el viaje y la historia de todo lo que sucede a su paso, la lenta y silenciosa conversación entre la roca y el agua, cuyo resultado es la línea costera por la que discurre este viaje. Pero lo geográfico se torna biográfico, por la vinculación de la autora con el territorio, pero sobre todo por la especial relación que se establece con el paisaje y las gentes que lo habitan.

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